OPINIÓN



| 04/05/2017


Ballenas

Básicamente, el juego de la ballena azul es identificado como una tendencia en la red social rusa Vkontakte. Con posible origen en Rusia, este ‘pasatiempo’ se habría extendido a todo el mundo a través de otras redes sociales, como WhatsApp, que tienen alcance global porque están en casi todos los celulares.

Supuestamente funciona por una mezcla de persuasión y chantaje, ya que si los administradores no consiguen que el adolescente que está jugando cumpla sus retos por las buenas, lo harán por las malas, amenazando con causar daños a su familia o entorno. Así, en medio de escabrosas tareas, como hacer dibujos con navaja en la piel o causarse lesiones, y mediante métodos de condicionamiento que incluyen ver películas de terror y escuchar cierto tipo de música, la víctima es inducida a llegar hasta el final del juego, que consiste en nada más y nada menos que quitarse la vida.

Parece ficción pero no lo es, por lo menos no en los países donde se han reportado suicidios que están directamente vinculados con el juego. En Bolivia, el primer caso reportado es de Potosí, donde una adolescente de 14 años apareció con el dibujo de la ballena hecho con navaja en la carne viva de su antebrazo. Según su primera entrevista con la Policía, estaba siguiendo las instrucciones del juego.

La ballena azul es, por ahora, el rostro más visible de los peligros que entrañan las redes sociales de internet, que tenían –y tienen– la posibilidad de convertirse en instrumentos beneficiosos para la humanidad pero, al paso que van, solo la conducen a su perdición.

Las redes sociales son medios de comunicación social, pero su peligro radica en que, al ser manejadas por cualquier persona, sin importar su edad o condición mental, pueden dejar de ser instrumentos y convertirse en armas.

Por su color predominante, otra ‘ballena azul’ es Facebook, la red social que Mark Zuckerberg creó para intercambiar contenidos, pero hoy en día se utiliza más para fines perversos que para la comunicación humana. Y su principal problema no es el narcisismo, que se traduce en subir fotos de uno mismo o de las actividades que está cumpliendo, sino el anonimato; es decir, la facilidad que existe de crear varias cuentas con identidades falsas. Detrás de una cuenta falsa, el usuario puede hacer cualquier cosa, desde acosar a personas o grupos de personas (como hacen centenares de funcionarios públicos del actual Gobierno) hasta conseguir información útil para cometer delitos.

Y estas ballenas solo son el inicio. Por delante existen centenares de océanos de incertidumbre tecnológica. 








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