REVISTA EXTRA

Familia de redes sociales


Consenso y reglas. La modernización de los lazos exige algunos cambios


Escuchar el artículo   Publicidad Pausar Lectura

24/03/2019

El padre se infarta cuando ve una foto sexy de la hija. La hija se quiere morir cuando el padre sube sus fotos de niña como Dios la trajo al mundo. El hermano se incomoda con la hermana que publicó imágenes de su cumple al que invitó solo a unos cuantos. Y así, con las anécdotas de las redes sociales, podrían escribirse guiones para varios ‘culebrones’.

Tienen su lado divertido, pero también multiplican el riesgo de malos entendidos, no solo con gente lejana, también con el núcleo familiar, probablemente el más descuidado. Cuando se trata de redes, hay dos requisitos importantes, reglas y acuerdos, para que el hogar no se convierta en campo de batalla.

Facebook, Instagram, etc. obligan a replantearse los lazos desde la realidad de una familia digital, más aún considerando la diversidad de temperamentos en cada casa, desde los más alocados, amigueros y desenfadados hasta los más ariscos.



La tendencia aborda sobre todo las reglas que los padres deben imponer a sus descendientes, pero poco o nada se dice de la dinámica inversa, esa que exige respeto al más pequeño miembro de clan. Cuando de privacidad y libertad se trata, todos cuentan.

“Estamos viviendo en una vidriera, como si participáramos de un show, hay una especie de voyeurismo, todos nos miramos y estamos pendientes de la mirada del otro y de qué es lo que provocamos en las otras personas. Las redes sociales nos ponen en la posición de estar permanentemente exhibidos ante los demás. Todo es efímero, superficial y volátil, somos lo que hacemos y demostramos, no lo que somos”, cuestiona la sicóloga clínica Centa Rek.

“Primeramente, una de las cosas que debemos entender es que las redes sociales conectan a personas de todo el mundo y la verdad es que uno nunca sabe si el que está al otro lado tiene buenas intenciones. Si publicamos, debemos hacerlo con medida, no se puede exponer demasiado a la propia familia, además, debemos preguntarnos quién amerita que compartamos información”, reflexiona la especialista en sicología Katherine Suárez.

 Sexualidad. Hay quienes sugieren, desde sus redes sociales, más de la cuenta sobre temas íntimos

El riesgo no es el mismo



Por ejemplo, si un padre publica una imagen en paños menores de su hijo cuando era un bebé, o postea una conversación con él, podría cruzar la delgada línea del respeto. Lo ideal es, si no hay reglas que contemplen estas figuras, preguntar y llegar a un acuerdo. No se trata de quién es todopoderoso en casa, sino de qué tan importante es lo que siente cada habitante de ese hogar.

La situación se pone más compleja cuando alguno es relativamente famoso o tiene un perfil laboral que lo somete a la lupa del prójimo. Es en esta instancia cuando los esfuerzos por proteger la privacidad deben redoblarse. No hay que caer en paranoia, pero tampoco olvidar que la fama no es precisamente el objeto de deseo de todo el clan.

Consenso y reglas

De por sí, la intromisión de ‘uno u otro bando familiar’ en las redes sociales del otro implicará un conflicto, por eso la importancia de ir allanando el terreno. Quien sabe que hay reglas previas, por muy rebelde, se resignará a las consecuencias en caso de infringirlas.

Carlota Iglesias, psicóloga y terapeuta familiar, sugiere una lista de ‘leyes del hogar’ en materia de redes. “Mi teléfono es mío y yo te lo presto. Yo siempre conoceré la contraseña. Si suena, cógelo, es un teléfono, sobre todo si llaman mamá o papá. El teléfono se apaga a las 21:00 y lo encendemos a las 07:00. No irás al colegio con él, excepto los días especiales que acordemos. Si el teléfono se da un golpe contra el suelo, eres responsable de los costos. No utilices la tecnología para mentir.



