LOS RATONES DEL CLAPTON
Los Ratones Paranoicos pasaron por Santa Cruz de la Sierra y dejaron su halo fiestero de rock and roll. Llegaron el miércoles, tocaron el jueves en Sonilum ante una mediana cantidad de público en un corto, pero solvente show, con lo mejor de su repertorio.
Más tarde se fueron al Clapton a ver el boliche y estuvieron tocando hasta pasadas las cuatro de la mañana, entre amigos y a puertas semi-cerradas, como dando una muestra que se sentían a gusto y que sería el preludio de una noche (la siguiente) espectacular. Más tarde Juanse se perdió en un boliche de la calle Tarija y horas después comenzó el día cerrando los ojos mucho más tarde en un hotel del segundo anillo.
Ya pasada la medianoche del viernes salían a dar por segunda vez un concierto en la ciudad de los anillos. El Clapton Bar reventaba de gente. No cabía un vaso más. La Resistencia se encargó de telonearlos dedicándole un tributo a Pappo, un amigo en común y de la casa.
Luego llegaron ellos. Juanse abrió el fuego con Ceremonia y siguió con el Rock del pedazo y luego Atropellándose, Satisfaction, Vicio Gato siamés y varios más... La fiesta adentro chorreaba de sudor y copetines, al compás del calor rockanrolero. Al décimo tema Juanse no daba más. Y lo confesaba. Luego de sacarse la remera (polera) la estrujó sobre el escenario. Había dejado todo, había transpirado la camiseta, había tatuado la noche con un ladrillo más en la pared en la catedral del blues cruceño. Sudó la gota gorda, dejó la piel en las tablas, se mimetizó con el público, saltó, corrió, se dobló, y comunicó con su arte. Santa Cruz de los Ratones Paranoicos. Esas nochecitas que nos regala esta ciudad.
Afuera la fiesta se extendía. Decenas de jóvenes, que no tenían para la entrada o que no les daba por el calor y la incapacidad del espacio, seguía cada golpe con su nuca, su cintura, sus tacones y sus brazos. Los refrigerios corrían como el viento y la noche se convertía en entrañablemente inolvidable.
El paso de las horas era imprudente. La puerta del Clapton dejó salir la figura transpirada y semidesnuda del músico nacido en el Villa Celina (Buenos Aires) por allá por junio del 62. Sus ojos escupían fuego y entrega. Saludó, caminó y se introdujo en el parqueo (estacionamiento) que está en frente buscando un refugio que alivie el denso sopor de una noche agitada. No sin antes entregarse ante los flashes de algunos admiradores que lo tomaban como una estatua para documentar el momento y guardarlo como reliquia.
Mientras tanto el resto de la banda se refugiaba en la cocina del Bar y entre la multitud que seguía desmenuzando los últimos huesos del festín. Pagar a cuenta, comprar un cd, apurar el whisky, lograr un autógrafo e intercambiar direcciones y números telefónicos, era el denominador común del público que hacía instantes se había sacudido entre las cuerdas de una Gibson 335 blanca. En cuentagotas la gente fue despidiéndose de la vieja casona.
Era el momento de tomar aire y buscar el encuentro de la noche en las escuetas veredas de la calle Murillo. La risas, los cantos, las palmadas fogosas, los encuentros y destinos se mezclaban con los bocinazos atrevidos o el rugir imprudente de algún motorizado rabioso que no encontraba espacio suficiente para traspasar por el túnel de blues. Después, la noche se hizo día, en toda la ciudad, era la hora de cuidarse del vampiro.
