ANÁLISIS

Donald Trump y el método detrás de la locura


El Gobierno de Donald Trump decidió que Estados Unidos se retire de la Unesco. Antes lo había hecho del Acuerdo de París sobre cambio climático. También amenaza con romper el pacto con Irán


22/10/2017

Hace algunos días Estados Unidos anunció que se retiraba de la Unesco por los supuestos prejuicios de esta respetada organización contra Israel. Esa noticia, que en cualquier otra presidencia hubiera sido titular en las portadas de los periódicos norteamericanos, pasó prácticamente desapercibida debido a la capacidad de Donald Trump para abrirse frentes de combate. En efecto, en esos días, a través de sus tuits, por obra u omisión, Trump estaba saboteando el plan de salud de Obama, se peleaba con un senador de su propio partido (Bob Corker) o con los jugadores de fútbol americano o contradecía en público a su Secretario de Estado (Rex Tillerson), insultaba a Puerto Rico por excederse en el pedido de ayuda a su infraestructura destrozada por el huracán, se olvidaba de ofrecer sus condolencias a las familias de cuatro soldados muertos, sugería la posibilidad de usar armas nucleares para lidiar con Corea del Norte, amenazaba una vez más con salirse del Acuerdo de libre comercio con Canadá y México.
En tiempos de la victoria en las primarias republicanas, y luego durante las elecciones presidenciales, se habló mucho del genio perverso de Trump para la política. Es cierto que Trump posee un dominio visceral de aquellos temas que le gustan a la base de votantes que lo sostiene y no tiene remilgos en usarlos: cuando está en problemas, se sabe que Trump atacará a alguna minoría (los atletas negros, la alcaldesa de San Juan) o se pondrá del lado del supremacismo blanco (defendiendo a los neonazis que causaron una muerte en las protestas en Charlotesville). Sin embargo, esos temas solo le hablan a sus más fieles seguidores, no expanden su arco de votantes de cara a elecciones futuras. Desde el punto de vista político, lo que está haciendo Trump va en contra de lo que sugeriría un manual de estrategia sensata. Por supuesto, pedirle sensatez es mucho, y además, ¿no ha ganado elecciones con ese estilo de hacer política? 
Los críticos también señalaron durante las elecciones presidenciales que nada de lo que hacía Trump era casual: todo le servía para dividir y de esa división sacaba partido. Hay algo de razón en esto: Trump es un presidente sin ningún interés por encontrar un discurso conciliatorio, capaz de hablarle a todo el país, incluso a quienes no votaron por él; en eso se parece más a un candidato que a un presidente. Sin embargo, no todo es premeditado ni parte de una estrategia sofisticada. Más bien, Trump es un narcisista impulsivo, no tolera críticas y no puede aguantar nada sin estallar en una letanía de insultos en Twitter. En él se da una combinación letal: no conoce nada de muchos temas de economía y política internacional, y en vez de apoyarse en expertos toma decisiones basado en su intuición. La compasión, además, no se le da bien. Por dar un ejemplo: ante la devastación producida por el huracán María en Puerto Rico, Trump podía haberse mostrado solidario y ganar así puntos con la comunidad latina; sin embargo, su mentalidad colonialista le impidió mirar a Puerto Rico como una isla de conciudadanos sufrientes y la vio más bien como una pobre región de gente pedigüeña y floja. Su apoyo entre los latinos apenas llega hoy al 13%; le ganó a Clinton con el doble de ese porcentaje.
Así cumplimos nueve meses con Trump en la presidencia, agotados y al borde de un colapso nervioso, y sin que el partido Republicano tenga una gran victoria legislativa para ofrecer a sus votantes: su plan de salud fracasó, su deseo de reformar los impuestos puede que corra la misma suerte. En el plano internacional, el aislamiento es evidente: para enfrentarse a Corea del Norte no puede contar del todo con Corea del Sur o China, países a los que ha atacado duramente; hace poco ha amenazado con sabotear el acuerdo de armamento nuclear con Irán, país que ha ayudado en la lucha contra ISIS; también se ha salido del  Acuerdo de París sobre el cambio climático y de la Unesco, etc. Trump parece querer ser recordado más por todas las cosas que desmanteló que por propuestas ambiciosas, capaces de reorganizar la frágil cohesión social. 
Como no hay un método detrás de tanta locura, habrá que pensar entonces en la falta de método como la norma. Trump es incapaz de tener aliados y está en lucha incluso con sus ministros y contra su propio partido. Su capacidad para la ruptura es la que atrae a ese alrededor de 30% de votantes que lo apoya contra viento y marea. No es suficiente para ganar las elecciones legislativas del próximo año, y eso preocupa a los líderes del partido Republicano, pues el Congreso podría pasar a manos de los demócratas, y ahí, quién sabe, hasta el mismo cargo de Trump estaría en peligro (hay un procurador que está investigando las conexiones ilícitas de su campaña con los rusos). A Trump, por lo pronto eso no parece preocuparle mucho, y mientras nosotros analizamos el caos que acaba de crear, él ya se ha movido y está a punto de crear otro caos, que explotará por la madrugada en… Twitter.  



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