MUNDO

Conoce 5 historias dramáticas de refugiados


De un extremo a otro del mundo, hombre y mujeres se desplazan con sus hijos a cuestas. Un niño cuenta cómo lo revivieron después de haber sido enterrado vivo

Amina salió de su país, huyendo de la guerra en Siria.
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20/06/2016

Conoce 5 dramáticas historias de hombres y mujeres que solos o con familia se vieron obligados a huir de sus países de origen para sobrevivir de la violencia y las guerras. Conoce este reportaje publicado por El Heraldo y que muestra de cerca el lado humano de esta problemática mundial en el Día Internacional del Refugiado.

1. Amina : De Siria a Líbano

Motivo: Guerra siria

Dice que a Europa solo llegan los que tienen más poder económico, los que pueden permitirse pagar entre mil y dos mil euros para jugarse la vida en un bote inflable. Amina huyó a Líbano, país limítrofe con su Siria natal, la que hasta entonces había sido su casa. "Nunca quise irme más lejos. Yo sé que quiero volver. No sé cuándo, pero voy a volver", dice.

Amina es maestra. La primera víctima de la guerra que ella conoció fue uno de sus alumnos, muerto en un bombardeo. Entonces el nombre del pequeño pasó a ser el de su escuela para "rendirle un homenaje", pero llegó un día en que "había demasiados niños muertos a quienes honrar".

Hoy sigue enseñando a los niños sirios refugiados en el campo al que ella también ha huido. "Llegará el día en que tendremos que volver a Siria. El país estará destruido, pero al menos educando a sus pequeños durante este tiempo lograremos que su futuro no esté en ruinas".

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Amina salió de su país, huyendo de la guerra en Siria.
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2. Adriana: De Colombia a Ecuador

Motivo: Grupos armados del conflicto colombiano

"Vine a Ecuador porque los grupos armados nos sacaron. Nos dieron tres días para salir del pueblo, si no nos íbamos nos harían desaparecer", nos contó Adriana. Ahora vive en uno de los países que más asilados alberga de América Latina. "No voy a perder la vida por estar allí, pero echo en falta el afecto de mis hijos".

Para poder sobrevivir en su nuevo país, Adriana recolecta conchas en los manglares de la zona. "El día que más saco "conchando" consigo cinco dólares. Me da para comer, pero para nada más, ni siquiera para vestirme", reconoce, mientras muestra una herida en el pie por una picadura de mantarraya.

El poco dinero que gana se va rápido. Cada varios meses debe viajar tres horas y media en autobús hasta la capital provincial de Esmeraldas para poner en regla sus papeles. El pago de los viajes consume buena parte de los ingresos de Adriana. Pero sigue peleando.

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Adriana sale de Colombia hacia Ecuador.
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3. Ibrahim: De Nigeria a Camerún

Motivo: Boko Haram

Al pequeño Ibrahim lo enterraron vivo. Aunque intentaba huir con su familia, no había escapatoria para todos. Su padre se cansó demasiado cuando salieron corriendo y al atraparle, Boko Haram le degolló. El niño de diez años lo vio todo y empezó a llorar sobre el cuerpo sin vida de su padre, cuando uno de los terroristas aprovechó para sacar su machete y le golpeó en la cabeza.

La cicatriz de su cráneo habla por si sola. "Después de que me hicieran un corte en la cabeza me desmayé. No podía moverme, me arrastré hasta llegar debajo de un árbol, pero volvieron de nuevo. Me levantaron y pensaron que estaba muerto. Cavaron un hoyo y me tiraron dentro, cubriéndome de arena", recuerda el niño.

Dos días después, su abuela y su hermana Larama volvieron a la frontera para buscarle a él y a su padre. Encontraron a Ibrahim casi sin querer, y casi sin vida. Larama sacó todas sus fuerzas para desenterrarle y "llevarle a casa". A la que a partir de ahora sería su casa, en Camerún, pasada la frontera del horror instaurado por el grupo terrorista.

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Ibrahim huyó de la violencia en Nigeria.
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4. Russom: De Eritrea a Israel

Motivo: Persecución por no alistarse al ejército

En 2009, Russom empezó el viaje de su vida. A pie. Cruzó la frontera que separa su país, Eritrea, de Etiopía. Allí pagó 200 dólares para cruzar a Sudán, desde donde se fue a Egipto. Huía de una dictadura que le obligaba a ser soldado para formar parte del que representa hoy el mayor ejército por población en el mundo, después del de Corea del Norte. El país considera desertores a quienes escapan: si vuelven, se enfrentan a penas de prisión de por vida o, incluso, a la muerte.

Cuando pasó por el Sinai lo secuestraron y lo internaron en uno de los campos de torturas de la región. Pedían 20 mil dólares para liberarlo. Un amigo le dio a Russom el número de Meron Estefanos: desde Estocolmo, Meron, eritrea nacionalizada sueca, conduce un programa de radio al que llaman en directo aquellos que están siendo torturados. Porque él no es el único que sufre la misma suerte en este trayecto.

Meron les ayuda a recaudar los fondos para su liberación: 4.000 dólares del rescate de Russom vinieron de su programa de radio. Los 16.000 dólares restantes provenían de su familia, que vendió todo que tenía y se endeudó de por vida para poder liberarlo. Russom llegó a Israel en 2011, dos años después de salir de Eritrea. Pasó un año sin poder trabajar por las secuelas de la tortura.

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Russom huyó de Eritrea a Israel.
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5. Rebecca: De Unity a Tonj East

Motivo: Guerra sursudanesa

Parece que Rebecca se siente mal por sonreír. Hace unos meses tomó una decisión que ahora le atormenta. Huyó de su pueblo, situado en el estado de Unity, una de las zonas más afectadas por la guerra y el hambre en Sudán del Sur. La carretera era más peligrosa que su hogar, asegura. No quería arriesgar la vida de cuatro de sus hijos y los dejó allí. Partió hacia Juba, donde vivían sus otros tres niños. Quería comprobar que el trayecto era seguro.

La situación de la carretera nunca mejoró y el conflicto en el estado donde continúan tres de sus hijos empeoró. "Me siento desgraciada porque mis hijos siguen allí. Los combates continuos son peligrosos. Sigo buscando a alguien que se haga cargo de ellos en Unity", reconoce mientras mueve los ojos de un lado a otro en un intento de evitar las lágrimas.

Rebecca frunce el ceño. "Echo de menos vivir en paz, la felicidad. Me gustaría que volviera todo eso", afirma con una frase escueta, fría, brusca. No quiere seguir hablando, se le nota, pero decide añadir algo más. Y con ese algo más, sonríe. "Lo que me hace feliz es hablar con mis hijos cuando vuelven del colegio y hablamos sobre los deberes que tienen. Eso me hace feliz".

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Rebecca migró y aún sufre por sus hijos.


 




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