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Carnaval: camba, todo cambia


Historia. De la época del cascarón a la del cambódromo, la alegría se mantiene

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11/02/2018

Escena que se fue para siempre: un enmascarado montado en un matusi, acompañado por un pregonero. La percusión básica de una tamborita acompaña la lectura del bando carnavalero. 

 

El lugar: la Calle Brava. Hoy la conocemos como la esquina de las calles Vallegrande y Pari. Alrededor de los enmascarados se arremolina la gente, escuchando las rimas satíricas que lee uno de los máscaras. 


Es el bando de carnaval. La lectura en las esquinas ha desaparecido, pero el bando resiste aún, y hasta sigue sacando roncha, como en esos tiempos, aunque hoy se distribuya por los grupos de WhatsApp. 


La lectura se hacía un domingo antes de la fiesta, como para empujar con palabras lo que luego se materializaría en jolgorio. Las víctimas del bando: vecinos chinchis, viejas aburridas, los malatraza, los carnavaleros y cuándo no, los políticos. 


Esta es una muestra de lo que se escribió hace 18 años. La picardía está intacta: 


La cosa está tan grave
para los señores Artistas
de tanto tomar jarabe
acabarán evangelistas

Los Badulaques, esa comparsa
que se jactan de ricachones
terminemso con esa farsa
no tienen ni pa calzones. 

 

Rito. Frente a la Catedral se rendía homenaje al Dios Momo. Las calles aledañas también eran tomadas. 

Caballo y cascarón 
A mediados del siglo XIX no había comparsas en Santa Cruz. Se salía en caballo, con los bolsillos llenos de agua, a veces teñida con resina de jotabió. 


El jinete ensayaba su puntería con las mujeres que encontraba. Hacia 1860, así se divertía la gente, según describe Emilio Finot: “Más de un bizarro jinete penetraba sorpresivamente al patio o a la sala de una casa, sin tomarse siquiera la molestia de apearse, y causaba cómico espanto entre las mujeres, que se defendían del ataque con cuantos elementos de guerra hallaban a la mano. Numerosas cabalgatas recorrían las calles de la población con los ímpetus del más ardiente entusiasmo, y a veces, poco se cuidaban de no atropellar gente o causar cualquier otro desperfecto. Los jueguitos de aquellos tres amables días no dejaban de producir estropicios más o menos considerables”. En 1879 ya había una ordenanza que estipulaba cómo deberían conformarse las comparsas, así que es probable que hubieran empezado a formarse al menos dos años antes. 


Por esa época se registra el nacimiento del carnaval como ritmo. Hernando Sanabria dice que ese ritmo proviene de la polca o guachambé; Rogers Becerra afirma que deriva de la zarabanda europea; también se dice que influyó la llegada de acróbatas uruguayos, liderizados por Gregorio González, que tenían una banda que interpretaba un ritmo similar al carnaval. 

 

1908. El botánico alemán Theodore Herzog (1880-1961) tomó esta foto de una comparsa en las calles cruceñas. 

El primer corso
Las escasas comparsas fueron convocadas en la curtiembre San Lorenzo, de José Lino Torres. Era el año 1892. Todos sabían que estaba en el lugar en el que se encuentran las actuales calles 6 de Agosto y Avaroa. 


Con prosa esforzada, Lorgio Serrate Vaca Díez describe el corso del naciente siglo XX en su libro Tiempos Viejos: “Es un corso triunfal, digno de Venecia, o de cualquier otra parte, inclusive Río de Janeiro. Las comparsas presentan lujosos carros alegóricos, tirados por caballos o por bueyes, o a veces por ilustres caballeros fantaseados. Vienen adornados maravillosamente con verdes hojas de motacú, flores naturales y serpentinas, y en el centro, como en un trono, se destaca la gracia y la belleza de la mujer cruceña poniendo la nota máxima de elegancia y alegría en esta fiesta de Santa Cruz”. 


Aquino Ibáñez describe el carnaval de 1912: “El primer día de Carnaval era consagrado al lujo esplendoroso, al fausto ceremonioso y al derroche de exquisita cortesía. Se permitía rociar a las bailadoras con finas lociones y pomos cargados con aguas perfumadas, envolverlas con serpentinas multicolores y mixturas a montones. Tanto mujeres como hombres se mantenían limpios (…) Durante el segundo día continuaba el uso de loción, pomos, serpentinas, mixturas, a lo que solamente se agregaba polvo de arroz. El tercer día se jugaba con polvo de almidón teñido en distintos colores, igualmente con cascarones con tinta, y agua regada con toda clase de vasijas, especialmente con tutuma; pero con agua limpia”. 


