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La educación cívica, según parece, poco pesa en los
programas de la instrucción pública. Tal vez sería más
apropiado decir, incluso, que no pesa nada. En otros
tiempos, en el nuestro, que ya roza lo antiguo, la
educación cívica era materia trascendental. Tan es así que
la semana lectiva se iniciaba con una "Hora Cívica", en
tanto que la materia había que sabérsela de memoria.
Muy interesantes, muy aleccionadoras venían a ser las
horas cívicas, con una conferencia a cargo de uno de los
maestros según riguroso turno. La conferencia exaltaba los
fastos históricos, los valores de nuestros símbolos, las
imágenes de los héroes y de los patriotas. Eran entonados
los himnos y las canciones patrias, en tanto que los
alumnos lucían sus habilidades en el canto, la declamación
y otras manifestaciones culturales.
No descartamos la posibilidad de estar equivocados en
nuestras apreciaciones. Mas, de mucho tiempo a esta parte
no escuchamos hablar de la enseñanza de la educación
cívica y menos todavía, de la mentada hora semanal para
honrar a los próceres, a nuestros símbolos y rememorar los
fastos en ninguno de los ciclos en que se ha fragmentado
la instrucción pública. Y tal vez esa omisión tenga mucho
que ver definitivamente con la falta de civismo flagrante
y sensible desde todo punto de vista, que suele advertirse
en jóvenes y adultos de este tiempo en curso.
La educación cívica no fue ni puede ser materia de
relleno. Su enseñanza obligatoria y regular se hace
menester incuestionablemente. Valdría la pena que
prestaran oído a esta preocupación que nos embarga desde
siempre.
¡Feliz domingo para todos!
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Las 100 mejores poesías de
Gustavo Adolfo Baca
Caer para’o
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STAFF |
Director:
Dr. Pedro Rivero Mercado
Subdirector:
Pedro Rivero Jordán
Editora:
Anna Infantas Soto
Periodistas:
Ricardo Herrera
Javier Méndez.
Editor de Diseño:
Juan Carlos Gutiérrez
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Ricardo Montero |
¡La hora de la
comida!
Las manecillas del reloj anuncian que el
mediodía ya llegó... En una construcción en
el barrio Paraíso, los obreros saben
exactamente que cuando la mesa está servida,
es momento de detener la faena. Tan rápido
como pueden llegan los cansados hombres. El
primero en sentarse, por supuesto, tiene la
oportunidad de disfrutar de un locro
caliente; el resto tendrá que conformarse
con la comida fría.
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