REVISTA EXTRA

Eterno Filadelfo: parte de su obra se salvó del fuego


Compositor. Quemó parte de su obra. Lo que sobrevive lo convirtió en inmortal 

Con su esposa, María Soruco. Tuvieron 12 hijos. Hoy sobreviven cinco.
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04/02/2018

Dos hombres. Uno de ellos, Filadelfo Sanabria Burgos, ha decidido quemar sus composiciones. Ocurre a mediados de la década de los 50. Ese arrebato de ira solitaria no le deja ver que son un legado para la cultura boliviana. 

 

El otro hombre, un filósofo, jamás ha conocido al compositor, pero está al borde de las lágrimas. Ocurre este año, más de 50 años después, en un teatro repleto. 


Las piezas que compuso Filadelfo Sanabria son un tesoro para la cultura nacional. El laberinto de pasos que lo llevó a aprender composición empezó en 1890. Ese año, un 24 de septiembre, Vallegrande lo vio nacer. Esos primeros años marcarán para siempre su estilo musical, según lo dicen los conocedores de su obra. 


Tenía 12 años cuando llegó a la somnolienta y alegre Santa Cruz de la Sierra, que tenía apenas 16.000 habitantes. Cuatro años después, se presentó a prestar su servicio militar. Fue destinado al este, a la fronteriza y recién fundada población de Puerto Suárez. Eso le cambió la vida. 
En esa remota población , su habilidad con los instrumentos musicales llamó la atención del director de la banda militar. Todo lo que se sabe es que se trataba de un militar de origen alemán, versado en composición musical. Al ver el talento del soldado Filadelfo, el compositor lo tomó a su cargo. Todo lo que aprendió en Europa fue aprovechado por el conscripto vallegrandino. 


Poco después, Filadelfo fue designado como director de la banda del Ejército. Ocho años estuvo ejerciendo ese cargo, mientras se desempeñaba también como pagador del Ejército. Cada seis meses, recorría los puestos militares en una recua de mulas, escoltado por varios soldados. Jamás sufrió ningún asalto. El único temor que sentían los viajeros nacía de algún improbable encuentro con los habitantes de la selva. 

Pareja. Sus hijos, con una de las últimas fotos tomadas a la pareja Filadelfo-María. 
 

Retorno a Santa Cruz 
En 1920, el joven y ya desmovilizado ex director de banda retorna a Santa Cruz. En la pequeña ciudad las noches aún están pobladas de duendes, viuditas y bultos, que recién empezarán a desaparecer en 1927, con la llegada de la luz eléctrica. 


Filadelfo Sanabria ha adquirido experiencia en composición y ha pasado varias noches llenando pentagramas. En su recorrido bianual de más de 640 kilómetros entre Santa Cruz y Puerto Suárez como pagador ha ido incorporando a su sensibilidad las impresiones del pantanal y sus lagunas, ríos y sabanas. Ha sentido la brisa en el bosque seco chiquitano, el paisaje inverosímil de las montañas recortadas y ha sumado esas impresiones a los sonidos del valle, que lleva prendidos en el alma. Filadelfo, a sus 30 años, es ya un compositor maduro. 

Su numerosa prole, en algún cumpleaños. La familia recuperó parte de su obra. 

¿Con cuál banda?
Dos bandas formó Filadelfo Sanabria. Rápidamente se convirtió en un maestro reconocido. Durante la Guerra del Chaco, que empezó en septiembre de 1932, estuvo a cargo de una banda militar. “La misión de la banda era alentar a las tropas en el tramo entre Santa Cruz y la línea de batalla”, cuenta su hijo, Alfredo Sanabria, en un breve texto biográfico que se publica en el Libro de oro de los intérpretes  de la música cruceña, de Armando Terceros. 


Los compositores más renombrados de los años 30 y 40 eran Filadelfo Sanabria y Mateo Flores. Era un dicho popular preguntar “¿Con la banda de Mateo o con la banda de Sanabria?”, cuando se pensaba en organizar una fiesta (‘armar un buri’, como se sigue diciendo). 


Se podría pensar que ambos directores eran rivales, pero en realidad las tres bandas de Mateo Flores y las dos de Sanabria solían colaborar. Si faltaba un clarinetista en la banda de Mateo, Filadelfo ocupaba su lugar. Para poder realizar este intercambio, ambos directores firmaban un contrato de trabajo y se procedía a tocar en la fiesta o evento de turno. 

Firmadas. Las partituras están escritas con pluma. Tienen su nombre y firma. 

 

Los sonidos del barrio
Antes de la Guerra del Chaco, Filadelfo compró la casa que está en la esquina de las calles Ayacucho y Santa Bárbara. En esa esquina, a la puerta de la casa, se paraba un músico con un bombo para convocar a los integrantes de la orquesta. Al rítmico tam tam respondían los 18 integrantes, con sus instrumentos listos. Pero había un truco. Si el dueño de la fiesta era un indeseable o estaba ebrio, había una pequeña variación en el ritmo del tambor. Esa variación indicaba a los músicos que no debían presentarse. Al final, el indeseable o borrachín se iba, creyendo que los músicos estaban ocupados. 


