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| 16/07/2017


Hugo Montero: Enfermedad y remedio

Es poco lo que sabemos de Hugo Montero. Su hoja de filiación del hospital psiquiátrico Gregorio Pacheco dice que nació en Santa Cruz en 1931, y que fue internado por primera vez el 29 de junio de 1951. La foto que acompaña al formulario muestra un hombre enjuto de mirada intensa, espesas cejas negras y labios curvados hacia abajo en un gesto de desasosiego. Un hombre que al momento de la fotografía ya había sido internado por octava vez en el psiquiátrico y que estaba escribiendo su obra poética en completa soledad. “Raza: mestiza” y “ex-estudiante de derecho”, señala su historial. Pero esos datos escuetos no sirven para dar cuenta de los demonios de Montero ni de su búsqueda poética en confinamiento. 

Montero falleció el año pasado en Sucre: hacía décadas que sus padres y su única hermana habían muerto y que no lo visitaba ningún familiar. Pero su voz llega a través de Panacea, el poemario que la editorial Pasanaku de Sucre acaba de publicar y que reúne más de una veintena de poemas que Hugo Montero concibió a lo largo de sesenta años en el psiquiátrico. Jorge Samos, poeta sucrense y uno de los editores de Pasanaku, cuenta que conoció a Montero cuando decidió presentar un libro en el Gregorio Pacheco, ante los pacientes de la institución. Durante años los poetas jóvenes fueron los únicos visitantes de Montero; Omar Alarcón, también editor de Pasanaku,  escribe en el prólogo que al entierro del poeta no asistió nadie más que el conductor de la funeraria y un albañil, y que originalmente la tumba de Montero no tenía ni siquiera nombre. 

Panacea es un trabajo fragmentario y tentativo: los numerosos cuadernos donde Montero escribía se han perdido, por lo cual sus poemas han tenido que ser reconstruidos a partir de filmaciones en las que Montero recitaba de memoria. Algunas de estas grabaciones pueden verse en la red, y escuchar a Montero tiene un efecto estremecedor, difícil de olvidar. 

Hay una conciencia dolorosa y lúcida en esos versos breves que con frecuencia se refieren a la enfermedad, a los gemidos de los pacientes, al olor a desinfectante de los pasillos de esta institución pública: “Qué ridículo doctor es tu diagnóstico/ que me hace sonreír,/ mas tu ciencia tendría que hacer milagros/ para curar mi mal,/ mal de los muertos”. 

El poeta se aproxima a la muerte con fascinación, busca allí el descanso para su tormento pero intuye que quizás no encuentre en ella otra cosa que el horror: “Yo soy el búho, vengo a decirte/ la noche es negra y fría/ todo lo sé por la divina aurora/ que brilla en la diadema de la muerte”. Su poesía es más bien nocturna, entronca con el malditismo y se aleja de esa búsqueda de luz que suele primar en la poesía cruceña: “El sueño de la verdad/ de la belleza/ es como un río/ hacia los cuartos oscuros”. 

La ficha médica de Montero señala que recibió tratamiento electroconvulsivo en varias ocasiones. Esta entrada de 1962 anuncia lacónicamente: “Se evade a horas dos de la noche, en compañía de sus dos compañeros de dormitorio”. 
La siguiente entrada está fechada meses más tarde: “Reingresa en el día de hoy. Viene en un estado bastante catatónico. Anémico y desorientado”. La enfermedad mental le privó de seguir una carrera, lo alejó de su familia y de sus parejas: con 20 años lo encontraron escondido detrás de un escritorio en su oficina en la base aérea, y a raíz de este brote lo internaron. 

Solo en la escritura encontró el remedio a sus males. “¿Escribir es acaso resucitar?”, se pregunta. A través de la poesía consiguió evadirse de los muros del psiquiátrico y hallar consuelo: “Es cierto/ aquí estamos acongojados./ También es cierto/ que estamos cerca,/ muy cerca de los cielos”. 
Paradójicamente, en los últimos años la salud mental del poeta mejoró notablemente y sus editores creen que hubiera podido ser dado de alta, pero para entonces ya no tenía adónde ir. “Esta tierra nos va a tragar. Yo no pienso irme a mi casa, aquí nomás voy a morir”, dice Montero en una de sus últimas filmaciones. 

Panacea es el segundo libro de Montero: el primero fue publicado en 2001 con el título de Penumbras por la editorial Ajayu, y hoy esa edición es casi imposible de conseguir (el mismo Hugo Montero buscó infructuosamente ese libro, al que llamaba su “libro perdido”). 
Si bien Panacea es un libro irregular, con poemas más logrados que otros, Montero escribe desde el país de los monstruos, y su música conmueve y se queda resonando dentro de uno: “Y pienso que si tú escucharas el acento de esta música/ sin que tú quisieras movería tu corazón al huracán” 








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