DOMINGO DE FARRA EN EL PIRAI
Era una tarde enmarcada en un caluroso sábado, había cobrado unas diligencias, tenía puesta mi mejor guayabera y decidí probar suerte en las cabañas del Piraí. Pasé a buscar al rengo Gómez, nunca está demás contar con un aparceiro y si no es muy agraciado mucho mejor, la competencia sana sólo es buena para los deportes.
Llegamos temprano a la cabaña El Romance, sonaba la banda, sonaban los mosquitos. Calixto Flores estaba en ambiente.
Iniciamos la diversión jugando a los dados con el rengo Gómez, al poco tiempo íbamos por la segunda canastilla de Ducal y yo venia perdiendo tres manos seguidas. Fue allí que observe a una morena alajita que me sonreía desde el mostrador. Manejé la situación con indiferencia pero grite bajo con fuerza con la intención que la muchacha perciba mi varonil voz y volqué el cubilete de manera enérgica.
Otra vez perdí. Fue cuando mi vejiga y yo aprovechamos para acceder al baño, al volver nos acercamos a la dama.
- ¿Cómo le va? Si no fuera mucha impertinencia la invito a sentarse con nosotros.
- Esta bien, pero sólo por un momento, espero a alguien
- Dichoso de él.
Sorprendí a Gómez contando el dinero ganado cuando nos acercamos a la mesa. Se llamaba María y recién llegaba de Concepción o por lo menos eso nos dijo.
El resto de la tarde transcurrió entre risas, dados y banda, María me sonreía, en un momento dado le rocé su morena pierna con mi pantalón de lino, pobre angelito, se sonrojó.
A esas alturas ya me había percatado que el rengo Gómez venia haciendo trampa, por eso ganaba siempre, pero no quise empañar el momento. Mi único interés era María.
Aproveché que mi aparceiro se levantó por un momento e invité a la dama a la ribera del río con el fin de tomar aire fresco. Ella accedió.
Caminamos por la arena tomados de la mano y una vez distanciados del gentío y envalentonado por las cervezas le dije:
- María si no la beso en este momento mis labios se derretirán hasta ser espuma
- Pero no sea exagerado hombre –dijo y me pegó un beso que casi quedo sin respiración-
No se si fue el río, la cerveza, sus labios, el aroma de su pelo, pero tan sólo recordar aquel momento se dibuja en mi rostro una leve e idiota sonrisa.
- María usted no es de Concepción, usted es la concepción.
- No se que me quiso decir, pero vamos a la arboleda
Acepté, fuimos donde se inicia el monte. Entre arrumacos y manoseos me derretí y le ofrecí todo por perpetuar el momento.
- Pídame lo que quiere reina, que desde hoy seré su esclavo.
Fue allí cuando Maria sacó de su pequeño bolso una 22 corta y me dijo:
- A eso voy, déme su billetera, su reloj, su guayabera y sus pantalones.
- ¿Y mis besos?
- Por favor, basta de cursilerías
No fue necesario pedirle que aclarará nada, ella estaba decidida y un verdadero hombre no pide suplicas cuando se sabe perdido.
Lentamente accedí a su pedido, ella junto mis pertenencias y como animal del monte se perdió entre la vegetación. No la vi más.
Regrese en paños menores a la cabaña, mi aparceiro tampoco se encontraba. Un micrero generoso aceptó acercarme al centro a cambio de nada.
En unas semanas me recuperé de la traumática experiencia y salí a visitar a la muchachada del barrio, me preguntaron donde había estado los últimos días, me informaron que el fin de semana teníamos campeonato de ajedrez y que el rengo Gómez partió a visitar a unos familiares a Concepción.
Fin.
Posdata 1. Que por no ignorar que en cada derrota siempre hay una victoria y que en cada beso mentiroso siempre hay algo de verdad se yergue imperturbable y orinando contra el viento dice:
- María, si alguna vez lee esto sepa que la estaré esperando en la orilla del Piraí, llevaré mis posesiones más preciadas, todo a cambio de sus labios. No traiga pistola, no hace falta.
Posdata 2. Con menos prosa y más convicción
- Rengo Gómez, cuando te encuentre, te mato.
