EXTRA

Adriana Macías no tiene brazos, pero sí alas


La abogada y conferencista motivacional no quiso ser el capitán garfio, sino la princesa del cuento. El próximo 11 de julio visitará Bolivia 

El 11 de julio próximo, Adriana Macías estará en Santa Cruz para dictar una conferencia en el salón Sirionó de la Fexpocruz

18/06/2017

Fotos: Cortesía Adriana Macías e Internet

No tiene brazos, pero le sobran alas para volar más alto que cualquiera detrás de sus sueños. Adriana Irene Macías Hernández nació sin sus extremidades superiores, hace casi cuatro décadas, en una época en la que las personas con algún tipo de discapacidad no tenían muchas oportunidades. No obstante, ella logró superar todos los obstáculos que la vida le planteó y hoy esta mexicana es una reconocida conferencista internacional que viaja por el mundo para mostrar que cuando se quiere, no hay meta fuera del alcance.

Adriana, que cuenta con casi 20 años de experiencia como motivadora, visitará Bolivia el 11 de julio próximo para dar una conferencia denominada 100% actitud positiva. El evento se llevará a cabo en el salón Sirionó, de la Feria Exposición.

Como la vida es adaptación aprendió a utilizar sus pies como si fueran manos y se amoldó al mundo, ya que el mundo no iba a amoldarse a ella. Cuando comenzó el colegio, sus padres, José Manuel Macías y Guadalupe Hernández, insistieron en comprarle prótesis. 
Aceptó, pero apenas cruzaba la puerta del colegio le pedía a su hermana, Eloísa, que le ayudara a quitárselas y se liberaba.

Tuvo una infancia feliz, nunca sufrió de bullying, más bien se sintió muy querida, tanto que hasta ahora conserva a casi todas sus amistades de colegio y de la universidad. “Yo estaba segura de que mis brazos me iban a crecer. Entonces cuando alguien hacía un comentario sobre mi discapacidad, con total seguridad e inocencia yo les respondía que así como me crecía mi pelo, ya me iban a crecer mis brazos”, recuerda entre risas.

Era una niña muy revoltosa e ingeniosa. Entre sus travesuras recuerda que abría los cajones del tocador de su mamá y se subía para agarrar sus pinturas y maquillarse, algo que hasta ahora le encanta y para lo cual ha logrado máxima destreza: se cepilla el cabello y puede colocarse pestañas postizas con los pies.

Le gusta vestir y lucir bien. Usa tacones para caminar, pero se los saca durante sus conferencias o para conversar. Las uñas de sus pies están perfectamente arregladas y decoradas con color y mucho brillo. En su dedo del medio lleva los anillos de compromiso y de matrimonio. ¿No te estorba al usar zapatos? Le consultamos, a lo que responde que el matrimonio es así, es como una piedrita en el zapato a la que uno se acostumbra, todavía más cuando esa molestia es un diamante, bromea.

Toda una malabarista
Tiene tal destreza con los pies que maneja el celular, busca fotos y escribe mensajes sin ningún problema. Su motricidad es comparable con la de un malabarista, lo que le ha permitido realizar todas las actividades cotidianas como cualquier persona con las manos, incluso puede conducir un vehículo, algo que aprendió recién a sus 30 años, cuando pudo comprarse su propio auto.

“Desde muy pequeña aprendí a valerme por mí misma. Hago todo sola, aunque quizá me toma un poco más de tiempo. Cocino, escribo, me baño y baño a mi bebé. Me visto y la visto a ella. Me peino y me maquillo sin ayuda. No me veo pidiéndole a mi esposo que primero cambie los pañales a mi hija y luego venga a vestirme, maquillarme y peinarme”, comenta. 

Se siente realizada en todos los aspectos de su vida, pero fueron muchos años de esfuerzo, de trabajo, de entrenar su cuerpo para subir la pierna por encima de la cabeza, de experimentar, de probar y de crear. Por ejemplo, para vestirse busca la ropa adecuada, sin cierres ni muchos botones; viste los corpiños ya abrochados. 

En la cocina, tiene un banco alto para poder alcalzar todas las cosas. “Todos tenemos una debilidad y una fortaleza, y la habilidad y el trabajo nos ayudan a compensar para encontrar el equilibrio perfecto”, remarca.

La princesa del cuento
Sus padres hicieron una gran labor para convencerla, sin imponerle, de usar las prótesis porque consideraban que era lo mejor. Adry, como le dicen de cariño, aceptó ponérselas para ir al colegio. Las usó durante 20 años y fueron de gran ayuda, aunque no le gustaban mucho porque se sentía como el capitán Garfio.

