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Agosto 2007 Archivos

Agosto 9, 2007

Mi vecina de arriba

Eran la una de la mañana, había terminado  No Me Muerda, maldije a la televisión y tome un libro, fue casi de casualidad, pasaba de hoja justo cuando escuche:
tic, tic,  primero despacio, luego más rápido, tic, tic, tic, tic, tic.

Eran pasos de mujer, tacos para ser precisos, venían del departamento de arriba. Que linda dama debe ser - recuerdo que pensé-, tiene pasos de gacela. Los ruidos cesaron y algunos versos de Girondo me ayudaron a dormir.

La noche siguiente la espere atento, llegó tarde, estaba en la cama y de pronto oí los pasos, tic, tic, tic.  Teniendo en cuenta que en el edificio todos los departamentos son iguales, proseguí a seguirla desde el mió.

Primero fue a la habitación, se debe haber puesto ropa más cómoda y cambiado los zapatos, sus pisadas cambiaron por otras menos agudas y más suaves,  luego fuimos a la cocina, fue en realidad,  pero no nos detengamos en detalles, yo la seguía desde abajo.

Debió estar triste, o por lo menos así me siento comiendo sólo por las noches, no estuvo mucho tiempo en la cocina, calculo que el breve lapso como para un sándwich de jamón y queso, estaría cuidando su figura.
Luego se dirigió al living, estuvo o estuvimos unos segundos, volvió a la cocina, luego al lavadero, debe haber dejado ropa en remojo, después al baño a ducharse ya que escuché la ducha.

Salió muy rápido, no tuvo tiempo de secarse el pelo, temí porque se resfriase.
Paso por el lavadero, muy rápidamente al living de nuevo. Justo allí pequé un grito fuerte y temí con ser descubierto, con tanto trajín de un lado al otro y mirando al techo patee una silla del comedor con el dedo chico del pie.

Luego se dirigió al dormitorio y se recostó. ¡Que duermas bien muy señora mía!
Yo también dormí, esta vez no tan solo.
No la escuche al despertar, se levantó temprano

-No sólo bella, también trabajadora-

Los días siguientes fueron similares, cambie mis hábitos, la esperaba hasta tarde, cenábamos juntos, lavábamos ropa y hasta nos bañábamos a la misma hora.

El jueves debió haber estado deprimida, me pareció escuchar desde su living alguna vieja canción de Sabina. El viernes no pude aguantar, compré unas flores y en la tarjeta escribí:

“ Soy quien cobija sus pasos
quien rasguña en sus penumbras
quien se alimenta de sus instintos
soy el cuando en busca del donde
el tal vez de una botella vacía, el verso perdido
el punto, la coma, los suspensivos.

Con cariño y a la espera de algún contacto
Calixto Flores (su vecino de abajo).”


Entregué la ofrenda al portero nocturno, quien intentó decirme algo pero con las hojas de coca que tenia en la boca fue imposible comprenderlo.

Luego salí corriendo, ustedes comprenderán, soy un enamorado del amor, pero esa tarde tenía cita con la esposa del ferretero de la esquina, uno también es humano y el ferretero se ausenta muy pocas veces.

Regrese cansado pero igual la espere, imaginé que mi presente tal vez le cambiaria la rutina, que pondría las flores en el living, que se miraría largamente en el espejo al sentirse deseada.

Esa noche llegó más tarde de lo habitual, omitió la cocina y el living, desagoto el inodoro dos veces, se dio un buen baño, casi pude oler su piel con aroma a jabón, y se fue, nos fuimos digo, a dormir.

Eran las ocho de la mañana cuando el timbre me hizo saltar de la cama, tenia que ser la señora de mis desvelos, moría por conocerme y por lo complicado de sus horarios opto por ser ella quien se acercase a este habilidoso seductor.

Estiré mi pijama a rayas de dos piezas, me acomode la cabellera, el timbre volvió a sonar con prepotencia, enfundé con premura mis pantuflas con cabeza de osito, no sin antes hacer tres gárgaras con colonia de afeitar, y me dirigí hacia la puerta esperando conocer al amor nocturno.

Abrí de manera firme pero despacio, no quería parecer desesperado, ya estaba listo para lanzar mi arsenal de galanterías matinales.

Lo primero que observé fueron sus pies, me parecieron conocidos, luego su cintura, era tan ancha, finalmente su rostro.

Era la dueña del departamento, venia a cobrarme el alquiler.

La jornada fue triste, pero lo que sale mal siempre puede empeorar. Esa noche la espere enfadado. Llegó casi a las dos, tic, tic, tic, sus pasitos, pero para sorpresa mía fueron seguidos de unos toc, toc, toc, que penetraron mis oídos y agujeraron mi corazón. No contaré más.

Por la mañana me dirigí al mercado Siete Calles y compre dos pares de pantuflas, uno para damas y otro para caballeros, espere al sereno nocturno y le pedí que por favor se lo dejase a la dama del piso de arriba, se los obsequiaba porque los pasos de ella y de su compañero no me dejaban dormir por las noches.

