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Ring Side

Todos estaban de acuerdo en que no se podía estar en desacuerdo, por eso se contuvieron las ganas de morderse y se arrimaron como palmeando a la suegra prometiendo amor eterno. Todo sea por la patria grande, todo sea por nosotros.

Nosotros que nos queremos tanto, debemos unirnos en el nombre de la paz, el alto y el ancho del territorio. (El poder tiene esas cosas). El escenario imponente estaba vigilado por millones de espectadores que desde sus casas discernían y analizaban las posibilidades del éxito o el fracaso.

Los que creían en un fiasco rieron por un rato, se extrañaron por otro, desistieron a sus ansias de ver sangre y por último el sueño les ganó a la maldad y los mandó a dormir antes de que den las 2:00. Los más ingenuos creyeron en el éxito y tuvieron la paciencia de las piedras o del agua que las perfora para irse a dormir los sueños de los justos con una sonrisa de tranquilidad y esperanza. Hubo amagues, punteos al aire cerca del mentón, uppercut de derecha y ganchos al hígado de parte del retador. Algunas manos zumbaban cerca del oído y rozaban feroces sobre las cabezas. Mientras el campeón asimilaba paciente el desgaste físico y la desintoxicación de las primeras horas del miedo escénico y el control mediático, la vibra del temblor de las alturas se combinaba con el rugido del pasado. La regla del cálculo no era de tres simple. Un matemático fungía de monje, un gallo cantaba tres veces y algunos invitados de piedra dejaban quemar sus machetes entre bocaditos y cafés. Los golpes colocados desde uno y otro flanco hicieron trastabillar más de una vez al dueño de la corona que miraba el reloj y de reojo al rincón sorprendido por la contundencia del rival y la estrepitosa andanada de golpes que no pedían permiso, ni alfombra roja. No era una pelea cualquiera, sin embargo el primer round de estudio sirvió para medir las onzas que se llevaban puestas en las manos. El local contestó como pudo y con mayor experiencia sobre el ring supo capear la tormenta y con más mañas que fuerzas le fue sacando el cuerpo a la lucha.

Buscó al árbitro, esquivó las agresiones y nunca entró en el juego inconveniente. Sabía que el combate (15 rounds) era largo y había que guardar energías.

El break dio un respiro a un episodio histórico. Varios pugilistas pensaron más en el ring side y en la tele que en el propio contenido viscoso y con los pies sobre la mesa. Con más o menos altura estuvieron durante un inicio extenuante. Los que parecían más terminaron siendo menos. Los dueños de casa se vieron acorralados y siguieron creando espacios con promesas de futuros combates. Mañana será otro día y las heridas de los golpes se irán difuminando con las luces de otras noches, de otras comisiones, de otros programas. ¿Quién ganó? lo sabremos en pocas horas o meses, o tal vez en el próximo recuento que dirimirá el principio de un combate civilizado con las reglas del juego más claras que explícitas.

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