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Tres físicos ganan el Nobel por medir las ondas gravitacionales del universo


Se trata de una distorsión del espacio-tiempo que se genera con el choque de cuerpos acelerados, como los agujeros negros, que liberan una energía capaz de deformar el espacio y modificar el paso del tiempo

Los galadonados: Barry Barish (izquierda), Kip Thorne (centro) y Rainer Weiss (derecha)

04/10/2017

La detección de las ondas gravitacionales, predecidas en la teoría de la relatividad hace un siglo, que se logró de manera empírica a mediados de 2015, en un trabajo científico coordinado por los estadounidenses Kip Thorne, Rainer Weiss y Barry Barish, fue merecedora del Premio Nobel de Física 2017, por tratarse de un “descubrimiento que sacudió al mundo”, según el secretario general de la Real Academia de Ciencias Sueca, Göran Hansson.   

Los denominados ‘padres’ del Observatorio de Interferometría Láser de Ondas Gravitacionales (LIGO), en EEUU, trabajaron por varios años junto a un equipo internacional de 1.000 científicos, para lograr registrar por primera vez una perturbación producida por agujeros negros el 14 de septiembre de 2015, y el registro de otros dos fenómenos similares, hasta darlo a conocer de manera oficial en febrero de 2016. 

Se entiende por onda gravitatoria o gravitacional a una perturbación del espacio-tiempo producida por el choque de cuerpos masivos acelerados, por ejemplo agujeros negros, lo que provocan la liberación de enormes cantidades de energía capaces de deformar el espacio y de acelerar o desacelerar el tiempo, según define Thorne.

Lo que hasta hace poco eran deducciones se basaron en la teoría del físico alemán de origen judío, Albert Einstein, que postuló que todo cuerpo posee una energía que se libera al fragmentarse, lo que significa que la materia es capaz de afectar la propia geometría del espacio-tiempo. 

La constatación de estas ideas, representa la apertura de una nueva era para la investigación del universo, que se limitaba a la radiación electromagnética (luz), con la que se puede ‘ver’ a los cuerpos celestes, mientras que con las ondas gravitacionales (sonidos) se podrán ‘oír’ los cambios que ocurren a kilómetros de distancias. 

El perfil de los ganadores
Weiss es un científico nacido en Berlín en 1932, que llegó a Nueva York en 1939. Ingresó al MIT con la idea de convertirse en ingeniero electrónico, pero abandonó la carrera para seguir un romance frustrado, y al volver, terminó por doctorarse en física, según un artículo publicado en The New York Times.

Thorne nació y creció en Utah, Estados Unidos, se doctoró en la Universidad de Princeton. Es un estrecho amigo de Stephen Hawking. Su tarea no se limita al ámbito de la ciencia académica. Además de escribir libros de popularización de la ciencia, fue uno de los productores de la película Interestelar.

Barish nació en Omaha, Estados Unidos, creció en Los Ángeles y estudió en la Universidad de California, en Berkeley. En los últimos años, junto a sus colegas, compartió los premios Kavli de astrofísica, Gruber de cosmología, y Shaw de astronomía.

Hasta ahora, LIGO y su contrapartida europea, Virgo, hicieron cuatro detecciones de ondas gravitacionales. Se espera que con la continuación de los estudios, sean capaces de detectar además ondas causadas por fenómenos como estrellas de neutrones, púlsares y otros cuerpos.

El caótico camino para ‘escuchar’ el lenguaje del universo comenzó en la década de los 70 en Estados Unidos
Rainer Weiss y Kip Thorne comenzaron sus investigaciones en los años setenta. En esa época intentaron registrar las ondas a través de barras resonantes de una tonelada de aluminio (como una soprano cuando ensaya la frecuencia para quebrar una copa), pero se dieron cuenta de que no iba a funcionar, contó el argentino Mario Díaz, director del Centro para la Astronomía de Ondas Gravitacionales de la Universidad de Texas del Valle.  

Weiss llegó a la conclusión de que se podrían usar láseres para la medición, y Ronald Drever desarrolló una técnica que permitió aumentarles la potencia luminosa. Thorne, que había estudiado relatividad general, propuso los principios del trabajo. 

“Entre los tres consiguieron los fondos de la National Science Foundation (NSF), fue algo épico, porque muchos astrónomos se opusieron, porque el presupuesto sería de más de $us 1.000 millones durante más de 20 años”, relató Díaz. 

A principios de los 90, Drever (que falleció en marzo de 2017) se peleó con Thorne. Para compensar su salida, la NSF trajo a Barry Barish, que en poco tiempo ideó ampliar la participación de investigadores en LIGO y construir dos observatorios.



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