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OPINIÓN | 14/01/2018


Las penas del jaguar

Marcos Uzquiano quería convertirse en tigre cuando era niño. Su abuela le había revelado el secreto que guardaban las profundidades de la selva. Era muy fácil: revolcarse en un lodo amasado con hojas amarillas y pintitas negras como la piel del felino. Ser ese animal para defenderlo de los cazadores que él sabía que existían y que con sus armas malditas los mataban para descuerarlos.

El niño Marcos lo intentó y nunca pudo conseguir la metamorfosis. Quizá algo falló en ese intento, quizá no anotó con exactitud la pócima que le habría permitido transformarse en un jaguar que cuando era niño lo conocía con el nombre de tigre.  Pero creció y con los años encontró otra forma de luchar por la vida de esos animales que en Bolivia viven en una angustia eterna. Marcos no se convirtió en un tigre, pero sí en un guardaparques y en director del Parque Nacional Madidi. Desde ahí viene atacando a los traficantes que incentivan la cacería para arrancarles los colmillos que en el mercado chino tienen la triste fama de que, supuestamente, sirven para curar enfermedades que la medicina científica no sabe tratar, y como potenciador sexual, lo que hace que al otro lado del mar  los colmillos se vendan a precios abismales. 

En otro rincón de la Amazonia, Jesús tiene un cráneo en su casa. Un cráneo que tiene dientes pero no los colmillos. Se los ha vendido a dos chinos que, ha dicho, le han pagado a precio de oro. Jesús se mueve en el bosque sin preocuparse por los mosquitos que muerden la piel, y siempre mira hacia arriba, porque dice que arriba está el peligro: en esos árboles de castaño de donde cuelgan los cocos de almendra que caen sin silbar y que cuando golpean la cabeza de un ser humano, según cuentan en la selva, es capaz de matar o de volverlo loco.

Jesús tiene miedo a los almendros, pero no a los jaguares. “He matado varios y lo volvería a hacer porque pagan bien por los colmillos”, dice, envalentonado, agarrando su arma de fuego que, como una melena de Sansón, pareciera que le da fuerza y coraje.

Jesús no sabe que hay leyes bolivianas que castigan con prisión la cacería del jaguar y la vulneración de animales silvestres. “Hasta este momento no me había enterado. Ahora que sé ya no pienso seguir matando al tigre, no quiero meterme en problemas”,  asegura. Jesús fuma con intensidad el charuto que ha armado con sus manos y ahora sabe que también teme a la cárcel. 



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