|
|
|
Las puertas y los portones permanecían abiertos
todos los días, algunos de ellos de par en par. Así se los
encontraba desde que el sol salía hasta que se ocultaba
para dar paso a las sombras de la noche. Se interpretaba
ese tránsito abierto y franco para propios y extraños,
como el real y cálido deseo de los dueños de casa de
recibir como huéspedes a los caminantes, a los transeúntes
que, agoviados, circulaban por las arenosas calles de la
Grande Aldea. No era muy distinta la situación al caer la
noche plena, pues, si bien puertas y portones no se
mantenían de par en par abiertos, a lo sumo estaban
topaditos y el acceso en el interior de las casas no se
obstruía para nadie y menos todavía se clausuraba
herméticamente. Claro, la gran aldea estaba poblada por
gente de bien, mucha de ellas unida por estrechos lazos
familiares y el saldo ligado por sólidos, leales y
fraternos sentiemientos de amistad. En el barrio, todo el
mundo se conocía y guardaba relaciones sólidas, incluso
con los vivientes del otro extremo o, por decirlo más
claramente, del tambo ruidoso, pero digno. Nadie vivía con
el Jesús en la boca, temeroso del atraco, del crimen
alevoso, del faltamiento hasta por lo más insignificante
del mundo. Un robo era prácticamente impensable y una
puñalada o un balazo eran prácticas que sólo se daban en
los libros de terror o en las películas del mismo género.
Hoy, cómo estamos, santo Dios. Invocando su misericordia
para poder llegar vivos después de salir de casa en el
afán de ganarnos el pan. Amargados frente a tal realidad,
ni grisma de ánimo queda para proponer el habitual.
¡Feliz domingo para todos!
|
|
| |
 |
|
|
|
|
Las 100 mejores poesías de
Gustavo Adolfo Baca
A pata...
|
|
|
|
 |
|
|
|
|
|
 |
STAFF |
Director:
Dr. Pedro Rivero Mercado
Subdirector:
Pedro Rivero Jordán
Editora:
Anna Infantas Soto
Periodistas:
Ricardo Herrera
Javier Méndez.
Editor de Diseño:
Juan Carlos Gutiérrez
|
|
|
|
|
 |
|
Ángel Farell |
Aquellas pequeñas cosas
En una tarde de octubre, mientras
sus padres esperaban su turno de trabajo,
estos niños mataban el tiempo jugando en la
acera. Con el ingenio característico de los
chicos, tomaron la ‘gavetilla’ de una
palmera y el más pequeño se montó en ella y
ambos dieron rienda suelta a la diversión.
Alegres y felices, no necesitaban juguetes
caros ni sofisticados, sólo les bastaba su
imaginación. Travesuras de chicos que cuando
crecemos y nos volvemos adultos vamos
perdiendo. Es decir, no se necesitan grandes
cosas para divertirnos y compartir. Los
muchachos pueden enseñarnos.
|
 |
| | | |