Salen comparsas como Los Chivos y Los Emponchados, al son de un taquirari compuesto por Filadelfo Sanabria o una pieza de Mateo Flores. Nombres de comparsas como los Plus Ultra y Ku Kux Klan suenan por esos años. Se puede identificar algunos animadores de la fiesta en diferentes décadas. 


Gil Antonio Peña, en los años 30, elaboraba alegorías mecánicas; en décadas posteriores era frecuente ver los creativos y satíricos disfraces de Piyo Landívar. Los esposos Arlinda y Gaby Dabdoub lucieron, desde mediados de los 70 y hasta entrados los años 2.000, trajes vistosos que siempre eran mostrados en detalle por los medios de comunicación. 


Pero luego vino un cambio de aguas. Aceite sucio, barro y hasta materia orgánica comenzaron a usarse en la década de los 40. Eso marcó el fin de las llamadas casas de recepción, que corrían por cuenta de las familias más adineradas. No querían que este juego sucio invada sus salones. 


Así aparecieron las casas de espera, en zonas más populares de la ciudad. A medida que la población crecía, estas casas de espera también fueron desapareciendo para dar lugar a las calles de espera. 

 

El Caballito. Las once noches de mascaritas, una fiesta de juego y seducción que ya desapareció. 

Las mascaritas
Durante los años 60 y 70 las once noches de mascaritas cambiaron. De la fiesta elegante a la que solía asistir toda la familia, y que solía realizarse en el Palace Theatre, se pasó a ese rito de enmascarado coqueteo femenino que encendía la imaginación de los varones, que asistían a la fiesta sin máscaras. Misterio, propuestas eróticas lanzadas con voz atiplada, aventura o quizá solo promesas era lo que ocurría en El Caballito. “Las mascaritas tenían que pagar una patente en el municipio”, recuerda uno de los asiduos a este local, donde se prometía una ‘fina expansión’ al ritmo de “la gran orquesta internacional  Delfín y su Combo, los ‘nueva oleros’ Los Daltons, las bandas de Zoilo Saavedra y Melchor Alvarado, además de la reina del folclore, Zulma Yugar”. 


La invitación prometía cuatro escenarios y pistas de baile, además de ambientes ‘hawaiano, sicodélico y tradicional’. La figura principal era una mascarita de curvas exuberantes y ajustada calza que llegaba casi hasta el tobillo. “Estábamos ahí apeñuscados pero felices. Después nos íbamos a rematar al Mau Mau, donde había mascaritas pero no había el mismo ambiente. Las mascaritas eran otra cosa”, recuerda el carnavalero. 


A finales de los ochenta, con el narcotráfico en apogeo, esos bailes corrían el riesgo de ser escenario de vendettas y ajustes de cuenta, según Carlos Cirbián. Desaparecieron. Por la zona del canal Isuto, a mediados de los 90, hubo algunos intentos –ya inútiles- por revivir la fiesta, que hoy está ya desaparecida. 

 

Mascaritas. A principios de la década pasada aún se veían carnavaleras con máscaras. 


No disparen al Rey Momo
La relativa paz de estas calles de espera (Plazuela Callejas, calle Ballivián) se acabó en 2002. La rivalidad entre el grupo T-la Clavo y los Cambas Patrones se manifestó en una pelea campal en el Parque Urbano, pocas semanas antes de Carnaval. Cuando ambos grupos se encontraron en la calle Ballivián, el último día de la fiesta, empezaron los disparos. Hubo 15 heridos y murió la enfermera Zulma Cavero. En 2005, el mismo carnavalero involucrado en el tiroteo fue baleado en la calle Ballivián, cerca de donde cayó la enfermera. 


Con este hecho las comparsas se atrincheraron en garajes para garantizar su seguridad. Desde entonces, los intentos por hacer un carnaval más seguro han rendido algunos frutos. Se espera que medio centenar de comparsas venza sus temores y vuelva a la calle este año. 

1924. Comparsa Chutos y Mutos. Los padrinos de la elegante comparsa posan al centro. 
1951. La comparsa Cunumis. Están sin casacas y participan niños. La banda está detrás. 

 

Personajes. Gaby y Arlinda. Los esposos Dabdoub lucían trajes coloridos y creativos, desde los años 70 hasta entrado el siglo XXI. 
La Ballivián. Progresivamente, la fiesta va añadiendo al agua pinturas de toca clase y betún. 

 



 




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