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REVISTA EXTRA

La mano del destino


Leo fabricó su propio milagro. La mano impresa en 3d es solo el comienzo de sus planes

Tiene 14 años y va al instituto de robótica en Cochabamba. Diseñó su propia mano gracias a un tutorial en internet

29/01/2017

Por : Gina Justiniano Cuéllar
Fotos Apg / Álbum Personal De Leo

 

Todo niño nace con un científico dentro, porque desde pequeño se pregunta el por qué de las cosas. La curiosidad está presente en altas dosis, pues todo es nuevo y urge descubrirlo. 

Leonardo Viscarra se preguntó muchas veces por qué le faltaba algo elemental para jugar a la par de sus amigos, algo por lo que lo miraban y señalaban. 

Nadie dijo que iba a ser fácil. Desde que a Fabiola Catlla le pusieron en los brazos un pequeño cuerpito de apariencia vulnerable al que le faltaba la mano izquierda y le dijeron síndrome de banda amniótica, todo fue diferente.  

Fue una ruleta rusa, de 1.200 recién nacidos, uno es afectado. Y la suerte dictó que le toque a Leo. A partir de entonces y de a poco, él fue construyendo una versión mejorada de sí mismo que fue soldando y ensamblando cada día. Desde que desarmó un auto de juguete a control remoto y descubrió la vida mecánica que latía dentro de este, nunca más fue el mismo y sus padres se encargaron de alimentar ese nuevo mundo que había descubierto.  

Síndrome de la banda amniótica
El saco amniótico es la bolsa intrauterina donde se desarrolla el feto. Este saco tiene una cubierta externa que se llama corion y una membrana interna llamada amnios. En algunos casos, se rompe el amnios y el corion permanece intacto. Cuando se rompe el amnios, muchas hebras o las bandas de sus tejidos flotan en el líquido amniótico, junto con el feto. Estas bandas pueden enredarse en las extremidades u otras partes del feto, oprimir el flujo sanguíneo a esa parte del cuerpo y provocar deformidades.

El tipo y la severidad de la deformidad depende de la localización de las bandas y la forma del ahogamiento. Las bandas amnióticas pueden atrapar los brazos, las piernas o los dedos. El diagnóstico de esta condición es difícil antes del nacimiento, ya que estas líneas son demasiado pequeñas para ser visibles en una ecografía. Por eso Leo fue una sorpresa. Su joven madre de 19 años, su padre, sus abuelos... todos quedaron perplejos. Pero esa sorpresa que los dejó en shock se convirtió más tarde en muchas otras sorpresas, más bonitas, por todo lo que Leo fue demostrando de lo que era capaz. 

La metamorfosis
Tiene 14 años, está en segundo de secundaria. Su voz está buscando identidad propia y luce como cualquier chico de su edad, salvo por la mano, que ha tenido ya tres transformaciones. Primero fue la prótesis que le regaló el Rotary Club que se parecía mucho a una pinza, como la mano de los legos, que le permitía tomar los cubiertos o dibujar. Después vino una mano semejante a la de un robot que lamentablemente llegó de Estados Unidos con las medidas muy grandes para su pequeña extremidad y que poco o nada pudo aprovechar. Ahora tiene una que le calza a la perfección, es más estética y con ella también puede tomar algunos objetos gracias a un mecanismo de cuerdas que su muñeca activa al moverla para arriba o para abajo (ver explicación del cuadro de la pag. 10). No la usa en casa, donde es perfectamente independiente. Se la calza sobre el muñón para salir a la calle y esta vez las miradas indiscretas no le afectan. Todo lo contrario, se siente muy bien, incluso especial, como si tuviera un superpoder.

Crear su propia mano 
Tenía ocho años y mientras los niños de su edad estaban en la calle jugando y gritando, él se la pasaba encerrado en su cuarto, descuartizando robots, escudriñando con los ojos, una mano y cinco dedos. A esas alturas ya es consciente de que la mano que tanto desea no aparecerá por un acto de magia, es realista y sabe que Papá Noel no se la traerá de regalo como se lo pidió a los cinco años y su madre, por más que lo ame más que a nada en el mundo, no le podrá regalar una mano en una caja. Está decidido a hacerse una él mismo.

Empezó con cosas pequeñas y se puso a prueba. Cuando ya se sintió más seguro colgó un letrero en su condominio ofreciendo sus servicios para arreglar juguetes a control remoto o controles de TV.
Fabiola, que para entonces ya estaba divorciada, miraba embelesada los logros de su hijo que tenía tal precisión para soldar y arreglar pequeñas piezas.    

No ha tenido tiempo ni oportunidad de entrar a la universidad. Trabajaba como asistente administrativa y el resto del tiempo lo consume él, su curioso hijo único. 
Ahora su salud no le permite seguir velando por su bienestar y sus sueños. Eso a veces le forma un nudo en la garganta y le oprime el pecho. Está más sensible que nunca, tuvo que soltar a su Leo que ahora está lejos de su mirada vigilante. Se fue a Cochabamba, donde vive con su papá. Mientras ella pasa sus días en la consulta del médico, haciéndose análisis y tomando remedios, su consuelo es que su hijo está bien cuidado y alimentando su amor por la ciencia y la robótica. 

