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| 30/09/2018


Que la ignominia no se perpetúe

Cuán desgastante es el propósito de ser optimista en Bolivia. Una tarea que debería ser sencilla y natural se convierte acá en una verdadera hazaña. No por falta de motivos para convocar al optimismo, que los hay por millones y a cada instante, sino más bien por la ausencia de una verdadera conciencia ciudadana que sea capaz de ponerle freno a quien osa cometer una injusticia, un atropello, un abuso de autoridad y de poder. Cada día que pasa queda mucho más evidente que hoy ese es el gran problema de fondo que agobia a nuestra sociedad: tolerar las maldades de unos sobre otros, ya no por ignorancia sino solo por cobardía o por comodidad.

El ejemplo más comentado en los últimos días es lo ocurrido en Santa Cruz: algunas élites políticas y empresariales transaron principios por intereses, para atender la desesperada exigencia que anda haciendo el entorno gubernamental, de apagar los gritos de “Bolivia dijo No” con el que desde hace meses voces ciudadanas increpan al presidente Morales y a sus inmediatos colaboradores. Hubo cerco de plazas y áreas donde estaría el presidente y hubo también prohibiciones de uso de camisetas, pancartas u otros distintivos con esas tres letras que son el terror del gobierno. Un intento desesperado y absurdo por callar las protestas, desde el oficialismo; y peor aún, un despropósito de quienes creen que así se libran de las garras de la fiera y de sus ignominias.

Nada más alejado de la realidad, como muy bien lo prueban otros ejemplos. Tal vez uno de los más terribles ha sido el del caso Ròzsa, al que el gobierno y la justicia llaman caso terrorismo. En este ha quedado en evidencia hasta qué nivel puede llegar la perversidad en el manejo del poder: hasta el extremo de matar, física y civilmente. Lo sabemos. Esas élites políticas y empresariales también lo saben, pero prefieren hacerse las sordas, ciegas y mudas, profundizando una crisis que está llegando a niveles insoportables. Que lo digan hoy los familiares del médico Jhiery Fernández o él mismo, condenado a 20 años de cárcel por un crimen que hasta la misma jueza que lo sentenció asegura que él no cometió.

El drama de Fernández debería ser la gota que rebalsa el vaso. Tras confirmarse que los jueces que lo sentenciaron lo hicieron a sabiendas de que era inocente, ¿qué otra cosa que no una revuelta general debió haber sucedido en el país? Una revuelta contra cada uno de los funcionarios del Ministerio Público que contribuyó al montaje de tamaña trama, contra cada una de las autoridades judiciales que se sumó a la misma, contra cada una y todas las personas que intervinieron en el caso del bebé Alexander, no para buscar la verdad de los hechos y sancionar a los responsables de su muerte, sino para apañar las negligencias, desatinos y sinrazones de un par de apadrinados del poder político y judicial

Nada. No hay tal rebalse del vaso de la ignominia. La indignación ciudadana no ha pasado del discurso. Es como si, al igual que esas élites que juegan al ratón solícito frente al voraz gato, esa ciudadanía continúe adormecida, creyendo tal vez que pasará el mal rato libre de la voracidad que hoy se entretiene con una de sus víctimas más indefensas, Jhiery. Casi resulta inevitable no ceder a la tentación de dejarse consumir por la tristeza frente a tales ofensas arteras, frente a tamañas injusticias. Pero toca no ceder. No claudicar. No bajar la cabeza, ni entregar el alma a los diablos que andan sueltos. Toca nomás convocar a algo más que apenas al optimismo. Toca convocarnos a la rebeldía para evitar que esta y todas las otras ignominias se perpetúen. Y para ello, solo hay un camino: el ejercicio de la que se considera la primera y la última de las libertades, la de elegir la mejor actitud frente a situaciones tan difíciles como la enfrenta hoy Fernández, y quien sabe nosotros mañana.





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