No envíes mensajes, correo electrónico ni digas nada por teléfono que no dirías en persona. Nada de porno o de otro contenido inapropiado. Si te metes en un lío, te quitaremos el teléfono, nos sentaremos, hablaremos de ello y volveremos a empezar”, sugiere. Sin embargo, Centa Rek difiere sobre la contraseña: “Si los padres tienen la contraseña no resuelven nada, solo actúan como policías de su hijo y lo están controlando, pero los chicos tienen otras redes para comunicarse, que les permiten hacer cosas dentro de un marco de anonimato, de privacidad difícil de seguir por los padres. Se trata más del contacto, de la relación de padre e hijo permanente, de la capacidad de hablar los temas, y eso depende de cómo los han educado, si los han dejado muy sueltos, como creyendo que todo está permitido.

Es un tema de educación que arranca desde la infancia y los padres no se dan cuenta de que el resultado y la explosión llegan recién en la adolescencia”, opina. Además, hay quienes saben que cuando un joven o adolescente se siente atosigado por el control parental recurre a crear perfiles falsos que lo eludan.

Ni la comida se salva. Parece algo inocente, pero algunos publican cada respiración y degustación

Por qué y para qué publicar

Es tal la naturalidad de la cultura digital que las personas publican casi por impulso, por hábito.

Lo ideal sería reflexionar: por qué y para qué postear. En qué me beneficia, o me podría perjudicar, no solo a mí, también a los que considero mis seres queridos.

A veces, quien sube algo a su red podría estar sacrificando, de forma inconsiente e inocente, a alguien de su núcleo familiar, solo en busca de la aprobación de gente lejana y carente de compromisos emocionales. “Se llega a tal punto de necesidad de reconocimiento y de estar presente que es muy fácil pasar los límites, no solo con la imagen sino con los comentarios, incluso se muestran escenas que sugieren intimidad en una pareja, que no deberían ser parte de la esfera pública. Las barreras cada vez se sobrepasan y es inútil decir que esto no tiene un efecto, porque las personas que publican, a los ojos del ciberespacio, de su red de ‘amigos’, pasan a dar un mensaje y a sugerir cosas sobre sí mismas que inevitablemente las van a completar quienes observan, por más que solo se trate de una sugerencia”, explica Rek.

Sobre el uso de imágenes de niños cada cierto tiempo surge el encendido debate de la ‘hipersexualización’ de los menores de parte de colectivos que luchan contra el abuso infantil. La postura podría resultar extrema a los ojos de padres ingenuos que solo ven ternura infantil; sin embargo, los activistas, desde su experiencia, sostienen que los progenitores no tienen idea de los niveles de degeneración de los pedófilos que andan sueltos por la red, y que ellos palpan cada día con el acceso a expedientes judiciales.

“Ya se ha recomendado no exponer a los niños, de alguna manera uno no sabe quiénes están viendo las publicaciones. La pedofilia existe y cada vez a un nivel masivo, los pedófilos usan cualquier oportunidad, las fotos pueden ser mal utilizadas, por muy inocentes que sean”, dice Rek.

“Como padres, nuestra función es preservar la intimidad de los hijos, que podría caer en malas manos. Habría que reflexionar sobre qué vacíos quiero llenar con muchos ‘likes’’, hablarlo con un terapeuta y llegar a la raíz del problema”, aconseja Suárez.

Iglesias dice que el exceso de redes podría tener que ver con crisis de identidad y que el mayor peligro se cierne sobre la adolescencia. Ella cree que a nivel externo hay que preocuparse cuando las relaciones interpersonales son sustituidas por las conversaciones en el teléfono o las ‘reuniones silenciosas’. Ya en la esfera interna, el riesgo radica en la búsqueda de validación con los ‘me gusta’ o los comentarios.

Desde su experiencia en consultas sicológicas, los mayores problemas son familias desbordadas, con hijos que no hacen caso de los límites que se les ponen, que pasan más rato con el móvil que estudiando, generando problemas académicos y broncas en casa. “Normalmente son chicos y chicas que no se quieren a sí mismos, ni confían en ellos porque nadie ha confiado en sus destrezas, y tienen pocas habilidades sociales”. Reconoce que no tiene que ver con falta de límites, sino con ausencia de reglas adecuadas. Para ella, el celular no debería ser un compañero implícito de estos tiempos, “es más importante la edad mental del niño que su edad cronológica y el uso. Por eso el privilegio debe ir con el manual”, sugiere.