REVISTA EXTRA

Padre Piotr, musicólogo Nawrot


Dos tragedias cambiaron la vida del director artístico del festival de música barroca 

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15/04/2018

Tuvo que aprender a relajarse para dejar de sangrar. Una serie de úlceras en el estómago lo llevaron hasta el quirófano cuando estudiaba en Estados Unidos. Le dijeron que era estrés no manifestado. ¿Por qué podría estresarse un calmado cura polaco que parece vivir no a ritmo de rock, sino del beatífico barroco? No lo enfermó haberse convertido en uno de los pilares para que el Festival de Música Barroca se convierta en una atracción mundial desde hace más de dos décadas. No lo enfermó realizar hasta cuarenta vuelos al año para coordinar la llegada de grupos de élite de música antigua, como Musica Alchemica o Alia Mvsica. Quizá la explicación esté en dos tragedias que cambiaron dos veces el rumbo de su vida. 

Piotr Nawrot y el Festival de Música Barroca se miden con la misma vara; por eso se debe comprender que, antes de ser musicólogo, es cura. Antes de ser cura era un niño despreocupado, integrante del Coro de Niños de Poznan, su ciudad natal. Creció entre el barullo de sus ocho hermanos y la serenidad de su madre, que escuchaba música mientras hilvanaba y costuraba la ropa que iban a heredar los menores; creció viendo a su padre entregado al cálculo y las matemáticas, único momento en que usaba el idioma alemán. Creció practicando piano y clarinete con una de sus hermanas mayores. 

Aunque a los diez años fue monaguillo, la vocación religiosa no asomaba por ningún lado. Su jornada, entre el colegio, los deportes y la música, empezaba a las 7:15 y terminaba a las 19:00. Sin embargo, tuvo tiempo para salir a bailar, flirtear con chicas y enamorarse. El compositor Jacek Sykulski, autor de la Missa 1956, que revive las revueltas de Poznan en ese año contra las injusticias y la injerencia de la Unión Soviética en Polonia, fue su compañero en el coro. Cuando esas revueltas y muertes se produjeron, Piotr tenía un año de edad y Jacek estaba a punto de nacer. “Es una persona cálida, con la mente estricta de un académico. Me gusta verlo sonreír y entusiasmarse con la música y la gente”.

3. Patituras. Usa dos pantallas para ver mejor los detalles y trabajar en la transcripción 

El primer golpe
La sonrisa de los Nawrot quedó helada cuando el menor de los hijos, Severino, murió a los 19 años. Ese manotazo duro causó una crisis espiritual y empujó al veinteañero Piotr a los Misioneros del Verbo Divino. La característica de esa orden es la integración y la multiculturalidad. 
Después, el progreso académico fue llegando: terminó de estudiar Teología y Sociología en Polonia y, cuando se ordenó sacerdote, confiaba en que lo envíen a Japón o China, pero Roma lo envió a Paraguay, donde hubo misiones jesuíticas. 

La música litúrgica era ya uno de sus intereses principales. La estudió en universidades de Estados Unidos y obtuvo su doctorado con una tesis sobre la música de vísperas en las reducciones jesuíticas. En Estados Unidos empezó el sangrado en el estómago. Es posible que lo que Jacek, su compañero de coro, admira en Piotr, lo haya enfermado: “Es muy disciplinado, concentrado en su objetivo y jamás renuncia”. Jamás se lo ve enojado, aunque en su interior estalle un Vesubio. 

No se nota, pero tras sus ademanes elegantes y su voz suave resuena una desesperación silenciosa. Con esas palabras (desesperación silenciosa) se describió a sí mismo Roger Waters, el líder de Pink Floyd. Es una de las bandas que el musicólogo suele escuchar para relajarse. 

El Archivo

Un personaje central en su vida académica fue Robert Stevenson, el director de su tesis doctoral. Cuando Piotr Nawrot estaba aún indeciso, Stevenson le dijo: “Eres misionero. Eres cura. Hablas las lenguas. Conoces la relación entre lo sacro, la música y la literatura. Especialízate en la música de las misiones”. Así se hizo la primera tesis doctoral en el mundo, con los manuscritos originales a la vista. Ya en los años ochenta, musicólogos argentinos presentaron un informe sobre el Archivo de Chiquitos, pero volvieron a sus sitios de trabajo. Fueron importantes aves de paso. 

