OPINIÓN



| 16/07/2017


El gallero presidente

En febrero de 2016, pasé algunas largas noches en el Picacho hablando de política y de gallos con Jaime Paz... Yo andaba un tanto fugitivo y él queriendo emprender un viaje intelectual para tratar de influir otra vez en la política... Entusiasta de las frases, me dijo eso que parecía sacado de un verso de Wallace Stevens: “Las cosas uno las va cambiando en la memoria. ¿Quién puede saber cómo fueron las cosas?... Sabes, los gringos empezaron a enojarse conmigo cuando les gané una pelea de gallos aquí, en el Picacho”. Pensé en Wallace Stevens: Las cosas como son/son distintas cuando se las canta con la guitarra azul... La nostalgia -esa formidable guitarra azul- arregla el pasado y lo hace amigable. Ahí estaba el expresidente Jaime Paz, sentado en un banco de madera maciza, de espaldas a una escultura conceptual, definida por una piedra blanca sobre otra piedra negra: El homenaje que erigió con sus propias manos para el poeta peruano César Vallejo. Las ideas revoloteabanen mi cabeza: Los sucesos dramáticos que marcaron el fin del MIR, a lo mejor se aceleraron y se definieron a partir de una anécdota gallera. “Un día tal vez podrás escribir que los ataque contra el MIR comenzaron con una pelea de gallos con Robert Gelbard”, dijo, sonriendo. Algunos se arruinan la vida por andar leyendo a Shakespeare, pensaba el personaje onettiano, el MIR quizás se arruinó por una pelea de gallos.

Jaime Paz, siendo estudiante en la Universidad de Lovaina (Bélgica), había intuido que la política del futuro no pasaba por esos consorcios románticos armados que se llamaban guerrillas y entonces fundó un partido y separó como símbolo al gallo. Un gallo desafiante y cantor. Anuncio del nuevo día de la política.

La democracia. Vuelven a sonar los acordes de la guitarra azul. Jaime se ayuda con sus manos y con un símil de la gallística para resumir su historia: “En el fondo, creo que ganamos la riña. Fuimos incomprendidos mucho tiempo, cuando nos atrevimos a fundar el MIR y decidimos no dar el paso hacia las guerrillas, sino luchar por la democracia. El tiempo puso las cosas en su lugar. Hoy todos esos sueños fueron rebasados y el único gallo que canta en la política es la democracia. Nuestro programa triunfó. El MIR triunfó”, especifica. En los difíciles años 80, el MIR había llevado a Jaime a la Presidencia, bajo los acordes de un himno que alertaba que el gallo canta ya nuestra victoria. Casi 30 años después, en el Picacho, el Gallo sigue cantando su victoria.

Bolivia tuvo varios presidentes y políticos galleros. Hay una versión gallera de la muerte de José Manuel Pando. El expresidente volvía de su finca de Luribay a La Paz, montado en su caballo, y traía unos gallos de pelea. Sufrió un derrame cerebral, los hermanos Jáuregui lo encontraron muerto, tomaron los gallos y arrojaron el cadáver a un barranco, a la altura de El Kenko. La ambición gallera pudo más que su discreción, un domingo llevaron los gallos a pelear y alguien los reconoció. Fueron tomados prisioneros por el supuesto magnicidio y uno de ellos fue fusilado. La política está llena de gallos y galleros. Aquella noche en el Picacho, Jaime, ‘el Gallo mirista’, recordando sus arrebatos juveniles en Lovaina, antes de entrar al recuento de la pelea con Robert Gelbard, hizo una breve composición historicista de la importancia del gallo para la Revolución Francesa. “El gallo resume el espíritu de la Revolución Francesa -dijo. Los soldados del general Lafayette adornaron sus cañones libertarios con imágenes de gallos de pelea”. Por eso, el gallo (Le Coq) es uno de los símbolos de la Francia que trajo al mundo la noción de la democracia moderna, con sus principios: Libertad, Igualdad y Fraternidad.
Robert Gelbard fue uno de esos embajadores estadounidenses poderosos que llegaban a Bolivia. Egresó en 1979 de la escuela Jhon F. Kennedy de Harvard, y despachó en Bolivia entre 1988 y 1991. La política norteamericana antigua estuvo llena de galleros; los llamados ‘padres de la patria’, George Washington, Thomas Jefferson y Benjamin Franklin, eran galleros. Y Abraham Lincoln fue juez gallero. Pero por la manera cómo discurre la historia, es probable que Gelbard no sea gallero.
Llegó al Picacho, un fin de semana. Una visita protocolar al presidente Paz. Se juntaron otras personalidades en Tarija, tierra de coplas y ocurrencias. Después del almuerzo en un recorrido por los establos y la gallera, de pronto surge la idea de hacer un desafío. “Escogimos dos gallos, uno pequeño que trajeron los muchachos de Argentina -recuerda Jaime. Y otro esbelto y alto”. Naturalmente, Gelbard eligió el mejor plantado y empezó ganando, pero el cansancio le llegó muy temprano (el cansancio es peor que la espuela, dicen los viejos galleros) y se disminuyó por completo.

El gallo de Jaime tomó la iniciativa y lo vapuleó limpiamente. Cacho al cuerpo, a la cabeza, una y otra vez hasta dominarlo por ambos lados. Los asistentes que apoyaban al gallo del embajador se quedaron en silencio. El ambiente se puso raro, pesado, pero los galleros saben que la pelea no se puede parar. Y para poner las cosas más enrarecidas, el gallo esbelto de Gelbard, sintiéndose acabado, se echa y en ese momento, histórico, a lo mejor fue que se arruinó el MIR. El gallo pequeño de Jaime, sabiéndolo vencido, como dice la cumbia de Lisandro Meza. Racatapún chinchín, el gallo sube... echa su polvorete, y racatapún chinchín él se sacude. La tensión no daba para más, se aligeró con una polifónica carcajada. En la alta noche del Picacho, Jaime Paz echa a volar otra vez los acordes de la guitarra azul. “Las peleas de gallos son así de intensas e imprevistas. Ahí creo que empezó a marcarse una distancia que después nos jugó en contra”. Sonrío, y sopeso la voz y el ímpetu del expresidente, y aunque me habla de los pormenores de un texto que está escribiendo, no lo escucho, pienso que acabo de escuchar la más espléndida historia de gallos y política, contada por el último presidente gallero de Bolivia.  








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