OPINIÓN



Opinión | 23/12/2016


De los negocios a la Casa Blanca

El ascenso de Donald Trump a la Casa Blanca parecía misión imposible si se toma en cuenta que su oferta electoral central era echar a los inmigrantes indocumentados y construir muros en la frontera con México. Aunque ha bajado de tono después de los resultados, muy pocos saben a ciencia cierta qué piensa hacer —exactamente— el nuevo presidente de EEUU a partir del 20 de enero cuando tome posesión y comience su mandato.


La incertidumbre aumenta porque Donald Trump es un desconocido en el quehacer político de Washington. Será entonces el primer mandatario que en los últimos tiempos llega literalmente de la calle a la Casa Blanca. Lo que se sabe, en cambio, es que es un magnate de los negocios inmobiliarios, incluyendo concursos de belleza, etc. y que está buscando a la ‘crema del poder económico’ para conformar el nuevo Gobierno.


En la historia reciente será la primera vez que  se elige a un presidente que ha ofrecido convertir a la primera potencia en una suerte de ‘policía’ no solo de ese país sino también de sus vecinos y una buena parte del mundo. Aquí ha dicho por ejemplo que cambiará los acuerdos con Cuba y se ha mostrado necesitado de buscar alianzas estratégicas con Rusia y algunos otros países que no han tenido buena sintonía en el pasado. 


Donald Trump, en realidad, parece convencido de que puede hacer y hasta deshacer todo en EEUU. En este sentido, hay que recordar que ha ganado y por un tiempo fijo la Casa Blanca, pero no es el dueño de ese país como para ‘meterle nomás’ y después que vengan los abogados a arreglar los entuertos legales que supone toda decisión política. 


También hay que recordar que EEUU es lo que es, entre otras cosas, porque el presidente el 20 de enero no solo jura respetar y hacer respetar la Constitución, sino además porque es el primer ciudadano en cumplirla y dar el ejemplo. A diferencia de nuestros países donde en general gobiernan los hombres, en EEUU gobierna la Constitución y hay un respeto absoluto por la ley. Aquí funciona la clásica separación de poderes porque hay una cultura institucional y democrática consolidada, de modo que el presidente tiene límites que le impone el orden constitucional.


Aunque existe un sistema presidencialista que, en principio, pareciera que todo lo puede hacer el elegido, no es exactamente así, pues existen los controles cruzados y las grandes decisiones que se toman en la Casa Blanca tienen que ser homologadas por la Cámara de Senadores. En este plano, se hace sentir el peso de la institucionalidad, que marca la diferencia y ha convertido a EEUU en una verdadera potencia mundial. 


La independencia e imparcialidad del Poder Judicial es fundamental porque garantiza a la Constitución, aunque algunos de sus miembros sean designados por el partido gobernante. Los jueces son vitalicios y es un honor formar parte del sistema judicial, especialmente integrar la Suprema Corte de Justicia. Ellos no necesitan de la figura del Tribunal Constitucional, por la sencilla razón que todo juez garantiza los derechos fundamentales y la supremacía de la Constitución. Aquí no cabe la tradicional ‘viveza criolla’, típica de nuestros países donde algunos presidentes viven obsesionados buscando cómo burlar la ley (que han jurado respetar y hacer respetar) y eternizarse en el poder. En EEUU hay una sola reelección y todos los presidentes saben que, como máximo, pueden llegar a gobernar 8 años.


A todos estos controles institucionales cruzados, que han hecho grande a este país y constituye motivo de orgullo de su gente, se suma una irrestricta libertad de prensa y, por tanto, existe una opinión pública debidamente informada que se encarga de fiscalizar y controlar la cosa pública y evitar así hechos de corrupción. Por ello, en el momento en que el flamante presidente decida ‘meterle nomás’ y comience a echar a los inmigrantes y construir muros, saltándose la histórica institucionalidad americana, la opinión pública se encargará de frenar cualquier despropósito de Donald Trump 








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