OPINIÓN



| 19/06/2017


El tormento de Elena

Hay una mujer que tiene nueve hijos y está enferma. Se llama Elena Corcuy y vive en una habitación pequeña que alguna amiga se la ha prestado por poco tiempo. En ese cuarto, que es su casa, hay dos camas de plaza y media, y ahí se tienden todos a la hora del sueño. Cada uno se acomoda como puede y permanece petrificado hasta el día siguiente. La única norma no escrita, implícita, es no darse vueltas para no perjudicar a los otros, pero los más pequeños aún no entienden de ciertas leyes familiares. 

Elena tiene 38 años y parece que tuviera muchos más. Hay quienes le ponen 45 y otros hasta 50. Elena es delgada y ahora tiene un pie hinchado y una ecografía ha descubierto que hay piedras en sus riñones. Cuando ya no daba más de dolor, cuando el aliento le estaba quitando incluso las fuerzas para hablar, llamó a una amiga y le dijo que estaba al borde de la muerte, que no tenía dinero para ir al médico ni para comprar remedios que la sacaran de la agonía.

A Elena han logrado calmarle el dolor, pero su problema de salud sigue ahí, latiendo como una bomba de tiempo. Sus riñones solo son una punta del iceberg de su vida atormentada. Si uno mira con atención el cuarto donde vive, de inmediato siente que la pobreza muerde: la puerta está remendada con cartones y por su ventana sin vidrios se entran los mosquitos. Dentro hay pocos platos y pocas tazas. Nunca han podido desayunar o almorzar todos juntos porque deben hacer turno para utilizar los utensilios. A veces los hijos se pelean porque nadie quiere ser el último en llevarse la comida a la boca. La cena en la casa de Elena no existe. 

Elena se siente sola. El padre de sus hijos aparece de vez en cuando, pero no lleva dinero. El alcohol lo está convirtiendo en un fantasma. Eso dice ella las veces que se acuerda de él y para no amargarse la vida nunca pronuncia su nombre. Elena no ha perdido sus sueños. Sueña que llegará el momento en que esté completamente sana y también sueña con un lote propio donde pueda construirse varios cuartos. Sueña con camas de dos plazas y muchos platos y tazas, cucharas y una mesa larga donde todos puedan comer juntos y a la misma hora, sin que nadie se pelee. 








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