REVISTA EXTRA

Camboya a la sombra del pasado


Después del genocidio, una boliviana comparte la experiencia de estar ‘in situ’  

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30/09/2018

Accidentada, así ha sido la paz para Camboya. Aunque en septiembre de 1990 los esfuerzos diplomáticos empezaron a dar frutos para acabar con la guerra civil, posterior al genocidio (1975-1979) de dos de los siete millones de sus habitantes, el país asiático aún no es un ave fénix en materia democrática.

Organizaciones como Human Rights siguen denunciando la expropiación de tierras a las personas más pobres de áreas rurales, según la Organización Internacional del trabajo, la explotación infantil asciende al 45%, y las libertades siguen siendo restringidas.

Nom Pen, la capital de Camboya, la ciudad más grande del país, de pintorescas y movidas calles, por la variedad de comercios, puestos ambulantes y una cantidad impresionante de motos y tuk tuk. Una telaraña de cables une en desorden y confusamente varios postes con balcones, casas, comercios y edificios, en paradójica armonía con la recarga visual de la urbe.

En lugares públicos es normal tropezar con monjes color naranja, caminando en pares o en grupos pequeños, con paraguas del mismo color. Y si alguien les pide foto, con gentileza recalcan que las mujeres no pueden tocarlos, ni acercarse mucho, para evitar las tentaciones carnales.

Pero la melancolía en los pobladores de Nom Pen de hoy es la sombra de su pasado. Junto al fuerte instinto de supervivencia, solo puede entenderse al escarbar su historia. Y es que Camboya encierra uno de los episodios más violentos del siglo XX; intentar imaginarlo es una labor mentalmente imposible, sería pretencioso, pero esa tristeza superviviente hace factible vislumbrar los indicios de odio y maldad del gobierno comunista de los Jemeres Rojos.

En los 60 y 70, mientras el vecino Vietnam contaba con el apoyo de China y la URSS, Camboya se sumergía en una guerra civil que se extendió de 1967 a 1975, fecha en que la guerrilla comunista de los Jemeres, bajo el liderazgo de Pol Pot, tomaba el poder gubernamental, dando así fin a la guerra civil. Esta guerrilla había sido consecuencia de los bombardeos de EEUU extendidos sobre territorio camboyano, como parte de la guerra que perdían en Vietnam.

En 1970, EEUU en su afán de impedir el avance del comunismo en el sudeste asiático patrocinaba la dictadura militar del Mariscal Lon Nol, quien asumió el poder mientras el príncipe Norodom Sihanouk visitaba la Unión Soviética. A partir de ahí las guerrillas intensificaron sus ataques y ganaron terreno hasta finalizar con la caída de Nom Pen y la toma del gobierno por el partido Comunista de Kampuchea, de los Jemeres Rojos, a la cabeza de su líder Pol Pot.

Los Jemeres fueron recibidos con sentimientos encontrados: alivio por lo que creyeron la paz anhelada, y desconfianza con las políticas del nuevo gobierno, ya habían llegado rumores de que mataba personas por el solo hecho de usar gafas, al considerar su uso como símbolo de burguesía e intelectualidad. Nadie sospechaba que el nuevo régimen marcaría la llegada de uno de los episodios más oscuros, sádicos y dolorosos de Camboya, peor que la guerra civil.

Pol Pot, líder de los Jemeres, proclamó el nacimiento de un nuevo estado, Camboya pasaba a denominarse Kampuchea Democrática y los nuevos gobernantes querían escribir una nueva historia, declarando en el país el “año cero”.

Una de las primeras medidas fue el desalojo forzoso de Nom Pen, diciendo a los pobladores que EEUU realizaría un fuerte bombardeo a la ciudad y que tenían que salir hacia el campo, hasta que pase el ataque, para regresar un par de días después a sus casas. Más de 3 millones de personas partieron; y todo fue mentira. El objetivo era mover la población urbana hacia el campo, para construir una sociedad agraria. Hombres, mujeres, algunas embarazadas, niños, ancianos y enfermos, todos fueron obligados a caminar por varias semanas, luego ubicados en comunas rurales; muchos no llegaron al destino final y murieron en el camino por enfermedades, fatiga y hambre.

