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Londres es una ciudad abierta al turismo


Bajo el big ben, una babel de turistas busca ganarle al reloj. Mira la fotogalería de Londres, donde el tiempo parece que se ha detenido 



27/08/2017

Salvo los anuncios en las estaciones del metro y las carteleras de cines, teatros y museos, poco cambia en Londres en el tiempo que un turista tiene para recorrer la ciudad. Tal vez una de esas escasas adiciones a ese paisaje cotidiano es el sencillo memorial instalado en un poste a mitad del puente de Westminster, para recordar a las víctimas mortales del atropellamiento terrorista ocurrido en marzo. No pocos peatones se detienen a leer los mensajes dejados en el lugar por familiares y amigos de los fallecidos mientras alrededor de la escena la city mantiene su ritmo, siempre apurada, siempre en horario. 

Es una tarde cualquiera en el centro de Londres, con un par de horas disponibles para tomar el pulso de sus calles, caminar mucho y dejarse sorprender.

A lo largo del puente sobre el Támesis, que tiene al Big Ben y el Parlamento en la orilla norte y al Ojo de Londres en el sur, cada día miles de visitantes levantan sus brazos para congelar el momento y sus sonrisas en una selfie que probará que estuvieron aquí. En la posfotografía, capturar el momento es cada vez menos mostrar, y cada vez más, mostrarse.

La corriente de turistas con sus smartphones listos es constante. Vienen solos o con amigos, en familias y de toda procedencia. Si se presta atención, puede oirse una decena de idiomas diferentes en pocos minutos. 
Instantes después, las gotas de tiempo de sus selfies los mostrarán en sus redes sociales, concentrados en la actividad turística de conocer, mezclados en una Babel de idiomas, vestimentas y colores de piel que hace a Londres la ciudad cosmopolita que es. No es el primer mundo, es el mundo aquí.

Más allá, a ambos lados sobre el río, en un día soleado, la vista recorre un horizonte silueteado por edificios antiguos y nuevos. Londres se recrea y permanece. Alterna tejados de trescientos años de edad con arquitectura de vidrio, y son decenas las grúas de construcción en pie, señal de que nuevos rascacielos seguirán modificando el panorama. 

En un día lluvioso, y aquí llueve todo el año, los celulares son remplazados por paraguas que se venden a cinco libras a la salida de las estaciones del metro. Las sombrillas durarán lo que dura el aguacero, pero mientras tanto ocupan el lugar de los móviles y forman un techo virtual que se resiste al empuje del viento, y el frenesí callejero continúa. 

Pasos apurados, gente que se detiene unos segundos para mirar el Big Ben, fotografiarse y seguir. Turistas con mochilas, maletas o bolsas de compras. La zona de Westminster es lo que hay que ver y donde hay que mostrarse. No hay tiempo que perder.

En todas direcciones
Detras de la estación de Westminster está la avenida Whitehall que lleva hacia el norte, a la plaza de Trafalgar. A mitad de camino, monumentos y museos recuerdan el esfuerzo bélico de la II Guerra Mundial. La ruta está salpicada por un memorial dedicado a las mujeres en la guerra, el museo que conserva el cuarto en que el primer ministro Winston Churchill comandaba las operaciones, y el número 10 de la calle Downing, la bien resguardada morada del actual jefe del gobierno británico.

El final de Whitehall y detrás de la plaza de Trafalgar, la National Gallery es otra muestra de la necesidad de detener el tiempo. este museo guarda más de 2.000 obras de arte y la visita requiere de al menos media jornada. 
 

Al este de Trafalgar, pasando el Arco del Almirantazgo, la avenida The Mall, que ha visto coronaciones y bodas reales, lleva hasta el palacio de Buckingham. Allí también, miles de turistas intentan conservar el momento en fotografías de los guardias reales, tan impasibles que parecen detenidos en el tiempo.

Vuelve a llover, se acaba el día y el regreso al hotel suma el cansancio de la caminata. La estación de metro más cercana es Victoria, en donde los altavoces anuncian la llegada de los trenes siempre en hora. En eso Londres gana, cumple sus cronogramas al minuto, pero al turista se le acaba el tiempo  



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