OPINIÓN



| 22/07/2017


Vestir dignamente

La gente puede vestir en la calle como le dé la gana y puede hacerlo así en su negocio privado y en las reuniones sociales entre amigos. La moda, por atrevida o pintoresca que sea, se impone en todo el mundo y no será en Bolivia donde vaya a existir algún impedimento. Otra cosa es la vestimenta que debe llevar un empleado del Estado, porque en ese caso es necesario el respeto a su propio cargo, a su investidura si es un funcionario de alto rango.

La instructiva del Tribunal Constitucional Plurinacional, ahora al parecer suspendida, debería ser adoptada por toda la Administración Pública, empezando por el Palacio de Gobierno y continuando por el Parlamento y todos los ministerios, incluido el de Descolonización. Sabemos que eso no va a ser posible porque hoy arroparse con andrajos es casi un sello de honor, de probidad, un desprecio a lo tradicional. Vestir con dignidad no significa utilizar prendas elegantes, sino las apropiadas para el trabajo. Tanto en el caso de los varones como de las mujeres, se trata de no vestir como mochilero, sino con el respeto que se les debe a los ciudadanos que son quienes finalmente pagan los sueldos de esos empleados del Estado.

S.E. viste a veces con la elegancia que le impuso la fallecida y talentosa Beatriz Canedo, esa tenida con aire a paquistaní o afgano, pero que es sobria. De lo contrario S.E. seguiría con chompas a rayas o con esas chamarras que a cualquiera le dan un inconfundible aire de camionero. El vicepresidente es decididamente bien vestido, con trajes cortados a medida, corbatas y camisas con aire de italianas, y abrigos finos. Algunos pocos senadores visten adecuadamente también. De ahí para abajo el resto es un desbarajuste de ropa multicolor, gorras, zapatillas, sombreros y las benditas chamarras. Eso produce que quien visita un ministerio o la Asamblea no sabe si lo recibe el ministro, un parlamentario o el portero. 

Los indígenas tienen que vestir con sus atuendos tradicionales y las cholitas con sus polleras como ha sido siempre. A los que se disfrazan de indios habría que censurarlos porque es una inequívoca señal de oportunismo. Y en cuanto a la vestimenta en el oriente boliviano, donde el calor es intenso, ya debería existir una disposición estableciendo la guayabera o el liquelique blanco de manga larga, para el trabajo oficial. Tampoco torturarse con el saco y la corbata en la actividad social. En la calle y el comercio por supuesto que mujeres y hombres se vistan como quieran porque, repetimos, es lo natural. 








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