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En el país, y muy particularmente aquí, en esta
nuestra cálida y generosa tierra cruceña, en todo tiempo
hemos contado con grupos de señores y de señoras y hasta
con individualidades, practicantes devotos de la
filantropía en sus diversas manifestaciones.
Esos grupos de señoras y de señores, esos filántropos que
los ha habido sin ostentaciones, cumplieron en su tiempo y
siguen firmes en la brecha, misiones humanitarias para
hacer posible la subsistencia de la gente más necesitada,
de los desposeídos de fortuna que constituyen mayorías
realmente absolutas y abrumadoras.
Tanto ha hecho la filantropía colectiva o individual, en
especial aquí en Santa Cruz de la Sierra, que hasta ha
llegado a relevar al Estado nacional, a los gobiernos
centrales y departamentales, de obligaciones que son
irrenunciables para esas instancias. Tenemos presente en
la memoria un acto muy significativo: en La Paz, el
Gobierno distribuía una ayuda extranjera que naturalmente
debía beneficiar sin excepción a todas las regiones del
país. Mas en el plan de distribución faltaba Santa Cruz de
la Sierra y el gobierno de turno en esa época justificó la
omisión diciendo que los cruceños se bastaban por sí solos
para satisfacer sus necesidades.
Hasta a esos extremos movía la nunca discutida y más bien
siempre mentada filantropía de los cruceños y de sus
instituciones privadas, sociales, de servicio o de otra
índole.
Cuesta hacer nombre porque fueron tantos los filántropos y
lo siguen siendo y porque sería lastimar bien conservadas
modestias, muy respetables reservas. Pero
incuestionablemente aquí se hizo y se hace el bien por el
simple placer de hacerlo.
¡Feliz domingo para todos!
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Las 100 mejores poesías de
Gustavo Adolfo Baca
Cosas de la Aldea (I)
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STAFF |
Director:
Dr. Pedro Rivero Mercado
Subdirector:
Pedro Rivero Jordán
Editora:
Anna Infantas Soto
Periodistas:
Ricardo Herrera
Javier Méndez.
Invitado:
Rafael Sagárnaga
Editor de Diseño:
Juan Carlos Gutiérrez
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Clovis de la
Jaille |
Espiando a la
vida...
En un edificio del papuloso Plan 3.000, esta
madre y sus tres hijos curiosean por un gran
hueco en la pared. Desde allí, la vista es
sorprendente, al igual que el peligro. Pero
a ninguno ellos, por lo visto, parece
molestarle ese detalle. El viento y el
esplendoroso sol hacen que el panorama sea
atractivo: gente caminando de prisa,
automóviles que vienen y van, humildes casas
que se codean con construcciones
semiacabadas y al fondo de todo, una
vibrante rotonda y mercado. La vida, desde
las alturas, se torna aún más voraz.
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