Antes de acercarse a los papeles de Chiquitos, habló con el célebre jesuita, arquitecto y restaurador de las misiones, Hans Roth. Se hicieron muy amigos. Roth llegó a decirle que confiaba en él y en su capacidad para estudiar ese inmenso repositorio musical, que guarda la música de las misiones de San Rafael y Santa Ana.

Antes de tocar un solo manuscrito del Archivo de Mojos, se reunió con el cabildo. Por un tiempo prolongado, cinco integrantes del cabildo le hicieron preguntas acerca de su procedencia, de sus estudios y de su fe. Don Marcial fue quien le franqueó la entrada al archivo. Era 1991. 
Ya no recuerda si al tocar los manuscritos reía o lloraba, pero supo que se trataba de una misión para toda la vida. Así lo sintió también Hans Roth, cuyo trabajo de restauración de los templos fue importante para que la Unesco declarara a las Misiones Jesuíticas, en 1990, Patrimonio Cultural de la Humanidad. Las coincidencias que llevaron al comienzo del festival estaban comenzando. Nawrot empezó a estudiar la música de Chiquitos y de Mojos para su tesis doctoral, que defendió en 1993 en la Universidad Católica de Estados Unidos. 

Con su tesis doctoral y sus conocimientos, podía volver a Polonia, a ejercer la cátedra; o a Estados Unidos, donde no tendría que preocuparse por asuntos económicos. Pero insistió en quedarse en Bolivia y se estableció en La Paz, en 1994. Ocupó la enorme casa de los Misioneros del Verbo Divino. En el camino, hizo ocho programas musicales que se presentaron con Coral Nova, el grupo dirigido por Ramiro Soriano. La música de los archivos se estaba difundiendo. Fue feliz. Como siempre, no duró mucho.  


5. Investigadora. Ana Luisa Arce, en San Ignacio, con el maestro de capilla, hablando acerca de los copistas

6. Sacerdotes. De Nueva Zelanda, Indonesia y Cochabamba. Todos son misioneros del Verbo Divino

7. Padres. La música viene de la mamá, el método del papá. Eran nueve hermanos
 

El segundo golpe
El frío de La Paz se ajusta a su cuerpo, habituado a los 17 grados bajo cero de su natal Poznan. Ha descubierto el sabor del chuño. Ha acomodado su biblioteca, con los estudios completos del historiador jesuita Guillermo Furlong. Sus estantes están poblados con sus autores favoritos en historia, filosofía y teología. En El Alto, un habilidoso carpintero le fabricó hermosos muebles. Instaló sus fotos queridas y puso en un lugar seguro las fotocopias de los archivos de Lima, de Buenos Aires, de Roma y de Suiza, donde estuvo trabajando. 

Los discos: reunió unos 1.500, la mayoría de música antigua. También instaló una capillita con seis vitrales. Durante 18 años disfrutó de ese espacio, hasta que un día de 2009, lentamente, la enorme casa comenzó a caer. 

Los deslizamientos de tierra son frecuentes en La Paz. El desvío de afluentes, la apertura de calles y edificaciones debilitan su inestable terreno. El gran movimiento de tierra resquebrajó la casa. Algunas puertas, por el desnivel, ya no se podían cerrar. “¿Qué salvo primero?¿Mi biblioteca o la capilla?”, se preguntó. 

El derrumbe duró horas. Las fotos queridas, las colecciones de historia, decenas de discos y reconocimientos recibidos en los pueblos quedaron sepultados para siempre. Solo quedó el terreno de una casa que recibía a varios misioneros. “Lo más doloroso fue perder una parte mía”, comenta. Su inversión en afecto, en pensamientos, en amistades, se tambalearon. Para un hombre que se organiza al minuto, un derrumbe literalmente destroza sus estructuras. 

Tras el derrumbe, Piotr Nawrot consideró tres opciones: vivir en El Alto, vivir en Laja o vivir en Santa Cruz. Salir de La Paz fue como ir de Polonia a América, o salir de América para ir a Estados Unidos, o como volver de Estados Unidos a Bolivia.  

