MUNDO

Boliviano cuenta cómo vivió el feroz terremoto de México


Hugo José Suárez relata lo que pasó el martes después del mediodía, cuando la tierra tembló. Tras la sorpresa y el miedo, apareció la solidaridad y el aprendizaje de los mexicanos


25/09/2017

El martes 19 de septiembre a las 13:14 sucedió un temblor en México de magnitud 7,1 grados con epicentro en el estado de Morelos, al sur de la Ciudad de México. El día en que se recordaban los 32 años del terremoto de 1985, a un par de horas del simulacro organizado para tal ocasión, la tierra se sacudió nuevamente con un saldo de más de 200 fallecidos y decenas de edificios y viviendas devastadas. Esta crónica visual refleja parte de vivido.

1. La sorpresa. Llego a mi casa luego del susto. El tráfico estaba intenso, y todos asustados. En la puerta de mi edificio la gente se congrega, pocos quieren volver a sus hogares. Las paredes que otrora daban seguridad, hoy son un riesgo. Subo a mi departamento y me encuentro con el eco del terremoto. Son cosas leves: cajones abiertos, botellas caídas, adornos perdidos. La pared de mis fotos favoritas está desencajada, ninguna simetría resiste el temblor.

2. Rastros de la destrucción. Salgo a caminar por Coyoacán, mi barrio adoptivo, desde donde escribo, aprendo, platico, enseño, leo. 

Llego a la iglesia principal, entre las ramas, alcanzo a ver la silueta de la cúpula del templo, hay un espacio vacío. Me doy la vuelta, frente al atrio veo las piedras tiradas de aquello que fue una pequeña torre que sostenía la cruz. Ya no está en lo alto.

3. Angustia. Voy a dormir con mucha angustia, no sé si habrá réplicas, no sé cuánto aguantará mi edificio. 
Al día siguiente salgo con mi familia a uno de los lugares que más han sido afectados, donde se desplomó un edificio multifamiliar. Veo rostros de los rescatistas anónimos. 

Uno está en bicicleta llevando agua y víveres, otro va en moto con palas y chalecos color naranja, uno más va caminando, con una mochila en las espaldas, cargando esperanza

4. Solidaridad. Un sentimiento nos une a todos, solidaridad, ganas de ayudar y una sola pregunta: ¿qué puedo hacer? Un niño sale con una pequeña canasta con “tortas” y un cartel informando que las regala. Alguien cuela un cartel improvisado para atender mascotas. Una mujer, que sin duda se levantó con el impulso de hacer algo, cocina unas enchiladas en la olla más grande que tiene en casa. Sale a la calle, se instala en una esquina y reparte platos a cualquier transeúnte.

5. Aprendizaje. Aprendimos muchas cosas con este terremoto. El puño en alto significa silencio para que los rescatistas puedan escuchar algún susurro de vida entre los escombros que todavía pueblan la ciudad. 
Hoy los brazos en alto 
también quieren decir esperanza, resistencia, solidaridad, ternura, frente a un desastre que afecta a todos sin distinción. Significan que solo juntos podemos enfrentar la desgracia.

6. Sin mudanza. Me quedo con esta última toma. Es un departamento a unas cuadras de mi casa, un quinto piso. El edifico fue evacuado. 

Imagino que los dueños solo pudieron subir una vez más, custodiados por un profesional, para sacar lo más importante. No hubo condiciones para una mudanza. Se quedan los sillones, el cuadro chueco, las plantas que nadie regará más, las cortinas que enfrentarán la lluvia y el viento. 

Un amigo cercano que también tuvo que evacuar comentaba que, entre otras cosas, el terremoto enseña a desprenderse de los objetos cotidianos y queridos. Ahí está el departamento que albergó tantas historias y que ahora solo espera ser demolido. Una pequeña bandera mexicana cuelga de la ventana.



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