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| 01/11/2018


¿Quién trajo a Bolsonaro?

Nos llevamos las manos a la cabeza. El nuevo presidente brasileño ha estremecido al mundo y ha logrado que pase a segundo plano la brutalidad del flamante presidente norteamericano. Pero las lamentaciones no cambian la historia. Es urgente descubrir qué ha pasado a nuestro vecino, qué ha movido a su gente a dar la campanada electoral que ha dado. Hay que intentar escribir mejor nuestra historia.

Leía el mensaje de una amiga desde Brasil. En días pasados nos decía que se veía a sí misma cerca del vómito cuando le tocara dar su voto al señor Bolsonaro. Con asco, pero lo haré, decía. No soportaba que se repita la bacanal de los irresponsables y ladrones del PT, del que tanto habíamos esperado. No es mi amiga la única. En todas las sociedades hay algunos que no soportan los cambios, que no toleran las diferencias ni las opiniones distintas. En todas partes hay bestias que sueñan que les permitan imponer a golpes o a bala sus ideas. Lo diferente en Brasil es que una parte grande de la población, ha llegado a tal nivel de rebeldía que se ve obligada a votar por los intolerantes para cerrar la puerta a los que con careta de civilizada tolerancia ya han matado y destruido un pedazo importante de su patria.

En Estados Unidos el monstruo atizó enfermizos sentimientos de supremacía racial y económica, exacerbó la soberbia nacional, el egoísmo, el desprecio por los pueblos que el abandono tiene en inferioridad. En Brasil la dinámica ha sido diferente. Lula y sus herederos, con sudor y sangre, han construido ladrillo a ladrillo el cansancio, el hastío de lo que son y de lo que representan ellos. Algo parecido a lo que ha sucedido en muchos de nuestros países del sur. Cristina Kirchner se debate desesperada por no caer en prisión. Se salve o no, en su país fueron ella y su política los que hicieron buenos a sus enemigos porque su pueblo vivió un hartazgo parecido. En Chile, parece que sin el componente de desbocada deshonestidad pero sí con el de ineficiencia y desaciertos sociales y económicos, la presidenta Bachelet llevó al poder a su más opuesto enemigo político. En Venezuela Maduro ya hubiera caído al abismo hace mucho, si tuvieran democracia. Lo mantiene en el poder un ejército salvaje y corrupto, pero, aunque permanezca, ya ha logrado que ni en mil años se olvide la estupidez, la corrupción y la represión de que son capaces los socialistas del siglo XXI.

En Brasil, Lula y el PT han llegado al extremo. Han logrado que Bolsonaro, siendo un daño, sea visto como esperanza. Son los culpables claros de la explosión política que acabamos de vivir. Petrobras fue su cuenta corriente de libre disponibilidad. Sus empresas constructoras, que corrompieron a los dirigentes de todo el continente, regaron también su país de coimas y de corrupción. Sus políticas paternalistas y demagógicas desincentivaron el esfuerzo y frenaron la producción.

En Bolivia tenemos un panorama más negro. Nuestros gobernantes han cometido peores errores, más delitos y con menos inteligencia. El desengaño crece día a día y solo en Palacio no lo perciben. Han dilapidado las reservas del Estado y quieren disimularlo con los fondos de las jubilaciones. Han destrozado lo poco que teníamos de justicia. Han atrofiado la educación. En salud han hecho una buena inversión, pero para servir únicamente al presidente. Han hecho carreteras que hoy están destruidas. Despertaron en el país el respeto por nuestros indígenas, pero ellos los torturaron para arrebatarles sus tierras y regalarlas a los cocaleros. Agonizan el trabajo y la producción. Es un gobierno despótico y soberbio que viola la Constitución y las leyes. Hay que pararlos, antes de que surja otro Bolsonaro.





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