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OPINIÓN



| 04/07/2017


Ni orgullo ni vergüenza

A menudo pienso que es baladí enorgullecerse de algo tan circunstancial como el lugar en el que uno ha nacido. Después de todo, para sentirse orgulloso de algo, uno debe tener cierto mérito y nadie se ha ganado el gentilicio, nos llegó como llega el color de nuestros ojos. Uno puede sentirse agradecido de haber nacido en tal parte o de no haber nacido en otras partes; verbigracia, una mujer europea o latinoamericana de no vivir en Arabia Saudita o Irán, donde las mujeres no gozan de todos los derechos civiles y políticos que deberían. Pero sentirse orgulloso, supone un mérito de parte nuestra y no hay ningún mérito en ser alemán, haitiano o cruceño.

Por analogía, tampoco tiene sentido tener vergüenza de dónde venimos. Pero los cruceños la tenemos y nos avergonzamos de lo que somos. Un reciente y acertado artículo de la historiadora Paula Peña Hasbún (El tigre y el perico) cuestiona que vayamos perdiendo los nombres autóctonos como peta, tiluchi, sicurí por ser considerados incultos (¿por quiénes?). 

A esa crítica, quisiera incluirle un elemento adicional: el acento cruceño. La forma local de dirigirse a la segunda persona singular es el ‘vos’ o el ‘usted’. Santa Cruz de la Sierra es una ciudad cosmopolita donde también se usa el ‘tú’ y existen personas tan cruceñas como cualquiera que lo usan, ya sea porque se criaron en otra parte, porque sus padres son de otra parte o lo que fuere, sin que haya nada reprochable en ello. Sin embargo entre muchos de los que usan el ‘vos’ pareciera existir el concepto de que decir ‘tú’ es ‘más correcto’. Entonces cuando tienen que dar un discurso, hablar con un extranjero o hacer un informe escrito, dejan de lado el ‘vos’ para reemplazarlo por el ‘tú’. Y como el objetivo es ponerse solemnes y parecer cultos no dicen ‘voj queréj’, sino ‘tú quieres’ compensando excesivamente la pobre pronunciación de las eses típicas de los cruceños (ni hablemos de la publicidad o los locutores de radio y televisión). Y en esa transición del lenguaje local a uno ‘más internacional’ pasamos de lo solemne a lo ridículo porque perdemos naturalidad. Es como cuando leemos a Cervantes o Quevedo y queremos hablar como un español del siglo XVI y solo conseguimos imitar a un mal actor de teatro, nos confundimos y unas veces decimos ‘tu puedes’, más adelante ‘vos podés’ y por último hacemos una ensalada con un ‘vos puedes’. No hay nada malo con el ‘vos’ y deberíamos usarlo sin complejos ni vergüenzas.  








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