Sesenta años vivió Filadelfo Sanabria en esa casa. Cada mañana, los hijos escuchaban, ni bien asomaba el sol, con una precisión heredada de la vida de cuartel, la voz del compositor. Se desayunaba una mazamorra con orejón, durazno o membrillo, servida en un plato, o bien un arroz con leche. El café no se consumía mucho en esa época, pero sí el tujuré de maíz que solía llevar con puntualidad vespertina doña Sindulfa, la tujurecera.


No hay una foto que lo muestre en otra de sus costumbres cotidianas: leyendo el periódico a las seis de la mañana-La Crónica, La Razón, Presencia-, instalado en su poltrona. Cualquiera de los hijos debía conseguir un periódico a como dé lugar. 


A veces, la tarde tenía un sabor a piri. Filadelfo le pedía a su esposa que le preparase esa mezcla de queso Y harina tostada de maíz blando. Esta vez, en la casa sonaba el tam tam del tacú de doña María Soruco. El compositor disfrutaba entonces de uno de los sabores de su infancia. 


El resto de las horas con luz se dedicaba al trabajo. Filadelfo Sanabria diseñaba y fabricaba zapatos. Anotaba cuidadosamente las medidas de las hormas de cada cliente, que un tallador hacía en madera. Cuidaba de que el calzado ya terminado pase toda la noche en la horma para que no se deforme el diseño. Sus hijos ayudaban en el taller. Tuvo 12 hijos. Cinco de ellos sobreviven. 


Quizá al observar su obra musical, o un par de calzados perfectamente acabados, repetía, con seriedad socarrona: “No hay vallegrandino burro. Y peor entre los Sanabria”.  La casa estaba rodeada de talentosos. A pocas cuadras vivía Mateo Flores, en la vivienda que luego ocupó el pintor Armando Jordán. Casi al frente vivía el dramaturgo Ramón Clouzet. De tanto en tanto, se encontraba con su hermano de padre, el polígrafo Hernando Sanabria Fernández. 

 

Dos discos. El primero es grandioso y romántico; el segundo se apega a instrumentos típicos. 

Luz y música 
Al final de la tarde, a media mañana o a cualquier hora, la fuerte voz del compositor se oía en la puerta de entrada de la casa. Acostumbraba conversar con cualquier persona, y si le traían noticias de su querido Vallegrande, podía pasar mucho tiempo charlando, disfrutando la música verbal del valle en las palabras de su visitante ocasional. Es fácil suponer que esos encuentros nutrirían luego los temas descriptivos que estaba por componer. 


Al empezar la noche, doña María Soruco Menacho alistaba la indumentaria de don Filadelfo. Calcetines, pantalones de estricta raya, camisa impecable y un terno, que los cruceños de esa época llevaban con frecuencia como si fueran inmunes al calor. 


El toque final era un sombrero, que se luciría en un invariable asiento frente del Club Social. Ahí se encontraba con los amigos y ahí, una noche, conoció al compositor Gilberto Rojas, el autor de Viva Santa Cruz. Hubo varios encuentros en los que hablaban de detalles de composición. 


Al retornar a su casa, relajado por las ocurrencias de los amigos y estimulado por la conversación, empezaba a componer. Esta es otra foto que no se llegó a tomar: Filadelfo Sanabria con su clarinete, en plena labor creativa. Son las 21:30 y, como cada noche, reina un silencio absoluto en la casa. 


El compositor ordena sus recuerdos y, en la alta noche, invoca la imagen de un paisaje, luego un detalle de ese paisaje, y crea la chobena Flor de patujú, que tiene momentos de intensidad sin distanciarse del cadencioso ritmo en 2x4. La frase musical cuenta alguna historia reconcentrada y tiene un final con saludo gracioso. Otra noche de 1932 dedicará su inspiración a un carnaval, Esperanza de amor, esta vez con cierto aire grandioso pero con una flauta que suena como un susurro de la tierra. 


Después de otro paseo por la plaza, quizá influenciado por una charla matutina con algún recién llegado de los valles, compone en 1956 El apasionado, un kaluyo que muestra el fuego contenido del compositor. Cada mogote, cada t’aco, la cadencia de la mujer de falda y sombrero, la concentración del hombre que siembra su maíz y la paz de los niños esperando el piri están en Donde yo nací, un kaluyo que compuso con toda la nostalgia que a sus 65 años acumuló por la tierra a donde jamás volvió. 


En 1937 compone un bailarín-vals llamado Estrellitas. El bailarín es un villancico, que el maestro y director musical Lizandro Canavides considera una creación característica de Filadelfo Sanabria y de los valles. La diferencia entre el bailarín y el villancico está en el acento rítmico: los villancicos son más lentos. 


Un taquirari-chobena, un carnaval-chacarera, un brincao-kaluyo, una marcha, un bolero. La fiebre creativa de Filadelfo Sanabria se vuelca, noche a noche, en los pentagramas. Todo está guardado en un par de voluminosas carpetas. 