En este primer desplazamiento se solicitó a los empleados públicos que se identifiquen para que retornen a la ciudad a trabajar con el nuevo gobierno. Pero los mataban. Muchos mantuvieron en secreto sus historias y oficios para protegerse, los profesionales no tenían que decir que poseían estudios, porque encabezaban la lista para ser asesinados, por peligrosos para el nuevo Estado.

Otra medida fue la expulsión de los últimos extranjeros que quedaron recluidos en la Embajada de Francia. Escoltados, hasta la frontera con Tailandia, el gobierno rojo no quería que el mundo sepa lo que pasaba en Camboya. Los foráneos que no quisieron abandonar el país fueron acusados de espionaje y condenados a muerte.

El gobierno de los Jemeres Rojos practicaba un comunismo maoísta extremo e intentó sin éxito transformar el país en una comunidad agrícola, bajo la utopía agraria y la autarquía o economía de autosuficiencia. Ellos sostenían que en las ciudades no se cultivaba arroz para alimentar a la población y que la gente tenía que aprender, por eso no reconocían a los profesionales, toda la gente tenía que ser igual.

Se eliminó la propiedad privada, quitando a la población sus bienes y patrimonios, por eso es que hasta ahora se expropian tierras rurales, porque las familias siguen sin papeles. Desapareció el sistema bancario, incluso se llegó a dinamitar el edificio del banco central, se cerraron las escuelas, universidades, medios de transporte y comunicación, el correo, el teléfono y monasterios. Cualquier práctica religiosa estaba prohibida.

Los Jemeres Rojos, en su mayoría sin educación, eran campesinos jóvenes, adolescentes y niños que habían sido alimentados con mucho odio hacia los habitantes de la ciudad y personas con educación. Este adoctrinamiento los hizo duros, insensibles.

La prohibición de la lectura, el rechazo de la modernidad, el retorno a la cultura ancestral y la separación de familias, matrimonios y los niños de sus padres -para aleccionarlos en la nueva ideología-, fueron otras medidas. El nuevo gobierno organizaba en las comunas bodas colectivas y obligatorias; una fila de jóvenes frente a otra, y los que quedaban frente a frente eran declarados marido y mujer, quienes no aceptaban el procedimiento de casarse con extraños eran asesinados.

Si bien no hay cifras oficiales, se estima que el régimen de los Jemeres Rojos exterminó entre 1,5 y 2 millones de camboyanos, otras evaluaciones mencionan hasta 3 millones de víctimas (de los 7 millones de habitantes). Camboya fue testigo silencioso del genocidio más grande de la historia en términos porcentuales, como resultado de trabajos forzosos en el campo, con intensas jornadas laborales de 12 a 14 horas diarias, enfermedades, epidemias y hambruna, que sumados a la paranoia del régimen, incrementó las cifras de persecuciones, encarcelamientos, torturas y ejecuciones, con acusaciones falsas por traición y espionaje. En algunos casos, familias enteras fueron exterminadas. Para ejemplo, de la familia real desaparecieron 19 miembros, 5 hijos y 14 nietos de Norodom Sihanouk.

Alrededor de toda Camboya se instalaron campos de encarcelamiento, torturas y exterminio. Con nostalgia, un taxista regresa al aterrador pasado, “mis padres eran profesores, por eso fueron asesinados por los Jemeres Rojos”, hizo una pausa y continuó con firmeza, “Pol Pot estuvo en el gobierno tres años, ocho meses y veinte días, y en ese tiempo corto asesinó a un tercio de la población del país… mataron a uno de cada tres camboyanos”.

Una de las paradas obligatorias para viajar a las entrañas de este periodo oscuro es la visita al Campo de Exterminio de Choeung Ek o ‘Killing Fields’. En las afueras de la ciudad, atestiguó las más crueles matanzas de los Jemeres Rojos, de ahí se exhumaron 8.985 cadáveres. Actualmente, el terreno está ordenado en un recorrido con puntos explicativos de los acontecimientos, entre ellos destacan el cartel con el dibujo de la parada de los camiones, donde llegaban los prisioneros para ser ejecutados.

Otro dibujo explica que con el tiempo se aumentó el arribo de víctimas, hasta 300 por día, eran tantos que no se podía ejecutar a todos en la misma jornada y pasaban la noche aglutinados en una especie de establo.