Cuando cumplió 20 años sufrió una contractura muscular severa y el médico le aconsejó dejar de utilizarlas por un tiempo. Fue la liberación total, se sentía mejor sin esos arpones, que para ella simbolizaban a los villanos de las películas. 

“No quería ser el capitán Garfio, siempre soñé con ser la princesa del cuento de hadas y es como me siento ahora”, indica, muy segura de sí misma.

Aprendió a manejarse y a escribir con las prótesis, pero siempre prefirió utilizar sus propios pies. “Incluso les puedo asegurar que mi letra es más bonita cuando la hago con las patas”, asevera entre risas, aunque recuerda que la primera vez que fue a clases sin ellas tuvo que superar el reto del qué dirán y romper la etiqueta de que los pies no se suben a la mesa, pero gracias a una actitud positiva, lo logró.

Se siente agradecida con sus papás porque cree que ellos tomaron la mejor decisión, aquella que le salvó la vida. La motivaron a estudiar y a ser independiente y a valerse por sí misma en un mundo hecho para las personas con manos. Fue una alumna muy aplicada. Se graduó de abogada en la Universidad Tecnológica de México. Es escritora y tiene un posgrado en Administración de Recursos Humanos.

De la decepción al gran amor
A fines de los 90 se enamoró perdidamente de un joven con el que tuvo una relación de cuatro años. Tenía el anillo de compromiso en el dedo del pie, planes de casarse y muchas ilusiones, pero el novio canceló la boda. 

“Me dijo: ‘Ya lo pensé bien y no quiero casarme con una persona con discapacidad, porque no sé si me vas a poder preparar mi comida preferida, si me vas a poder atender bien y no quiero que mis hijos nazcan como tú’, y me pidió el costoso anillo que me había dado. No podía pedirle otra oportunidad porque mi situación no iba a cambiar. Lloré mucho y entré en depresión. No entendía por qué esperó tanto para dejarme plantada casi en el altar”, recuerda. 

Pasó días oscuros y sumida en su dolor. Luego decidió salir de su cascarón y afrontar el mundo con valentía, como siempre lo hizo. “Cuando se acabó el llanto pude darme cuenta de que debía levantarme y volver a buscar al amor de mi vida, y si no llegaba, igual me propuse ser feliz. Ese día apareció Juan Medina y fue mi mejor regalo”, declara. 

Enamoraron cinco años y ya hace 11 que está casada con él y ahora es madre de una niña de año y medio, que nació el 1 de octubre de 2015, a la que bautizó con el nombre de Meritxell, un nombre que tiene una linda historia: así se llama la Virgen de Andorra, a la que la iglesia Católica representa con grandes brazos por su capacidad de ayudar y abrazar al mundo, cuenta Adry. “Eso es para que mi niña tenga el doble de lo que le falta a su madre”, afirma entre risas.
Ser madre, manifiesta, es lo mejor que le ha pasado en la vida, es el momento más hermoso que ha vivido. Su hija es su razón de ser, el motor que la impulsa a ser mejor y a superar todos los obstáculos que se le presentan cada día. 

Antes del nacimiento de Meritxell, cuando estaba pasando por un momento difícil y se sentía frustrada porque a pesar de los tratamientos que se hizo y de las cientos de inyecciones que le colocaron no lograba embarazarse, llegó Maja, su ‘perrija’, como la llama, una perrita que le regaló su esposo para un cumpleaños. “La quiero mucho porque ella vino a desatorar esos sentimientos que tenía retenidos para darlos a un ser que dependiera de mí. Maja tiene un lugar muy especial en mi corazón, porque amo mucho a los animales”, expresa.

Siempre positiva
Adry considera que su tenacidad, su inteligencia, su actitud siempre positiva, el ímpetu con que encara las cosas y la claridad de sus ideas han sido claves para superar sus limitaciones y Abrazar el éxito, título de su primer libro. Luego vinieron otros dos, La fuerza de un guerrero y Prometo amarme y respetarme todos los días de mi vida. Ahora está escribiendo su cuarta obra que aún no tiene nombre, en la que cuenta la experiencia de ser mamá. 

“Me apasiona escribir. Ahora estoy en mi cuarto libro, en el que hablo sobre el aprendizaje que significa educar a una bebé de año y medio. Cuento acerca de lo que es atenderla con las patas, pero bien”, dice y suelta una risotada.