Es momento de registrar esa producción. Organiza un viaje a La Paz, el único lugar donde, en esa época, se podía grabar un disco. Empieza el viaje pero las lluvias y el pésimo estado de los caminos interrumpen el viaje y los músicos deben desistir. 

Grupo Yotaú. Se reunieron para grabar el segundo disco. Puede haber un tercero con ritmos llamados ‘bailarín’. 

 

Ese carnaval de los 50
Segundo día de carnaval, algún año de mediados de los 50. Quizá 1954. Filadelfo Sanabria está casi en la puerta de calle, por donde está pasando un grupo de carnavaleros. Una mano invisible: la de alguien con el rostro ebrio y travieso, arroja un cohete en la sala donde estaba el compositor. El estallido del matasuegras le reventó los tímpanos y lo dejó sordo. 


Lo atendió su médico y amigo, Melchor Pinto, que pronto encabezaría las luchas cívicas por el 11% de las regalías petroleras. Con la tecnología de esa época, poco se pudo hacer para mejorar la audición del compositor. Sus estallidos temperamentales se hicieron más frecuentes. Uno de esos momentos fue provocado por algunas personas que insistentemente querían comprarle su obra. Hasta llegaron a proponerle que les venda música a condición de que no figure su nombre, para poder atribuirse la autoría. 


Era inaceptable. En un arranque de furia, tomó las dos carpetas con sus obras y las quemó. 

Casi todos. El homenaje a su obra y a su memoria se realizó el 24 de enero. Presentaron 22 canciones. 

 

Un viaje a Chiquitos 
Entre las obras desaparecidas está Chopochoro, tema premiado por la Alcaldía en 1959. Por entonces se acostumbraba enviar las partituras a La Paz, para que sean calificadas. Es muy probable que, después de evaluarlas, el jurado devolviera las partituras pero que, en el trajín, hubieran quedado entrepapeladas. También están perdidas las partituras que con frecuencia don Filadelfo entregaba al director de banda de la Fuerza Aérea. Los hijos, por entonces pequeños, lo recuerdan solo como ‘el coronel’. 


En 1984, con la muerte del compositor, se acabaron las esperanzas de encontrar música nueva. No quedó rincón de la casa sin escudriñar, pero ninguna partitura apareció. Apesadumbrado, Alfredo, el hijo menor, le comentó el hecho a una de sus hermanas, que vivía en San José de Chiquitos. “Yo vi unas partituras en un mueble de la casa”, comentó ella. 


Ni bien llegó a Santa Cruz, Alfredo fue a buscar en ese mueble y encontró una carpeta. Gracias a esas partituras se han grabado dos discos. El primer volumen de Recordando el ayer se grabó después de un año de trabajo. Fue presentado en 2006. Introducciones, instrumentación y estilo final fueron el aporte del maestro Lizandro Canavides. “Se combinaron sonidos reales con los virtuales del sampler y se recurrió al  barroco y al jazz contemporáneo, pero sin perder el estilo de los valles cruceños”. La viola y el corno francés fueron elegidos por Canavides para darle un carácter romántico y a la vez moderno. 


El segundo volumen de Recordando el ayer fue presentado el mes pasado. Ramón Coimbra, que trabajó durante muchos años realizando arreglos con Los Cambitas y acompañó en presentaciones a Gladys Moreno, dirigió el segundo disco. Considera que Filadelfo Sanabria es un compositor tradicional.  Godofredo Núñez, por ejemplo, tiene piezas alegres como las inolvidables Jumechi o Fiesta de Porongo; son como un cuento que se oye bailando; Rogers Becerra es ‘clásico, lento, citadino’, dice Coimbra; los taquiraris Misterios del corazón y No volveré a querer son como catedrales que primero se admiran y a las que luego se entra bailando, aunque con recogimiento. 


En el estilo de Filadelfo Sanabria palpitan las tardes serenas de Vallegrande y la calma de una ciudad que está a punto de despertar. “Su música tira a los valles. Ahí marca la diferencia con los demás. Está en los taquiraris, en los carnavales, y ni qué decir en los kaluyos”, dice Coimbra. 


En el acto de presentación del segundo disco, en el cine teatro René Moreno, estuvo presente toda la familia. Su bisnieto, Diego Sanabria, interpretó en violín una de las piezas; Laura Diana Sánchez, también bisnieta, declamó un poema dedicado a su bisabuela, María Soruco. Se presentó el ballet Aires Bolivianos. 


Luis Lairana, profesor de filosofía, iba a hablar esa noche, en el acto de presentación del disco, sobre Heidegger y de cómo el presente puede traer parte del pasado. No pudo. Hasta ese momento, el folclore era para él, educado en Europa, algo ajeno y distante. Ese día, las creaciones de Filadelfo hicieron que el viejo profesor sienta su tierra de otra manera. Con la música entraron en su alma los paisajes del pantanal y las brisas del valle. Entonces dejó a un lado la filosofía, habló, y su emoción humedeció sus ojos. 

Descendientes. Luciano, Saúl, Alfredo y Delicia, hijos del compositor (Betty vive en La Paz), con nietos y bisnietos. 


 




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