Es difícil concebir un campo de exterminio entre enormes árboles, pintorescos senderos, un lago con flores de loto y serenos paisajes. Sin embargo, las huellas del dolor gritan donde se mire; por un lado están las fosas comunes, de donde se extrajeron la mayoría de los restos humanos, algunas contenían hasta 450 cuerpos. Después de tantos años, en época de lluvias, debajo de árboles, cerca de arbustos o en medio de los caminos, muchas capas de tierra son removidas y aparecen nuevos restos humanos o ropa de las víctimas.

En el lugar destaca el ‘árbol de los bebés’, donde los guardias en un acto inhumano golpeaban los cráneos de los recién nacidos y niños contra el tronco, hasta matarlos. También está ‘el árbol mágico’, donde se instalaron potentes altoparlantes que emitían marchas comunistas a todo volumen, para acallar los gritos de quienes eran asesinados a golpes, con cuchillos, machetes, hachas, varas de bambú, objetos filosos o punzantes. Las vidas eran brutalmente apagadas porque el régimen no quería malgastar sus municiones.

Hay una tercera planta, una palmera alta. De su tronco extraían las partes afiladas para cortar la garganta de los prisioneros, mostrando así el grado de crueldad.

Al centro y frente al ingreso principal se sitúa un monumento budista, la estupa conmemorativa, construida en 1988 en honor a las víctimas del régimen. En su interior se almacenan más de 5.000 cráneos, clasificados por sexo y edad. Entre los cristales de las vitrinas, organizadas en 17 niveles, también se exhiben otros restos humanos, residuos de ropa, armas rústicas y objetos de ejecución.

Tuol Sleng

El centro de tortura y encarcelamiento más conocido de los Jemeres Rojos fue la prisión de Tuol Sleng o S21

Esta edificación era una antigua escuela, convertida en prisión, donde se interrogaba y torturaba a los presos hasta que firmen su culpabilidad y sean llevados a los campos de exterminio de Choeung Ek. Hoy el lugar está abierto al público, en él funciona el ‘museo del genocidio’.

Se estima que por Toul Sleng pasaron entre 15 mil a 20 mil prisioneros, torturados sistemáticamente como sospechosos de estar en contra de la revolución. En esos días, las ejecuciones extrajudiciales eran normales, de todos los prisioneros, solo siete sobrevivieron para contar las historias macabras. Uno de los más conocidos es Vann Nath, pintor, habilidad que lo dejó con vida; le encargaron pintar cuadros para el dictador Pol Pot.

En el recorrido por el jardín y los pasillos exteriores se observan edificios con ventanas bloqueadas con barrotes o madera, alambres de púa en los corredores y altos alambrados alrededor de las murallas, en un intento de aislar aún más la prisión. En el patio central, dos monumentos humanos transmiten desolación.

Al avanzar por la prisión, las sensaciones de horror y tristeza son muy fuertes, en el interior de los edificios hay filas y filas de fotografías, imágenes conmovedoras en primer plano de rostros, miradas perdidas, terror, vestimenta negra, la mayoría sin nombre, bautizados con un número. Solo un pequeño grupo de fotos va con nombres, son profesores universitarios, artistas, cantantes, periodistas extranjeros o ex miembros de los Jemeres Rojos.

Más adelante, estrechas celdas improvisadas, armadas con ladrillo visto, resalta el cubículo de un sobreviviente, un mecánico que arreglaba máquinas de escribir, que era útil por esta destreza, porque las confesiones se escribían a máquina.

En otra sala están expuestos los instrumentos rudimentarios de tortura, armas punzantes, cuerdas, cadenas, grilletes. En las paredes están colgados diferentes cuadros del maestro Vann Nath, el pintor sobreviviente, que ilustró en varios cuadros la crueldad de los métodos de tortura.

En otro edificio están los espacios de interrogatorio, en el centro de estos cuartos se ubican los restos de viejos y oxidados catres metálicos, con grilletes, donde sujetaban a los presos para torturarlos e interrogarlos. Al fondo había un pequeño escritorio donde se escribían las confesiones. Cuando el régimen cayó, los últimos presos fueron asesinados violentamente por los soldados, para huir del lugar.

El museo es visitado por muchas personas, en el me crucé con periodistas y turistas, todos caminaban por las instalaciones en silencio profundo, cabizbajos, pensativos, con miradas de incredulidad, dolor y en más de un rostro se asomaban lágrimas.

El genocidio quedó atrás, pero la historia y la tristeza de los camboyanos, hacen su labor, refrescan la memoria del mundo.