OPINIÓN



| 24/09/2017


De García Meza a Morales Ayma

El próximo 10 de octubre estaremos contabilizando en Bolivia 35 años de recuperación de la democracia en el país. Tres décadas y media nos separan de esa histórica fecha en la que se puso fin a la hasta hoy última dictadura militar, un final marcado por la posesión de Hernán Siles Zuazo como presidente de Bolivia. Elegido por voto popular en 1980, Siles no pudo ejercer su mandato, debido al golpe encabezado por el general Luis García Meza contra la presidenta en ejercicio, Lidia Gueiler. Fue un golpe cruento, con líderes políticos y sindicales ejecutados, muchos otros presos y torturados, mientras que algunos lograron huir de la furia militar y encontraron asilo en otros países.

Es una historia reciente, aunque no tanto a la hora de pensar en las nuevas generaciones de bolivianos. No hablo solo de aquellas nacidas después de 1982, sino también de las que nacieron en los años 70 y que eran niños o adolescentes cuando ocurrió el golpe de García Meza. Incluso de aquellas nacidas en los años 60, a las que les tocó crecer entre golpes militares y rupturas democráticas que solo llegaron a su fin en 1982. ¿Qué memoria tienen estas generaciones de la vida en democracia en Bolivia? ¿Cuál es el valor que le reconocen al estado democrático? ¿Hasta qué punto son capaces de luchar por la defensa de un sistema aún débil, pero imprescindible para vivir en libertad? 
Las preguntas se atropellan hoy con más fuerza, porque a 35 años de la recuperación de esta democracia imperfecta (como todas, pero democracia al fin), hay señales de peligro a las que urge darles atención. Una atención solo posible si hay una valoración justa de lo que se ganó en octubre de 1982 y una conciencia cabal de qué es lo que se puede perder si se tolera más retroceso en un proceso al que le falta aún mucho por madurar, antes de consolidarse. Ambas, la valoración y la conciencia, demandan a su vez el rescate urgente de los hitos históricos que marcaron el periodo dictatorial y la transición a la democracia.
Urge ese rescate ahora. Hay que traer a la memoria de las viejas generaciones, aún vitales en la acción política nacional, todo lo vivido en Bolivia hasta octubre de 1982, periodo en el que fueron víctimas, victimarios o cómplices de la violencia política, para evitar que hoy se presten al juego oportunista del Gobierno de turno, que los condenará a repetir esas viejas historias de horror. Y hay que confrontar a las nuevas generaciones con los hechos del pasado reciente, para advertirles que no están libres de padecer el terror político del pasado: hoy, como nunca antes en estos últimos 35 años, hay señales claras de peligro.

La señal más reciente es la nueva arremetida de la cúpula del MAS para imponer su deseo de prorrogar en el poder a quien lo comanda: Evo Morales Ayma. No se trata apenas del interés legítimo que puede tener una fuerza política de continuar al mando del país, a través del cumplimiento de sus reglas democráticas. Acá lo que prima es el interés de una cúpula representada en Morales, que está por encima incluso de su propio partido. Es un interés abusivo que desnuda el verdadero carácter de Morales y su círculo íntimo: cínico y profundamente antidemocrático. La paradoja perversa es que usa y abusa de las reglas y del sistema democrático para tratar de lograr su cometido.

El abuso más burdo y reciente es el que está tratando de consolidar con un vergonzoso recurso abstracto de inconstitucionalidad presentado hace días al Tribunal Constitucional, a través del cual pretende que se anulen cuatro artículos de la Constitución y tener así vía libre para volver a ser candidato presidencial en las elecciones generales de 2019. A mí no me sorprende, en absoluto, ya que Morales Ayma viene dando muestra desde hace años de su absoluto irrespeto a la Constitución, a la que parece ver apenas como un traje hecho a su medida, a la que añade o corta artículos según su conveniencia.

Tampoco sorprenden ya los argumentos y el cinismo de sus operadores políticos. Argüir que Morales Ayma tiene el “derecho humano” fundamental de pretender su reelección indefinida, y que la Constitución tiene artículos “inconstitucionales” que están violando ese superderecho, solo nos lleva a comprobar cuánto en común tiene Morales Ayma y el exdictador García Meza. En julio de 1980, éste dijo: “Si el pueblo quiere que me quede, no me queda otra alternativa”. ¿No es una frase parecida a la que repite Morales Ayma y sus inmediatos colaboradores? Ahora depende “del pueblo” decirle qué es lo que quiere. 







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