OPINIÓN



| 09/07/2017


¿Publicar mentiras de un presidente?

The New York Times registró hace dos semanas un censo de las mentiras del presidente Donald Trump desde que asumió el mando el 20 de enero.  La publicación contabilizó un centenar, casi una por día, que habría sido todo un récord, no sancionado como tal solo porque se desconoce si hay algún registro o alguna competencia cuyos resultados sean verificables y comparables.

El mayor caudal ocurrió el 16 de febrero, con seis falsedades, desde la afirmación incorrecta de que nunca había votado el día de la elección tanta gente en Florida (con Bush, Clinton y Obama hubo una afluencia mayor) hasta la de que Walmart iba a anunciar la creación de 10.000 nuevos trabajos en EEUU gracias a las políticas de su Gobierno (la empresa había hecho el anuncio tiempo atrás, en octubre, antes de las elecciones). Sus jactancias han sido embarazosas para muchos dentro y fuera de EEUU, menos para él. Decía, por ejemplo, que media hora en el teléfono le ahorró al bolsillo del país 725 millones de dólares en un negocio con China, pero los precios habían sido acordados antes de que fuera presidente.

Por lo general, las falsedades o incorrecciones del mandatario eran hasta entonces amortiguadas con frases como “no ofreció evidencias” o no presentó detalles. Para el 23 de junio, fecha de la publicación, la avalancha había sido tan copiosa como para dejar claro que las falsedades de un presidente deben ser reproducidas por los medios al público sin eufemismos para que este juzgue la calidad ética de sus gobernantes o cuánto puede creerse de lo que dicen.

El censo de mentiras fue definido como parte de la misión de los medios ante la sociedad en la que actúan. El mando y el liderazgo no justifican faltar a la verdad, menos esconderla a la audiencia. Los comentaristas concluyeron que la divulgación de las mentiras y exageraciones obra como antídoto para evitar que los líderes piensen que todo el mundo acepta sus falsedades o que nadie duda de sus extrapolaciones tipo “somos los mejores”, “somos los únicos” o “nadie lo hace mejor que nosotros”.

La experiencia es didáctica y ha puesto en evidencia que las expresiones y acciones de los líderes deben ser registradas en cuanto son noticia e interesan a la comunidad, pero acompañadas del contexto debido sin esconder mentiras e incorrecciones que puedan contener. El público, con todo, debe estar atento y no dejarse sorprender.








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