Se siente completa y cree que no le falta nada, porque vino al mundo con una misión. Tiene un deseo inmenso de enseñar al mundo a vivir la vida sin necesidad de meter las manos, pero sí ponerle todo el corazón. Es una guerrera de la vida, una mujer llena de amor, dulzura, energía, entusiasmo, coquetería y, sobre todo, con mucho sentido del humor. A todo le encuentra su lado hilarante, como cuando con total seriedad dice que lo que más le pesa es que su esposo nunca pudo pedirle la mano.

Alguna vez dijiste, ¿por qué a mí? Le consultamos. ¡Claro que sí!, reafirma, ¡muchas veces, más aún durante la adolescencia! Ahora le da gracias a Dios por su discapacidad, puesto que es la condición que la ayudó a superarse como persona y le ha dado la oportunidad de compartir su historia y ayudar a muchas personas que, como ella, tienen alguna limitación. 

“Mi discapacidad es mi principal maestra, porque me ha enseñado a tener paciencia, a confiar en mi prójimo y a ver que todo lo que vale la pena cuesta más y demanda muchos años de estudio, esfuerzo y dedicación, ¿cuántos? Es una disciplina de actitud y de compromiso que demanda toda la vida”, resalta la oradora.

Su vida, a la que califica como una aventura diferente cada día, ha sido difundida por varias cadenas televisivas internacionales, entre ellas CNN, Telemundo, TV Azteca, Televisa y Univisión, y ha sido contada en distintas publicaciones de revistas y periódicos de varios países. En diciembre cumplirá 20 años como oradora motivacional, tiempo en el que ha realizado cientos de conferencias en los 31 estados de México, y en Centroamérica, y en casi toda Sudamérica. Estuvo en algunos lugares de Europa, donde está abriendo nuevas puertas. 

Cero monotonía
Sus días son distintos uno del otro porque generalmente está de gira. No tiene una rutina, y es lo que más le apasiona de su trabajo. En estos días estará visitando diferentes ciudades y finalizará su recorrido en Santa Cruz, donde arribará el 10 de julio, un día antes de la conferencia. 

“No tengo rutina, no me gusta la monotonía. Mi vida es agitada, pero a la vez divertida. Agradezco a Dios que mi trabajo me da la oporunidad de conocer diferentes países y de hacerlo con mi familia, en algunas ocasiones”, precisa. 

Algo que hace casi todos los días tras abrir los ojos y cuando está en su casa, es atender a su hija, prepararle su leche y cambiarla. Luego la lleva un rato donde sus papás para irse al gym una hora por lo menos. Es algo que no le gusta mucho, pero sabe que debe hacer por salud. 

“Si un día me dicen que no necesito hacer más ejercicios, yo feliz, saltaré en una pata de alegría, pero mientras tanto pago el precio y sigo, más aún tomando en cuenta que mi cuerpo, y en especial mis piernas, necesitan elasticidad. No es lo mismo una Adry de 15 que una de casi 40”, señala.
Tiene una alimentación balanceada y toma mucha agua. Se cuida de lunes a viernes, pero se da sus gustos los fines de semana, porque para ella comer es uno de los mayores placeres de la vida. “Amo los chocolates, adoro el pan y me encantan los tacos. Disfruto de las comidas, más aún cuando puedo hacerla en familia, con mi esposo y mi hija, y si están mis padres y mi hermana, mejor todavía”, apunta. 

Lo último que hace antes de acostarse, esté donde esté, como una mujer de fe, es dar gracias por todo lo que pasó en ese día, sea bueno o malo, porque lo bueno la hace disfrutar de la vida y lo malo, crecer y madurar.

Considera que no existe un día perfecto, porque ese que a uno le ha dolido tanto, puede ser la dosis perfecta para ser la persona fuerte que hoy es. “Si todos los días fueran perfectos y felices no nos enseñarían mucho, creo que la perfección está en la diversidad de cada día”, señala Adriana.

Las derrotas fortalecen
¿Derrotas? Muchísimas, indica. “Creo que las personas que vamos creciendo, y a las que nos gusta prepararnos para vencer nuestras limitaciones, estamos expuestas a fracasar. Pero no debemos guardar eso en una cajita como algo triste, sino más bien colgarlo sobre una pared como un diploma, como un aprendizaje. Yo tengo muchos aprendizajes que van acompañados de alguna derrota, pero de todas ellas siempre aprendo algo”, comenta. 

Agrega que siempre mete las patas, a veces bien y otras muy, pero muy mal. Cuando siente que va equivocando el camino, está cansada, enojada o de a malas, hace una pausa y reflexiona. “Hay días soleados, otros grises y otros lluviosos, y hasta días tormentosos. Todos nos enseñan algo. Solo basta esperar que pase el temporal”, concluye. 



En esta nota



e-planning ad