OPINIÓN



| 20/06/2017


La cama del Che

Quienes hayan leído sin anteojeras Cien años de soledad, la afamada novela de Gabriel García Márquez, habrán notado cierto paralelismo entre la vida fingida del coronel Aureliano Buendía y la real del Che Guevara, puesto que ambos, en sus respectivos escenarios, escogieron el camino sin retorno de la lucha armada. El coronel se propuso implantar en el mítico Macondo la utopía del ‘paraíso liberal’, sin curas ni militares, mientras que el Che en Bolivia nos prometió el ‘paraíso socialista’, sin explotadores ni explotados, y lo único que consiguieron fue acabar fulminados por la metralla asesina manipulada por el sistema que pretendieron sustituir.

Mucho se ha escrito sobre el Che, pero hay algo que a todos sus biógrafos se les ha escapado, no por carecer de relevancia histórica, sino porque él mismo deliberadamente no consignó en su diario de campaña. Cuando el Che andaba en apuros moviéndose constantemente por la zona de Monteagudo y Muyupampa (Sucre), buscando ‘restablecer contactos’ con el grupo de Joaquín, se aproximó a la finca Timbuypampa, por entonces propiedad de la familia Camargo, que le brindó hospitalidad y hospedaje, sin cobrarles ni un céntimo, solo por puro altruismo. Fueron cuatro las ocasiones que departió con familia tan desprendida, que, además del rancho, le proporcionó un catre de fierro de media plaza, un poco estrecho pero más confortable que dormir en chapapa. Y en esa cama pasó algunas noches fumando y pensando probablemente en el futuro incierto de la guerrilla, reducida a un puñado de valientes y, por supuesto, en su asma, su inseparable compañera. El día 5 de agosto el Che escribió en su diario: “Anoche mi asma estuvo implacable”. Más duro que enfrentarse al ejército barrientista resultaba combatir la temible enfermedad sin contar con el auxilio de las inyecciones antiasmáticas. Además, los estrategas del alto mando habían mandado retirar de todas las boticas y pulperías las medicinas que le hacían falta, sin quejarse por la medida, porque en la guerra todos los medios son válidos.

La familia Camargo, que los lugareños conocen como ‘los pura sangre’, por su ascendencia guaraní, conservó por varios años la cama del Che, hasta que delegó dicha responsabilidad a uno de sus miembros para que continúe la tradición familiar de custodiar la emblemática reliquia, que bien merece estar en el Museo Histórico de Vallegrande. Se lo propuse para que de esa manera sacara la cama de su escondrijo, pero el custodio, fiel a su compromiso, prefiere tenerla consigo, porque asegura que el espíritu del Che vaga por el lugar y le trae suerte en sus actividades. Cuando me fue permitido conocer la supuesta cama del Che, no le encontré nada de particular, probablemente porque “lo esencial es invisible a los ojos” de los profanos. 








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