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| 01/10/2017


Las FFAA y una capitulación histórica

Hemos perdido batallas y guerras a lo largo de nuestra historia, pero también ganamos combates y tuvimos grandes héroes. El Ejército nacional perdió combatiendo y ganó otras veces, pero nunca había sufrido una derrota ideológica y moral como la que le ha infligido el MAS.

Los muertos de octubre de 2003, más que todos los liquidados en las dictaduras del siglo pasado, han provocado en las FFAA una sensación de desamparo y peligro tan grande que S.E., su capitán general, se ha dado el gusto y el placer de imponerles la wiphala como bandera estandarte y hacerlos desfilar con la muchedumbre, en medio de cohetes y de marchas festivas. Lo que es el colmo de la degradación, los ha obligado a rendirle homenaje al Che Guevara, al admitir como propio su grito de guerra que agravia la memoria de los soldados bolivianos muertos en combate en los montes del sudeste: “Patria o muerte. Venceremos”.

Mi respeto por el Ejército me impide entrar en las especulaciones que se hacen sobre los muchos favores que S.E. brinda a los altos mandos y a los medianos. No voy a referirme a eso en absoluto porque no me consta ni quiero creerlo. Suficiente es con los altos cargos diplomáticos con que el Gobierno premia la fidelidad de algunos comandantes al ‘proceso de cambio’ y que están a la vista. Aún más, deploro contra quienes afirman que las FFAA deben desaparecer, creo que se deberían preservar sin vacilaciones porque Bolivia no es Costa Rica ni otros ejemplos donde los ejércitos han sido eliminados, países  que no viven las circunstancias nuestras.   

Hacía poco más de un año que yo había ingresado al servicio exterior, cuando varios funcionarios fuimos convocados al Palacio de Gobierno, recuerdo que en marzo o abril de 1967 más o menos. Estábamos citados porque se había invitado al cuerpo diplomático y a altas personalidades del Gobierno. Era la administración constitucional del general Barrientos. Fue ahí que todos nos sorprendimos, cuando el presidente, junto al Comandante en Jefe de las FFAA, general Ovando Candia, anunció que el Che estaba emboscando y matando soldados en las selvas de Ñancahuazú. Era la guerrilla esperada desde hacía meses. Simultáneamente, nuestro embajador en Naciones Unidas, Walter Guevara Arce, denunciaba la agresión castrista al mundo entero.

Nadie salía de su asombro, pero ahí en el Palacio Quemado estaban los retratos hechos por el argentino Ciro Bustos y algunas fotografías donde se veía al Che, con pasaporte uruguayo y el falso nombre de Adolfo Mena. Como dicen las crónicas, el Che parecía un inofensivo empresario o profesor, con lentes de montura gruesa y con una calvicie incipiente, distante de la boina, melena y barba con que lo inmortalizaron. Sin embargo, se trataba del despiadado guerrillero de la Sierra Maestra, que no tuvo empacho en ordenar fusilamientos, y que luego había ocupado altas funciones oficiales al lado de Fidel Castro. Era el que había amenazado a Estados Unidos con varios ‘vietnams’, aunque hubiera ido a fracasar rotundamente en su propósito de sublevar y comunizar el Congo.

Es sabido que el Partido Comunista Boliviano le quitó su apoyo al Che cuando este ya estaba en la selva. Por lo menos Monje le quiso disputar el liderazgo de la subversión, a la vieja moda altoperuana. Con 40 o 50 cubanos y bolivianos, Guevara inició las emboscadas al Ejército y en la primera trampa provocó siete muertos y varios heridos y prisioneros. Conformado el ELN por él mismo, siguió su campaña matando y muriendo, en una zona deshabitada, inhóspita, donde no recibió ningún apoyo de los campesinos.   

Hacia septiembre, Guevara sabía que había errado al decidir venir a Bolivia. Había quedado lejos de todos sus objetivos. Sus combatientes, exhaustos, se habían dividido en el monte para colmo, y el Che supo que en el Vado del Yeso habían emboscado y matado a varios de sus principales camaradas. El Ejército de Bolivia no le daba tregua y sus soldados caían a pecho descubierto, pero la lucha y la persecución proseguían. Mienten quienes dicen que hubo tropas estadounidenses en los combates por Masicurí, el Río Grande o La Higuera. Es el afán de restarle méritos a las FFAA de Bolivia. Hubo instructores militares gringos, ciertamente; y con seguridad que agentes de la CIA, porque, ¿dónde no está la CIA?

Ya sabemos que el final del Che  se produjo cuando en la Quebrada del Yuro quedó cercado y fue herido el 8 de octubre de 1967. Lo capturó el capitán Gary Prado Salmón y lo hizo trasladar hasta el rancherío de La Higuera. Cuatro guerrilleros fallecieron en combate frente a los soldados y dos fueron capturados con Guevara. El 9 de octubre el presidente Barrientos, con los generales Ovando y Torres, ordenó la ejecución de los prisioneros. El ‘Che’ fue muerto por el soldado Terán. Había concluido momentáneamente la guerrilla en Bolivia gracias al Ejército y a sus decididos comandantes. Luego vendría Teoponte, que es otra historia.

¿Qué sucede ahora con las FFAA? ¿Cómo es posible que 50 años después de una gran victoria militar no haya ni el menor reconocimiento a quienes lucharon en las quebradas de  Ñancahuazú? ¿Nuestros oficiales jóvenes no saben la historia de la República de Bolivia y aprenden únicamente la historia del Estado Plurinacional? ¿Creen los actuales comandantes que su Ejército hizo mal en enfrentar a la guerrilla? ¿Es convencimiento o miedo a S.E.? Sea como sea la actitud de los militares en este caso es lamentable y humillante; se trata de una verdadera vergüenza.








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