Aguirre, la ira de Dios
Uno de los clásicos del cine alemán, es aquella inolvidable película filmada en Sudamérica protagonizada por Klaus Kinski y dirigida por su interminable amigo Werner Herzog, Aguirre, la ira de Dios (1972). En busca de El Dorado, el conquistador español Don Lope de Aguirre, se mostraba irascible y despiadado. Su objetivo era el tesoro, la plata y el poder absoluto, simbolizado en la ciudad de oro de los Incas. El protagonista mataba a quien se le opusiera en ideas o en conductas. Su violento carácter fue empeorando hasta cederle paso a la locura y luego la muerte.
Este conquistador, Aguirre, que parecía hasta simpático por momentos, se fue tornando peligroso. Negativo, agresivo, loco. No pretendía escuchar ninguna disidencia, ni siquiera preguntas que supuestamente le faltaban el respeto a su autoridad o le rompían los esquemas de su plan.
Y claro no estaba solo, siempre sus eunucos, secuaces y chupamedias le festejaban sus andanzas. Pero a lo largo de la historia, por inútiles también los fue matando de a uno hasta quedarse solo. Por qué me abandonaste Dios, decía en sus momentos más notables de locura rodeado de ratas en medio de los ríos de la selva peruana. Sin conquista y sin poder, sin patria ni pueblo que lo adule ni aguante, murió abandonado como un perro solo.
En esa época no había dengue, ni rotondas sin terminar, ni baches que tapar, ni presupuestos que cumplir, ni hospitales que atender, ni escuelas para estudiar, ni medios que combatir, ni promesas que cumplir, ni un caótico tránsito que sufrir, ni calles que barrer, ni basura que tratar, ni cuentas que dar por su desquiciada gestión.