REVISTA EXTRA

Una familia entre fogones


Apasionados por la cocina Carlos Suárez contagió el amor por la gastronomía a su esposa y a sus hijos

Carlos Suárez soñaba con ser arquitecto, pero la vida le tenía deparado otro destino y terminó convirtiéndose en chef; sus hijos le siguen los pasos

23/04/2017

Desde pequeño Carlos Eduardo Suárez Bello, que el 21 de enero pasado cumplió 60 años, sentía inclinación por la cocina. Disfrutaba ver a su madre, Mery Bello, preparar las delicias que a él le encantaban, aunque jamás imaginó que terminaría siendo chef, pero la cocina lo persiguió y lo atrapó. En esa época pensar en convertirse en cocinero era lo último a lo que un joven podía aspirar, por lo que su romance con los fogones comenzó de una forma totalmente accidental. 

Su sueño era formarse como arquitecto. Por eso a mediados de la década de los 70, luego de salir bachiller, armó valijas y se fue a Brasilia a estudiar Arquitectura; dos años y medio después cambió su destino. Toda su familia se mudó a Houston y él también se fue. Debido a los trámites burocráticos, demoraron más de dos años en llegar sus notas y traducciones. Cuando las presentó, no le quisieron reconocer más que cinco horas de crédito de las 80 que tenía en Brasil. 
Apenas llegó a Estados Unidos, Carlos tuvo que empezar a ganarse la vida. Su primer trabajo fue en un restaurante italiano como ayudante de garzón. Saber hablar inglés y portugués, y entender el italiano le abrió muchas puertas.

Cinco años trabajó con italianos y después estuvo en el Brennan’s, un famoso restaurante que era frecuentado por gente de la NASA, ganaderos, petroleros y estrellas de cine. Llegó a ser jefe de estación (piso) y allí comenzó cocinando en las mesas, frente a los clientes. Hizo talleres de servicios y cursos de capacitación, y se especializó en alta cocina y vinos.

“En esa época me hice muy amigo de Ciro Cuomo, chef del Vaticano en la época del papa Juan XXIII. Anotaba sus recetas y las replicaba en mi casa. Con él aprendí la alta cocina italiana. De ahí pasé a trabajar en The Remington Hotel & Suites, donde gracias a mis habilidades me capacitaron en su propia escuela, donde hice un taller de alimentos y bebidas”, recuerda Carlos.

Con su pasión por la cocina y todos esos conocimientos adquiridos, sus hermanos, Lorgio y Jorge Suárez, le propusieron abrir su propio restaurante en Santa Cruz, y después de analizar todos los pros y los contras decidió volver a Bolivia y en una parte de la vieja casona de adobe y bejuco que era de su padre, Lorgio Suárez, instalaron el local, que finalmente terminó comprando.
Al poco tiempo tenía deseo de volverse a Estados Unidos porque no había los productos especiales para sus recetas, y tampoco había una variedad de vinos, pero su esposa, Sonia Villarroel, con quien lleva 30 años de casado, lo frenó. De eso pasaron casi 30 años. En agosto próximo, Michelangelo celebrará sus tres décadas. 

“Nos costó mucho llegar hasta donde estamos. Cinco años remamos junto con mis hermanos, luego me quedé solo con Michelangelo. Tuvimos que hacer malabares para convertirnos en el primer restaurante de alta cocina, pero lo logramos y ese fue el despertar gastronómico de Santa Cruz”, asegura Carlos, mientras pasa por su melena adornada ya por muchos hilos de plata un cepillo que no deja ni a sol ni a sombra, al igual que su perfume, ya que es un hombre al que le gusta oler siempre bien.

La familia ya cuenta con un nuevo emprendimiento, Angelino Pasta y Vino, una nueva propuesta gastronómica, que en diciembre pasado celebró su primer aniversario, que la llevan adelante junto al hermano menor de Carlos, Marcelo Suárez, y que, al igual que Michelangelo, ha sido catalogado como uno de los mejores restaurantes de comida italiana de Bolivia.

Una cava de más de 180 vinos. La bodega de vinos de Michelangelo es uno de sus mayores orgullos. Tiene desde las bebidas más refinadas y caras, hasta las más asequibles, en un rango de Bs 100 a Bs 3500. Carlos cuenta además con una colección privada con vinos que no tienen precio. También reúne descorchadores.

Es feliz entre las ollas
Carlos se transforma cuando está entre el fuego, las ollas y las sartenes. Le encanta crear. Entra a la cocina, suda la gota gorda, pero ahí es feliz. Dirige, da indicaciones a los cocineros, mete la mano, le pone su sazón, prueba y al fin queda satisfecho.  

En la cocina pasan muchas cosas. Se tejen muchas historias, dice. Ahí Carlos pone toda su creatividad en marcha para desarrollar una obra de arte que va a ser comida inmediatamente. Para él todo debe estar perfecto y en su punto. Es que comer es el primer y último placer del ser humano en el que participan todos los sentidos, por eso le pone especial atención no solo al sabor, sino también a su presentación.

Sonia recuerda que desde que lo conoció, le impresionó el amor que Carlos tenía por la cocina. La primera vez que lo vio cocinar, él partió la cebolla y la besó. Luego quiso besarla a ella y no se dejó. “Pero le brinqué a la trompa y no pudo resistirse más. Cayó rendida a mis encantos culinarios y a mi belleza”, afirma Carlos entre risas, mientras mira su foto de adolescente y dice que Justin Bieber es un ‘piojo tuerto a su lado’, cuando estaba joven.

