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OPINIÓN | 01/07/2018


Lecciones del Mundial

Acompaño desde hace años los mundiales de fútbol con la actitud típica de una novata, a la que le asombra todo, como si fuera siempre la primera vez que asisto a un torneo. Me sorprenden no solo las jugadas geniales de quienes dominan la pelota en cancha, hasta llegar al éxtasis del gol, sino también las expresiones de los hinchas que acompañan los partidos desde las tribunas o frente al televisor. Este año, sin embargo, lo que más me ha sorprendido en lo que va del Mundial de Rusia ha sido la actitud de un director técnico, entre varios que merecen destaque especial por su desempeño dentro y fuera de cancha. 


Hablo del técnico de la selección de Alemania, Joachim Löw. Me sorprendieron más sus declaraciones tras la derrota alemana frente a Corea, que la inesperada eliminación del campeón del Mundial 2014, nada menos que en la primera fase de Rusia 2018. Aun tengo presente el rostro serio y triste de Löw en la rueda de prensa diciendo: “no merecíamos volver a ser campeones del mundo o seguir avanzando así”. No hubo excusas, quejas, ni el intento de echarle la culpa a terceros. Sí decepción y hasta incredulidad sobre todo por la caída 0-2 frente a Corea, pero asumiendo él toda la responsabilidad del fracaso alemán.


Me quedé machacando con el tema, hasta el cansancio. Me costaba creer que alguien de la talla de Löw, cabeza de una selección campeona mundial, pudiera ser tan sincero a la hora de la derrota, al extremo de decir “merecíamos ser eliminados”. Ya en la noche, con la tranquilidad de las horas pasadas, me pregunté por qué me había sorprendido tanto la reacción del técnico alemán. ¿No se supone acaso que así nomás debería reaccionar, si se considera el desempeño y los resultados del equipo en sus primeros partidos? ¿No es lo que se supone debemos hacer, en general, cuando perdemos otras partidas en la vida?


La respuesta no podía ser sino afirmativa. Lo que hizo Löw, por lo tanto, fue lo correcto. Así que tuve que buscar explicación para mi sorpresa y la encontré enseguida: lo normal se ha vuelto extraordinario en estos tiempos, en los que la regla es la excepción. Cada vez es más difícil encontrar otros Löw en la vida: personas capaces de asumir la responsabilidad de sus actos, de enfrentar las consecuencias de los mismos y menos aun de reconocer sus derrotas frente a los demás. En este caso, con un ejemplo que obliga al equipo a hacer lo propio. Es decir, a que cada jugador alemán asuma también su cuota parte en el fracaso.


Un ejemplo al que creo vale la pena darle toda la importancia hoy, extrapolándolo a otros escenarios cotidianos de nuestras vidas. A mí se me agolparon en la mente varios casos a la vez, unos de alcance colectivo y otros más bien personales, a los que quisiera dar toda la atención necesaria, para sacarle el jugo a la lección que deja el técnico alemán. Uno de ellos tiene como protagonistas a los dirigentes y choferes de micros en Santa Cruz. ¿Ya se imaginan a un Mario Guerrero asumiendo responsabilidades por los muertos y heridos que dejan los accidentes provocados por sus afiliados o empleados?


Estoy pensando en la triple colisión registrada hace poco en la esquina Potosí y Warnes, a la que alguien calificó de acto delictivo antes que accidente, dadas las circunstancias en las que se produjo la misma. En vez de solo pedir disculpas y decir que tienen SOAT para cubrir la atención de los heridos, los micreros deberían decir “no merecemos continuar controlando el transporte público, que vengan otros”. Deberían admitir que lo hacen muy mal, y señalar a los funcionarios municipales de turno como corresponsables del desastre.


Pienso también en la coyuntura política, en los actores que controlan el poder político. En especial, cómo no, en el gobierno de turno, en sus principales cabezas y sus subalternos, todos alineados en una estrategia de abuso que pasa hoy por la resistencia a aceptar los resultados del referéndum del 21 de febrero de 2016. En un parangón con Löw, es como si este declarara después de la derrota ante Corea que los goles fueron una mentira, algo así como un invento de los espías rusos; y, además, se resistiera a dejar el torneo, hasta el extremo de seguir invadiendo cancha. 


En el Mundial, sería una aberración. En Bolivia, el atropello se ha hecho norma. No queda otra opción que rehacer tareas y pasar el deber a limpio, a ver si aprendemos con el ejemplo ajeno. Ojalá esta vez el fútbol nos deje algo más que solo un buen espectáculo.








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