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| 05/01/2019


Mi amigo Jorge Edwards

A propósito del segundo tomo de las memorias de Jorge Edwards, Esclavos de la consigna, me he acordado de él y me he tomado la libertad de nombrarlo como mi amigo, aunque lo cierto es que solamente lo vi en tres oportunidades en toda mi vida, claro que importantes para mí.

Lo conocí en Santiago de Chile, en 1998, cuando Alfaguara publicó una edición de Luna de locos para Chile y Perú, y yo viajé a presentar la novela. Mariano Baptista, que sí es mi amigo de verdad y que era el cónsul general de Bolivia por entonces, ofreció una cena en su residencia y ahí conocí a Edwards, simpático, espontáneo, inteligente, que me sorprendió anunciándome que iba a presentar mi novela porque le había gustado.

Nos contó a todos, durante la cena, que Neruda le había dicho, hacía muchos años, que él escribiera una novela de matones, juegos de azar, borracheras, prostitutas, amores y odios, pero que no lo había hecho porque no encajaba en su escritura. Sin embargo, me dijo que en Luna de locos encontraba la recomendación de Neruda, una especie de ‘western’, con sujetos desequilibrados y violentos y mujeres hermosas y bravas. Y fue así que hizo una presentación amable y divertida que gustó mucho.

Al año siguiente, en 1999, Jorge Edwards recibió nada menos que el Premio Cervantes por su magnífica y amplia obra literaria, donde sobresale Adiós poeta, sobre la vida de Neruda y su amistad con él, y su afamada Persona non grata, en la que, como diplomático en La Habana, critica al régimen de Castro, allá por los 70, cuando Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa y prácticamente todo el ‘boom’ estaba cautivado por “la revolución con pachanga” y consideraron a Edwards como un verdadero hereje digno de la hoguera.

Con este personaje tan interesante y cordial me volví a encontrar en Madrid, el 2002, en un evento cultural donde, en un bello palacete camino de El Pardo, nos reunimos escritores y diplomáticos, con presencia de los reyes de España. Pues el reencuentro no pudo ser mejor porque Jorge me presentó a un gran amigo suyo, que resultó ser nada menos que Mario Vargas Llosa. Al autor de La fiesta del Chivo lo volví a ver en Santa Cruz, cuando nos visitó hace algún tiempo para ilustrarnos exponiéndonos sus reflexiones políticas y literarias.

En uno de los artículos que Vargas Llosa publica habitualmente, se refiere a Jorge Edwards y a su libro Esclavos de la consigna –imposible de encontrar en Santa Cruz–, donde recuerda que aquel tercer secretario de la embajada de Chile en París, tímido hasta que se tomaba un par de whiskys y se transformaba, tuvo toda la vida como su prioridad la literatura, por encima de su carrera diplomática, y que se levantaba al alba para escribir, siempre a mano y con tinta azul. Por cierto que Vargas Llosa rescata de estas memorias la “tempestad de críticas de una ferocidad sin precedentes” que le acarreó a Edwards escribir Persona non grata, al extremo, un tanto cómico, que Cortázar dijera de él que era su amigo, pero que prefería no volver a verlo. Si Cortázar, que era el gurú entre los escritores sudamericanos en el París de esos años, se expresaba así, es de imaginar que el resto no estaría muy distante.

La última vez que estuve con Jorge Edwards fue en La Paz, hace como una década, en la residencia del cónsul general de Chile, donde un grupo de sus amigos nos reunimos en un gratísimo almuerzo. Jorge ya era una figura enorme en la literatura castellana y nos sedujo con sus anécdotas sobre Neruda, Cuba, Allende, el ‘boom’ y París de su juventud, que, según contó, fueron tiempos complicados pero entrañablemente recordados. Todo eso estará, sin duda, en Esclavos de la consigna, así que es cosa de esperar que el libro llegue a alguna de nuestras poquísimas librerías o de encargarlo a algún buen amigo viajero, dinero por delante naturalmente.





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