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| 13/08/2017


El gran secreto

A principios de julio, El País Semanal publicó un estupendo reportaje de Cristina Galindo sobre la felicidad. Es un tema que siempre me ha fascinado y sobre el que he estado recopilando datos desde hace años; un interés lógico, si tenemos en cuenta que nuestra mayor ambición es ser dichosos. Sin embargo, la felicidad tal y como la entendemos hoy (como un derecho, como nuestra natural aspiración) es en realidad un invento del siglo XVIII. Hasta entonces, la gran mayoría de los humanos nacieron, crecieron y murieron pensando que el mundo era un valle de lágrimas y la vida un sufrimiento. 

Fue en el XVIII cuando irrumpió, poderosa y democrática, la idea de que somos merecedores de la dicha y debemos disfrutar de la existencia. Por cierto que esto sucedió sólo en Occidente: en muchas otras zonas del planeta aún perdura la clara conciencia del dolor de vivir. Recuerdo una frase impactante de la Reina de los Bandidos, la india Phoolan Devi, maltratada y violada desde niña, convertida después en asesina y bandolera, asesinada ella misma en Nueva Delhi, en 2001, a los 38 años: “No temo morir, porque la muerte es más dulce que esta dura vida”.

De entre los numerosos discursos sobre la felicidad que se escribieron en el XVIII sobresale el de la maravillosa pensadora y científica Madame du Châtelet: “Es creencia común que es difícil ser feliz, y demasiado cierto es”, empieza diciendo, para luego rebelarse contra ello. 

En cambio hoy la creencia común sostiene que la dicha es fácil, casi obligatoria. Y si no la conseguimos plena y perennemente, nos quejamos: si todos son felices, ¿por qué yo no? ¿O por qué yo no tanto como los demás? Como los modelos almibarados de los anuncios televisivos. O como los protagonistas de esas radiantes fotos que atiborran las redes, hombres y mujeres siempre sonriendo, viajando, comiendo, bailando, haciéndose alborotados selfies, en barcos, en coches, delante de la Torre de Pisa, sujetando globitos de colores. 

Hoy la felicidad, más que un emocionante derecho, parece haberse convertido en una mercancía, en un codiciado objeto de consumo que hay que poseer para no ser un paria social, un maldito pringado. Es como un mega-smartphone emocional. Y quizá este imperativo de ser felices nos esté dificultando la vida: según la OMS, hay 300 millones de personas que sufren depresión en el mundo, un 18% más que hace sólo 10 años.

Sea como sea, lo cierto es que la felicidad, esa cosa indefinible, subjetiva, escurridiza, luminosa, turbadora, efímera y bella, se ha convertido en un tema de moda, en un mito mundial. Como señala el reportaje de EPS, Emiratos Árabes Unidos creó hace un año un Ministerio de la Felicidad, y el tremendo Nicolás Maduro nombró en 2013 un viceministro venezolano de la Suprema Felicidad del Pueblo (la sola definición aterroriza). 

Menos demencial pero aun así chocante es que la ONU decretara, hace cinco años, que el 20 de marzo era el Día Internacional de la Felicidad. A partir de entonces también elabora un ranking del bienestar de 156 países; los primeros lugares los ocupan Noruega y Dinamarca, y el último, la República Centroafricana. España está en el puesto 35º, un lugar que no es deprimente, pero tampoco glorioso. Sin embargo, en junio de 2015 salió un barómetro del CIS cuyos datos me pasmaron: 8 de cada 10 españoles se consideraban felices o muy felices. En una escala del 0 (completamente infeliz) al 10 (completamente dichoso), la respuesta más frecuente fue un asombroso 8. Aún más: el 42% se definían como casi completamente felices.

Se diría que aquí empezamos a rozar lo sustancial, que nos aproximamos al tuétano de las cosas. Hay en nuestras células un anhelo fiero de seguir siendo, un deleite en lo básico, en andar y en comer, en el sol y la noche, en el viento y el agua. Nuestra carne animal nos salva de ser sólo humanos. 
Sí, somos criaturas hechas para la felicidad, como decían en el XVIII. Por eso hay personas que, pese a sufrir grandes reveses, una parálisis, un desahucio, una guerra, siguen experimentando momentos de gozo. Incluso Phoolan Devi debió de arrancarle chispas a la oscuridad. Y es que la vida se regocija de vivir. Ese es el sencillo y gran secreto 








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