Ese gran amor a la cocina se lo transmitió a su esposa, que es la creadora y proveedora de las pastas Sonix Cooking (prepara los sorrentinos y ravioles), y a sus hijos, Mario (29), Alan (26), Matías (24), Carlos (19) y Marco (18). Sus cinco herederos crecieron entre los fogones y escuchando al ‘Father’, como lo llaman de cariño, hablar de nuevas recetas, de ingredientes y de diferentes sabores. 

“Dios le dio el don de la sazón y, además, es un buen catador de vinos y de las comidas. Sabe lo que tiene y sabe hacer lo que le gusta a la gente. Se adaptó al paladar cruceño. Con Matías y Carlos comparte sus secretos y las recetas. Mario, Alan y Marco degustan, critican o dan su visto bueno,
Opinamos todos y nos ponemos en el lugar del cliente”, dice Sonia.

Si bien Mario estudió Marketing y Publicidad, también hizo un taller sobre Gastronomía en Estados Unidos, mientras que Matías es licenciado en Administración de Restaurantes y Cocinero Profesional, y prácticamente es quien está a cargo de las cocinas de los dos restaurantes.  Carlos, que ya ha creado varias recetas, le está siguiendo los pasos a su hermano y en breve se marchará a Buenos Aires a formarse en esa misma carrera. 

Alan, que estudia Diseño Gráfico en Cochabamba, es el creador de las páginas de Michelangelo y Angelino, se encarga de los logos, de la carta del nuevo restaurante, está a cargo de las redes sociales y, junto con Mario, ha creado algunos videos de promoción; mientras que Marco, una vez termine el colegio, se irá a Buenos Aires a seguir con la carrera de Dirección de Cine.

Matías es quien le ha inyectado savia nueva a las ideas y a las recetas de su padre. “Va por muy buen camino. Son mis hijos, en el caso de Michelangelo, y con mi hermano Marcelo, en el de Angelino, los que ahora ya están remando para sacar adelante los dos restaurantes. Yo superviso y los asesoro. Ahora los estoy dejando trabajar a ellos porque son más dueños”, manifiesta el Father.

Tal es el éxito que han alcanzado que están analizando algunas propuestas para abrir franquicias en otros departamentos. “Estamos trabajando para que Michelangelo y Angelino puedan abrirse al mundo”, indica Mario. 

Se turnan para supervisar los dos negocios familiares. Mario y Matías Suárez Villarroel son los que ahora están más pendientes del buen funcionamiento tanto de Michelangelo como de Angelino Pasta y Vino.

Romance con el vino
Carlos no solo es chef. También es enófilo (conocedor, fanático y amante del vino) y sommelier (experto en vinos que sugiere a la clientela de los grandes restaurantes el vino apropiado para la ocasión). Hace 22 años que comenzó su pasión por esta bebida, tanto que creó su propia bodega y ya tiene el suyo propio, que se llama Carlos Michel.

“Aprendí mucho de vinos. No solo los tomaba, sino que también los coleccionaba. Llegué a un punto tal en el que saqué toda mi ropa de mi clóset y metí allí todos las botellas de las marcas más exclusivas. No invertía en marcas de ropa ni en deportes. Solo me interesaban los buenos vinos”, recuerda.  
Ha ido como invitado especial a los grandes viñedos de Chile y de Argentina a conocer el proceso y la producción de los vinos. Su foto y su nombre como catador están en el Diccionario Enciclopédico Universal del Vino y, además, es el embajador de Don Melchor en Bolivia. 

Una etapa difícil
No siempre la vida de Carlos estuvo rodeada de éxito. Su época de juventud estuvo marcada por el desenfreno. Cuando vivió en Houston andaba de concierto en concierto y de rock and roll en rock and roll. Lo malo es que todo esto venía acompañado con alcohol y drogas. 

“Era tan plaga que me botaron de La Salle y del Marista y me mandaron exiliado a un internado de Roboré. Fui la oveja negra de la familia. Llegué a la meca del libertinaje (Houston), y como ganaba buena plata y no tenía ninguna responsabilidad más que conmigo mismo, gastaba en conciertos y vinos. Si bien volver a Santa Cruz fue una bendición, al mismo tiempo fue mi perdición porque me dediqué a la farra. No llevaba una vida muy sana. Fue una etapa difícil que gracias a Dios y a mi amigo Wálter Arce (+) pude superar, luego de convertirme al cristianismo. Mucho tiempo corté con el vino porque tenía que rehabilitarme”, rememora. 

Época dorada

Su oficina está llena de cuadros y de reconocimientos. Recibió los premios de la Asociación Gastronómica de América Latina y España (1990) y The Bizz Awards 2008, entregado por el World Leader Business Person, además de muchos otros galardones.

Fotos con grandes personalidades que visitaron Michelangelo adornan sus paredes, como el Hermano Pablo y su esposa, Linda, varios cantantes y actores famosos y los presidentes de Bolivia, desde Jaime Paz hasta antes de Evo Morales, pues el actual jefe de Estado no los ha visitado aún.
“Volver a Bolivia fue la mejor decisión que tomé. Agradezco a mis hermanos, porque fue su idea. Yo solo la desarrollé y puse en práctica mis conocimientos y mi trabajo. Sin el apoyo de mi familia este sueño no hubiese sido posible. Sé que la pasión que les transmití a mis hijos por la cocina y enseñarles a poner amor a todo lo que hacen, van a dar más y mejores frutos porque ese es el mejor secreto”, concluye, mientras prepara una bisteca a la pimienta.

Doña Sonia y sus seis varones. Marco, Mario, Matías, Sonia, Carlos (padre), Carlos (hijo) y Alan siempre tratan de disfrutar y de pasar momentos juntos, a pesar del trabajo que demanda la atención de ambos restaurantes.


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