OPINIÓN



| 14/03/2017


Leopoldo y el ‘síndrome de encumbramiento’

Es desde hace mucho tiempo sabido que si en algún campo de la existencia se pagan indefectiblemente los errores, es en el de la política. También es sabido que el poder nubla los ángulos de visibilidad al punto que para los encumbrados se hace difícil, muy difícil, percibir el horizonte. Este curioso fenómeno suele resultar fatal porque lo que parece estar a leguas de distancia, muy lejos aún, resulta siendo un abismo apenas unos metros más allá.

Esto que podríamos llamar el ‘síndrome de encumbramiento’ suele precipitar acciones cuyo efecto, en el mediano plazo, resulta catastrófico. Un ejemplo paradigmático lo encontramos en la masacre de la calle Harrington cuando los delirios de poder de García Meza y Arce Gómez asesinaron a un grupo de dirigentes miristas en la clandestinidad. Los entonces poderosos militares pensaron que matando opositores tenían expedito el camino a la eternidad y conquistado para siempre las mieles del poder (García Meza declaró que gobernaría 20 años). Fatal ingenuidad, a la vuelta de la esquina sus víctimas, desde la profundidad de sus sepulcros, se transformaron en sus perpetuos carceleros; desde entonces hasta hoy. 

Estas lecciones no han sido aprendidas (es otro signo del síndrome de encumbramiento). Cuando se condena a hombres inocentes con la intención de sentar un precedente que huele a escarmiento más que a justicia, como es el caso de Leopoldo Fernández, la sensación que el ciudadano percibe es que los poderosos sienten que las cosas empiezan a escapar de su control, que el círculo de sus errores los asfixia poco a poco, que los invade el miedo, y aunque no puedan verse evidencias, flota en el ambiente un aura que diseña la suerte que les espera, porque la justicia suele tardar, pero en casos emblemáticos, como el de Leopoldo, seguro llega. Es absurdo pensar que encarcelar inocentes conlleva señales preventivas; al contrario, solo es echar más leña al fuego de la hoguera de un final tortuoso, como el destino que espera a todos los responsables de haber transformado la justicia en la dama de compañía del poder instituido 








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