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Pintan nuevas, repintan las viejas, las trazan en todo
sentido, en fin, por supuesto que incurriendo en gastos
que, si se tienen en cuenta nuestras pobrezas, siempre
serán muy significativos y, por lo tanto, fuera de nuestro
alcance.
Nos referimos a las señales que cubren sistemáticamente
nuestras vías públicas, nuestras calles y avenidas. Barras
y flechas al por mayor, pintadas en blanco todas ellas,
algunas en curvas abiertas o pronunciadas, amén de no
pocas palabras también en blanco impresas y en grandes
caracteres como para que a nadie, de los que transitan
cotidianamente, se les escape así nomás.
Lo notable de todas estas señales tan indeleblemente
marcadas es que muy pocos de nosotros los transeúntes, o
tal vez sea más apropiado decir ninguno, les prestamos
atención, nadie las interpreta, nadie se preocupa siquiera
de saber qué significan, qué quieren decir, qué mandan o
qué prohíben. Pasamos sobre ellas a pie o a bordo de
nuestros motorizados haciendo lo que nos viene en nuestra
real gana y punto.
Todopoderosos en nuestro ámbito, en nuestro medio, estamos
habituados a salirnos con la nuestra y al diablo con las
señales que marcan límites.
Vemos así que los peatones cruzan temerariamente la calle.
Que los conductores viran por donde no deben, que se
estacionan en sitios prohibidos, que siguen de frente
cuando deben detenerse o que se detienen cuando están
obligados a avanzar. En suma, de las tantas señales
pintadas a costos altos, todo el mundo hace caso omiso.
La ciudad, con su tráfico intenso, es un caos y al que no
le gusta que se mande mudar. Esa es nuestra lógica y esa
es nuestra ley. Pero en fin,
¡Feliz domingo para todos!
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Las 100 mejores poesías de
Gustavo Adolfo Baca
Como perico
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STAFF |
Director:
Dr. Pedro Rivero Mercado
Subdirector:
Pedro Rivero Jordán
Editora:
Anna Infantas Soto
Periodistas:
Ricardo Herrera
Javier Méndez.
Editor de Diseño:
Juan Carlos Gutiérrez
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Rolando
Villegas |
Aspirando la muerte
Es un día
de sol en Santa Cruz, la gente transita
agitada dentro de sus actividades sin tomar
atención a este grupo de jóvenes en los
bordes de un canal de desagüe. Dentro del
paisaje urbano ya es común verlos
consumiendo clefa y drogándose. Es tan común
que ya ha dejado de sorprendernos. En cada
aspiración se les va, de a poco, la vida.
Sin darnos cuenta somos testigos del
‘suicidio’ a cuenta gotas de estos hombres.
Tal vez sea hora de que la sociedad cruceña
no haga la vista a un lado y mire de frente
este problema.
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