Piotr, piedra eres

Cuando se desplomó la casa de Nawrot, el Festival de Música Barroca estaba ya bien construido. Hans Roth resguardó la música que los chiquitanos y mojeños guardaron durante siglos. Más de 5.000 hojas con música nutrían el repertorio de los festivales, que atraían a músicos y expertos de todo el mundo. 

Nació, con el empuje de varias personas, la Asociación Pro Arte y Cultura, que impulsó al festival. Nawrot estuvo involucrado desde el principio con APAC, que lo nombró su director artístico. En este cargo se desempeña desde el primer festival, que empezó en 1996, con 14 grupos y un público estimado de 12.000 personas. Doce años después, el festival llegó a reunir 600 músicos  y atrajo a  75.000 personas. 

Con Piotr, las partituras están al alcance de muchos, no solo de “los amigotes de los que antes de él vinieron a investigar el archivo”, recuerda el gestor Marcelo Araúz, otro de los puntales del festival. 

Poco a poco, Piotr Nawrot se fue reconstruyendo. Se puede jugar con su nombre, que significa Pedro, que es piedra, y con su apellido, que significa ‘el que se convirtió’. Puso la piedra fundamental  de una casa en un lote en la zona del Plan 3.000 y reconstruyó su biblioteca. Ahí guarda los más de 40 volúmenes de sus investigaciones y transcripciones, publicadas con el sello de APAC, que llegó a crear un fondo editorial para difundir la música guardada en las misiones. 

El impulso colectivo de APAC, que ya hizo historia en el continente, creó conjuntos en varios pueblos, con Urubichá como semilla. Nawrot sigue transcribiendo música y ha reconstruido su capilla. Un Cristo y una Virgen María del escultor Juan Bustillos son una callada presencia en ese espacio de recogimiento espiritual, iluminado por las reverberaciones de dos vitrales. Ahí se lo encuentra todos los días a las 6:00, solo o con sus feligreses. Su gata, Susha, lo acompaña cuando toca una polonesa de Chopin. 

En la casa viven también un sacerdote de Nueva Zelanda, otro de Indonesia y uno llegado del interior. Se reúnen siempre a la hora del almuerzo, en una mesa con un bíblico número de sillas: 12. Todos ofrecen servicios religiosos. Piotr Nawrot celebra misa en las parroquias San Juan
Diego y en Ángeles Custodios, cada domingo, aunque no es párroco ni vicario. 

El multicultural grupo de sacerdotes conversa en los sencillos sillones y hamacas de las amplias galerías de la casa, que rodean un jardín bien cuidado. Entre los escasos momentos dedicados a escuchar jazz (el clarinete de Benny Goodman lleva a Piotr, de tanto en tanto, a su infancia) y una que otra película (se quedó en los 90, con  Conduciendo a Miss Daisy), y ningún partido de fútbol porque no le gusta, el cura musicólogo avanza hacia un momento que nadie cree posible: la jubilación. 

Marcelo Araúz no cree posible que Nawrot se jubile. “Él consigue auspicios, vende los proyectos a las embajadas. No solamente es un investigador, sino un ejecutivo, un hombre que soluciona cosas y consigue financiamientos. Además, no es un investigador solitario, sino activo”. 

Por supuesto, el festival seguirá, con mucho Nawrot como ahora, con menos Nawrot como dentro de unos años, y con otros que estén capacitados para tomar la posta. En cambio, Cecilia Kenning, otra de las figuras de APAC e impulsora del fondo editorial, comprende que después de más de 25 años con el festival, puede haber en él cierto cansancio. “El festival alcanzó calidad y reconocimiento gracias al apoyo de la parte científica, al análisis y a la difusión de la música. Ninguno de los demás éramos músicos, así que no podíamos hacer un trabajo como el que él hizo. Fuimos gestores, administradores y hasta barrenderos, pero no investigadores”. 

Cecilia Kenning dice que no hay en Bolivia una persona de la talla del padre Nawrot para que se haga cargo de la dirección artística del festival. La solución consiste en buscar otro investigador, con mucho conocimiento de la historia, de los archivos nacionales y de los latinoamericanos. Sentencia: “No creo que el sucesor sea local”.

