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| 27/08/2017


El trazo político de Rius

Eduardo del Río, que se hizo conocer como Rius, fue un caricaturista nacido en Zamora (Michoacán, México) en junio de 1934. Vino al mundo en una de las ciudades más católicas y conservadoras de la república y murió en agosto del presente en un pequeño pueblo encantador, progresista y emblemático: Tepoztán (Morelos). En sus largos y fructíferos 83 años de vida publicó una centena de libros de historietas convirtiéndose en el referente principal de la caricatura política mexicana.

Su cuna fue una familia humilde, muy religiosa pegada al catolicismo; huérfano de padre desde su nacimiento, se trasladó a los dos años a la Ciudad de México siendo internado en el colegio Salesiano, donde pasó parte de su infancia. Su formación católica básica fue la clave para convertirse al ateísmo y dedicar buena parte de su obra a la crítica a esta institución eclesial, así lo confesó alguna vez: “Le tengo que agradecer a Dios que me volvió ateo, y a la Iglesia católica que me volvió anticlerical” (La Jornada Semanal, 13/8/2017). 

La manera de descubrir su vocación gráfica fue curiosa, casi paradójica. De joven trabajaba como telefonista en la Funeraria Gayosso (una de las más importantes en México); en el generoso tiempo libre que le daba su labor, se dedicaba leer y dibujar. A los 20 años tuvo la suerte de que un cliente de la funeraria lo viera pintando; le dejó su tarjeta y le solicitó que le enviara algunos chistes para la revista Ja-Já que él dirigía. Estuvo en esas durante una década hasta que pudo pasar a la historieta y convertirse en un profesional. 

Publicó libros fundamentales como Cuba para principiantes, Lenin para principiantes, Marx para principiantes, Manual del perfecto ateo, Su majestad el PRI,  Palestina, del judío errante al judío errado, Jesús alias el Cristo, Marihuana, cocaína y otros viajes e Historia del Kapitalismo. Además, fundó y dirigió las revistas Los Supermachos, Los Agachados, El chamuco y los Hijos del Averno. l trabajo de Rius es una síntesis de la tradición mexicana de la caricatura crítica -cuyo mejor exponente fue Guadalupe Posadas-, la visión del arte comprometido y dirigido al sector popular heredado de los muralistas, y la creatividad y profundidad de los escritores del siglo XX. De hecho, cuenta que parte de su formación informal provino de la suerte de poder pasar largas horas en una librería cercana a la Funeraria Gayosso en la cual, entre 1952 y 1954, los sábados sucedían exquisitas tertulias con Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, Juan Rulfo y otros destacados literatos. 

Su propuesta gráfica fue de la mano de una intención política. Su pedagogía reposó en la idea de que “los gobiernos son felices con súbditos ignorantes” (La Jornada Semanal, 18/8/2017), por lo que se esforzó en formar, en transmitir mensajes, en desmontar íconos del poder y de la religión. Su obra quería llegar al pueblo, por lo que su trazo y argumento eran muy legibles y comprensibles, con la intención de informar, convencer y denunciar. Su vida y su lápiz fueron una apuesta política libertaria. En ese aspecto se pareció mucho a otros autores como Héctor Oesterheld que, desde Buenos Aires en años similares, emprendió la tarea de concientizar fungiendo como el encargado de comunicación de la guerrilla montonera. El inmensamente creativo caricaturista argentino fue desaparecido por la dictadura y sus familiares cruelmente asesinados.

El impacto de su obra fue tan grande que hoy en México es una referencia para propios y ajenos, se dice que fue de los mejores promotores culturales y formadores populares. Pocas personas no han leído uno de sus libros en algún momento de su vida. De no revertirse los mecanismos que viabilizan la violencia, pero sobre todo de no construirse la nueva institucionalidad de las FFAA en base a principios de respeto a los derechos humanos, vamos a seguir conociendo de hechos como los descritos que, lamentablemente, irán en aumento.  

En su revista Los agachados, Rius dedicó amplias páginas a los problemas latinoamericanos. Por azarosos guiños del destino, hace unos años me regalaron el ejemplar N. 85 del 30 de enero de 1972 dedicado a Bolivia, que lo guardo como reliquia. Ese número es un repaso crítico por la historia boliviana desde el periodo incaico hasta el golpe de estado de Bánzer, en agosto de 1971. Por supuesto se detiene en la lucha de la independencia, en la Revolución del 9 de abril, en la muerte del Che, en la guerrilla de Teoponte y en la Asamblea Popular. Cuenta Rius que para elaborar su número temático recibió la ayuda de dos periodistas bolivianos exiliados, me pregunto por sus nombres.

En muchas ocasiones “me topé” con Rius -nunca personalmente-. La última vez fue en una exposición en Cuernavaca hace poco. Recuerdo bien una viñeta con un diálogo simple y profundo entre dos personas que se aplica para muchos contextos: “¿y usted, todavía espera algo del gobierno? Sí: que se acabe”. Rius. Universal y transtemporal. Seguirá siendo una fuente para reírnos del poder y de la política. 








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