Fue allí que el sereno me repitió lo que no había entendido la anterior semana:

_Sr. Calixto, por favor dése cuenta que usted no tiene vecina de arriba, vive usted en el ultimo piso, esta usted escuchando fantasmas -dijo de manera burlona el muy rumiante-

_ No importa, sea de esta vida o de la otra, a Calixto Flores no le agrada que lo adornen con cuernos, deje usted las pantuflas en el techo en ese caso, yo necesito dormir. – respondí sin pensar siquiera lo terrible de la revelación.

Esa noche y las siguientes no escuché pasos, fue todo silencio, tal vez fueron fantasías o tal vez las pantuflas funcionaron. Lo cierto es que en todo caso, para cuando me toque estar en la otra vida, ustedes y yo sabemos que tengo una conquista pendiente.

Por lo pronto esperaré otros veinticinco días, hasta que el ferretero vuelva a viajar en busca de mercadería.

Un abrazo, un beso y mil cariños
Calixto Flores del Castillo

Agosto 25, 2007

LA JOVEN CASTA, UNA VIDA DE CASI CIEN

Estimados lectores, esta no es mi historia, o si, ya que no sólo somos las historias que vivimos, somos también  las que escuchamos, las que anhelamos, las que de alguna manera u otra forman parte de nosotros.

Casta González nació en Samaipata hace ya unos siglos, vivió y reinó en ese pueblo, algunos dicen que de joven era  hermosa, que caminaba como gacela, reía como jilguero, madrugaba como gallo y se mandaba tantas cagadas como un pato.

Era el dolor de cabeza de la madre, de las tías, el anhelo de los muchachos de toda la comarca, la niña rebelde, la palabra punzante, los cigarros a escondidas, la que agrupaba pretendientes  para luego rechazarlos de forma colectiva.

Una comadre vaticinó:
- Está chica se queda soltera para toda la vida

Descreimiento de la familia, el encanto de Casta era un imán para el sexo opuesto, pero no fue hasta que conoció a Sebastián que la niña entregó su corazón. El pretendiente visitaba el pueblo una vez por semana con el objeto de vender velas y una vez por semana Castita González se encendía.

Se conocieron dando vueltas a la plaza, algunas miradas tímidas, después las conversaciones y el joven comenzó a visitar la casa, siempre con el permiso de los padres, no fue un noviazgo largo pero Casta ya había decidido que era el amor de su vida.
Fueron caricias, fueron besos, fueron promesas, la niña rebelde se volvió dócil y gentil.


El día se tornó triste para todo el pueblo cuando el destartalado camión cayó al precipicio desde el camino de tierra, llevándose con el a un chofer ebrio, una mujer embarazada, doce paquetes de velas y a Sebastián.

Todos lloraron menos Casta o por lo menos así dice la historia. Fuerte como pocas se reestableció y vino a Santa Cruz para ingresar al magisterio, una vez recibida partió nuevamente al pueblo, dictó clases con mano de hierro, espantó a cuanto hombre se acercase, la bella mujer era fue una santa sin aureola, maestra, directora, un icono que llegó a ser alcaldesa del pueblo.

Su casa estaba frente a la plaza, sus tardes debajo del duraznero, su corazón ya sabemos donde.

La vi alguna que otra navidad, cuando escapábamos de la ciudad en busca de tranquilidad, leche chocolateada para todos los  niños del pueblo, villancicos y la tristeza en sus ojos, es casi todo lo que recuerdo.


Visitaba yo a una abuela hospitalizada en la Caja Petrolera muchos años después cuando de pronto se acercó esta viaja noventona que previo golpe de bastón, en mi fuerte pero sensible estructura,  me increpó:
-          Córrete flacucho, que vengo a ver a mi sobrina
-          Tia, soy yo, Calixto su sobrino nieto
-          Que te corras carajo

No se si me reconoció, tal vez simplemente no le importo, se acercó a mi abuela y le dijo:

-          He venido desde Samaipata sólo para decirte que el jueves es mi cumpleaños y lo  festejo con los niños del pueblo, necesito que me ayudes con la comida, levántate y déjate de burreras que con Sebastián ya tengo suficiente.

La tía Casta no lo había olvidado.

A los dos días la enferma se recompuso y partió al pueblo a ayudar a la vieja.
Luego de algunos años tía Casta murió mientras dormía tranquilamente una noche de primavera. 
Recuerdo que maldije por no tener una tía de cien años como para contar una buena historia,  Castita había muerto a los noventa y nueve, soltera, sola, casta y pura.

Hoy en la lapida dice algo así:
‘Aquí yace la Señorita Castita González , la que caminaba como gacela y reía cono jilguero’.


Aprovecho este espacio para enviarle un abrazo, un beso y si no le molesta, sólo con el fin de darle alguna alegría, una mano bajo la falda.


Calixto Flores del Castillo,
Su sobrino nieto, quien comprendió su sufrir

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