Al otro lado del teléfono hay silencios por ratos que cortan su relato porque se ha emocionado hasta las lágrimas. “Él quiere  ayudar a las personas, y que no solo se haga la mano con este material impreso en 3D, quiere que haya una impresora de órganos que a partir de células madre pueda salvar vidas. La biomédica le gusta mucho”. 

Fue madre muy joven, pero tuvo la sabiduría de hacerle entender a su hijo que él fue una bendición de Dios, que no le dio una mano, pero le dio inteligencia. “Siempre le he dicho que levante la cabeza ante todas las cosas. Si yo hubiera pensado que Dios no existe, hubiera ocultado la falta de su mano desde el principio. Hay un Dios que tarde o temprano nos muestra pruebas, lo digo por lo que pasé con mi hijo y por lo que actualmente estoy pasando... A todas las mamás les digo que si tienen un hijo con algún impedimento no lo oculten, es peor, se van a hundir más, el niño va a ser introvertido, no va a tener ambiciones y no va a ser alguien en la vida. Saquen lo positivo de lo negativo”. 

 

Asir los objetos ya era posible

Amor por lo viejo y lo nuevo
Gonzalo Viscarra, su padre, tiene un anticuario y pese a que pareciera que esos objetos contrastan con la inclinación de Leo, tienen un lugar entre sus predilecciones. “Las antigüedades me llaman la atención porque creo que gracias al pasado hay futuro”. 
 Leo está listo para ir al Instituto de Robótica Sawers, todas las tardes toma un micro que lo lleva desde el norte hasta el centro. Ahí encontró un lugar que lo distrae y lo motiva. Está entusiasmado con un robot que hicieron con su profe en cuestión de un día, usando material reciclado y que se puede controlar por bluetooth. Ya no brinda sus servicios para arreglar los juguetes de los demás porque está concentrado en sus estudios y las clases de robótica donde considera que hace cosas más complicadas que lo retan y emocionan.

Conserva en el rostro un gesto inocente, como el que suelen tener los niños pequeños. No tiene recuerdos tristes, por lo menos no los cuenta. Su madre dice con orgullo que no fue a un colegio especial y que tampoco necesitó asistencia sicológica permanente. Comentarios crueles, miradas entrometidas no faltaron, pero Leo nunca ocultó la ausencia de la mano.

Curioso e investigador, nunca calmó la sed que tenía por descubrir las cosas, el motor que les daba vida y el por qué de todo. La mano solo fue un motivo para esforzarse más, lograr hacer lo mismo que los otros, e incluso aventajarlos, como sucedió cuando se acercó al Instituto de Robótica Sawers y fue ascendido hasta compartir aula con chicos más grandes. 

Ahora está en el curso de robótica educativa, en el nivel Makers (hacedores), de 17 a 18 años. Inventan, discuten, y en ocasiones hacen una ‘polla’ de cinco pesos y compran soda y pipocas. Es feliz.

Su más reciente proyecto fue este robot hecho de partes recicladas, lo hizo con su profesor del Instituto de Robótica en cuestión de un día. Lo novedoso es que se lo puede controlar mediante señal de Bluetooth.

Espíritu científico
Mohammed Mostajo, que está a punto de concluir un doctorado en Biología Molecular y Celular en la universidad de Harvard, donde también dicta clases, está seguro de algo: “Toda persona nace científica, todo niño se pregunta el por qué de las cosas, es nuestro sistema educativo el que lo mata, acaba con la curiosidad, inhibe a las personas de hacerse preguntas fuera de lo que dice el profesor. La forma en que los colegios toman un examen corta la inspiración porque siempre es repetir lo que dijo el maestro, rara vez te piden tu opinión o que vayás más allá”.

Por eso, cuando se enteró de la existencia de Leo, lo invitó al cierre del segundo encuentro de Clubes de Ciencia y lo instó: “Vamos Leo, el país necesita más chicos como vos”. 

Se dice que la necesidad es la madre del ingenio y esa mano ausente le trajo a Leo muchas otras cosas. Porque a su corta edad se convenció de que la tecnología lo iba a ayudar y no se quedó esperando un milagro. De a poco fue construyendo una versión mejorada de sí mismo que fue soldando y ensamblando cada día y se transformó de recién nacido en desventaja a niño extraordinario. 
Quizá por eso sus profesores del instituto, en el que pasa todas sus tardes de 14:00 a 16:00, lo ayudaron a imprimir aquella mano en 3D que había diseñado siguiendo un tutorial de internet. 

Y tal como lo dijo Leonardo: “Gracias al pasado hay futuro”. Gracias a esa mano bendita que no se llegó a formar en el vientre de su joven madre, se modeló un niño extraordinario que no se parece a los demás  



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