OPINIÓN



| Hace 4 días


Violación constitucional con premeditación, alevosía y estupidez

Llegó en un momento en el que estábamos enfrentados a la elección judicial, aquel simbólico nuevo referendo del domingo. Llegó y en minutos se desató un diluvio de votos rebeldes. Andanadas de votos blancos y nulos dejaron constancia de que el país mantiene, airado, su decisión. Y, por si quedaban dudas, entró a escena un interminable batallón de jóvenes con su convicción flamante, su determinación transparente, dispuestos a quedarse. El tremendo fallo judicial los sacudió y al instante estaban ahí, listos para enfrentarse al viento y a la historia.
Sabíamos que ese sería el fallo judicial, y vino. Era absurdo. No tenía asidero, pero vino. Era delito, pero vino. Lo había ordenado el jefe. Ya lo sabíamos, pero nos estremeció otra vez. Atravesó a la población una corriente de rebeldía. Dios sabe desde cuándo la incubábamos.
El Tribunal custodio de la Constitución había aprovechado la noche y las elecciones, y a golpes violó a su protegida. No tenía poder para hacerlo. Estaba para admirarla y cuidarla pero, como todos los delitos, fue superior a sus fuerzas y a su honestidad, y acabó delinquiendo.

La Constitución es la ley primera. Lo sabían. Después vienen tratados, convenios y otros acuerdos internacionales. Lo sabían, pero en contubernio con el presidente, cuando nadie los veía, los cambiaron de sitio y aseguraron que siempre los tratados, firmados por todo un canciller, son lo primero. Después, de toda la vida, está la Constitución, aprobada y decidida por un vulgar referendo de la chusma.

Por eso vale menos. Pillaron un acuerdo, tacharon la frase que decía que se puede poner límites a los derechos políticos y transcribieron que los derechos que se antoja el señor presidente pueden saltarse todos los límites. Felices, salieron al balcón y firmaron solemnes el fallo que hará historia.

La guinda del golpe de Estado, el colmo de los colmos,  llegó cuando se toparon de frente con el famoso Referendo 21-F. Quedaron desencajados. Los había descubierto en pleno asalto. Se miraron, recuperaron la calma y gritaron que por encima de referendo y de votos, por encima del pueblo y de todo, tiene que estar la angurria del presidente. Pobrecito, si no le dan el trono, el pobre muere de pena.
Robaron, mataron, violaron, pero por fin podían encontrarse con el jefe. Orgullosos de su hazaña, lo miraban de reojo. En su sonrisa se leía que esperaban por lo menos una embajada. Por menos, no se tira a la basura la dignidad.








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