Tengo que confesarlo, Calixto Flores del Castillo también fue niño y como todo niño que se precie de tal, jugaba al fútbol, tocaba timbres y salía corriendo, odiaba la sopa de verduras, hacia chistes picantes con sus amigos y por supuesto se enamoraba de sus compañeritas de escuela.
Era la salida de misa de domingo, el sol empezaba a calentar y yo me encontraba sentado en el banco de la plaza esperando que termine la misa, me había puesto mis pantalones cortos nuevos, tenía el jopo bien armado a fuerza de medio pote de Bilcrim y tenia un cigarro de chocolate en boca. Tanta ceremonia y ese insólito madrugar no tenia otro sentido que esperar a Rita.
Rita tenía nueve años, y asistía a misa con su abuela todos los domingos. Habíamos tenido algunos guiños en la escuela, yo le preste mi trompo de madera alguna vez y ella se encariño tanto que se lo quedo de recuerdo, algún mal hablado me dijo luego que mi doncella se lo había regalo a Francisco, un tarijeño recién llegado, pero yo nunca creí esas habladurías.
La cosa es que allí estaba Calixto el conquistador, ósea yo, esperando que Rita salga de misa, volaron las palomas tras un grito alegre de un borracho de La Pascana y el tumulto de gente salió de la iglesia, entre ellos mi amada Rita de la mano de la matriarca.
La abuela se agrupo con otras ancianas vestidas de negro y Rita quedo a solas con su solerito celeste, sus dos trenzas con moños rojos y una vela en la mano que al parecer se había robado de la iglesia.
-Que dulce –pensé
Termine de masticar mi cigarro de chocolate, me enfunde en mi postura más gallarda y fui directo a mi presa, el corazón me explotaba, las mejillas ardían, las rodillas temblaban, tenia cinco o seis frases “matadoras” preparadas para hacer caer a cualquier mujer (niña en este caso). Cinco metros, cuatro, tres, dos, con la voz entrecortada le digo:
-Hola. Tengo algo que preguntarte
Ella sonríe, guarda la vela en un bolsillo y me responde:
- ¡Calixto! Que sorpresa, dime
Se me nublan las ideas, intento calmar los nervios metiéndome otro cigarro de chocolate en la boca y a media voz, temblando mientras salpico gotas de chocolate en su solerito celeste le pregunto:
- ¿Y mi trompo?
-¿Cómo? -preguntó ella, mientras se limpiaba los restos de mi torpeza
No sabía como arreglar ese magistral error, nunca más querría verme, nunca seriamos novios, nunca nos casaríamos en la Iglesia de San Francisco, no tendríamos a Calixto Jr. y Marcelo, nuestros dos hijos, jamás tendríamos la quinta en La Guardia y ni hablar del perro, la lora, la hamaca roja y todas otras cosas que tenia planificadas, tenia nueve años y mi vida acabada de sucumbir.
Cerré los ojos pensando en escapar de mí para no verme nunca más, cuando de pronto sentí una suavidad espacial, como pétalos de gallitos en mis labios, Rita, la dulce, la poesia hecha mujer, el sueño de los sin sueño, acababa de darme mi primer beso. Abrí los ojos, ella todavía sonreía.
- Tu también me gustas -susurró de manera cómplice.
No podía creerlo, quede petrificado, uno, dos, tres minutos, mil horas. ¿Cómo reacciona un seductor ante estos hechos? ¿qué le digo ahora? ¿le invito un picole? ¿se la presento a mama y a papa? ¿pido turno en la iglesia para el casamiento ?
Puff para colmo se acerca la abuela.
- ¿No tienes nada para decirme? - preguntó la niña
Entonces yo junte todo el coraje, recordé mi extirpe de seductores, mi temple, mi hombría y… y salí corriendo.
Muchos años mas tarde, algún cuervo de las tristezas ajenas me contó que Rita se había casado con un muchacho tarijeño. Todavía hoy cuando camino por la plaza recuerdo ese momento, y pienso que sería de mi vida si no hubiese escapado, tal vez estaríamos juntos, tendríamos dos hijos, una quinta en La Guardia, un perro, un loro, una hamaca o en su defecto por lo menos conservaría mi querido trompo.
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A los lectores
Damas: ¿Alguna vez les toco algún Calixto en su infancia?
Caballeros: ¿Cuál fue su gran romance de la niñez?