 Coro. Le basta pararse al lado de estos ángeles chiquitanos de su capilla, con una partitura, para escuchar la música

Veta inesperada

El festival se realiza cada dos años, pero cada versión queda lista un año antes. Las novedades que se van a presentar, los grupos y las sedes quedan planificadas al milímetro. Desde hace tiempo, Piotr Nawrot está emocionado con la música de Pedro Ximénez Abrill Tirado, el mejor compositor de América en su tiempo. Ximénez nació en Arequipa (1784) y murió en Sucre, en 1865. Vivió 23 años en la capital boliviana.

Sus composiciones estuvieron a punto de perderse, hasta que un particular las puso a la venta y fueron compradas por el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia, que está en Sucre. 

La música sinfónica de este compositor, según Nawrot, significa para Bolivia un hallazgo similar al de la música barroca de Chiquitos y Mojos.
“Luché mucho para llegar a decirlo. No todos estuvieron de acuerdo, porque quizá el nombre del festival nos limita. Pese a todo, no aconsejo cambiar el nombre del festival”. El nombre completo de este megaevento musical es Festival Internacional de Música Renacentista y Barroca Americana Misiones de Chiquitos. 

Otra veta interesante es la historia de los copistas. Ana Luisa Arce, funcionaria de APAC y discípula de Nawrot, empezó a trabajar con el musicólogo hace 18 años. Estudió música, así que en 2006 recibió de Piotr Nawrot el reto de investigar la fiesta patronal de Santa Ana de Velasco. “Buscá todo sobre la novena, las vísperas y la fiesta”, le dijo. Ana Luisa Arce no encontró información, sino algo más: la respiración antigua y pausada de un patrimonio que pervive en cada persona. Nawrot la involucró en el proyecto de catalogación del Archivo de Mojos y se dieron cuenta de que los manuscritos contenía información acerca de la persona que hizo las copias y en qué momento las hizo. Nawrot le pidió que confeccione un catálogo de copistas. Calculaban que no serían más de 50. Al concluir , Ana Luisa Arce registró ¡a 206 copistas! 
Vio que el oficio pasaba de generación a generación de la misma familia. Padre, hijo y nieto copistas.Identificó a Manuel Jesús Espíritu Mahe Noco como el gran copista de la música de Mojos. Su firma está en 600 copias. “Fue un copista de oficio, porque entre sus copias hay registros para todas las voces y para todos los instrumentos”. El trabajo era tan importante que enseñaban caligrafía a los que iban eternizar la música. 

Por ahora, su ritmo laboral aún es intenso. Su alarma suena a las 4:27. Los fines de semana se permite dormir hasta las 4:29. Con esos dos minutos le basta para sentir que acabó la semana laboral y empiezan los días de labor espiritual. Eso, en el calendario, porque en su interior está orando siempre. Está en oración cuando celebra misa, está en oración cuando conduce su jeep para escuchar a un grupo de un pueblo chiquitano, está en oración cuando concede una entrevista.  

Si no considera a Dios a cada momento, estaría en guerra constante, y eso no es bueno para nadie: menos para su estómago, que debe cuidar con una prescindencia absoluta de sodas y sabores fuertes. Solo agua y, de vez en cuando, un vaso de cerveza o una copa de vino. 
Abandonó la adrenalina que le producía la motocicleta por el goce a largo plazo de la bici. Recorre hasta 40 kilómetros con su grupo, Los Papayos. 

Visita Polonia una vez al año y disfruta del orden durante un par de semanas, pero a la tercera quiere retornar en el primer avión, “aunque sea parado”. Ya no piensa en polaco, sino en castellano. Escribe en español y hace traducir su material al polaco. Se siente boliviano. No lo dice, pero quizá le gustaría que en su despedida se realice una gran puesta en escena: la ópera chiquitana San Francisco Xavier. Se ve, dentro de poco, jubilado y estudiando en los archivos de Roma, de Francia y de Suiza. Y claro, visitando el festival que contribuyó a formar durante 25 años.