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Un desconocimiento deplorable de lo nuestro se pone de
manifiesto en las deshilvanadas letras de muchas de
nuestras músicas folclóricas.
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Aparte de que a letristas e intérpretes se les ha metido
entre ceja y ceja la desafortunada ocurrencia de
intercalar en la interpretación de nuestras piezas
folclóricas gritos destemplados o bien agudos que no nos
conciernen por ningún lado y de ninguna manera.
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Gritos y chillidos que son corrientes en las cumbias
colombianas o en los corridos mexicanos y que nunca
tuvieron nada que ver con nuestros carnavales, taquiraris
o chobenas.
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Pero lo peor vienen a ser las intolerables figuras, como
aquella, por ejemplo, del marigüí que, siendo casi
invisible, un bichito de picadura urticante, según el
letrista, se va bailando hasta el Piraí. O esa otra del
tiluchi que se mira con amor con el carao. ¡Por Dios!,
pareja más imposible no podría darse, considerando que el
primero, es decir el tiluchi, es avecilla de no más de
cuatro centímetros de alto, en tanto el carao es un
zancudo de largo y poderoso pico y de no menos de veinte
centímetros de alto. De un amorío con el carao, al tiluchi
no le quedarían ni las plumas.
A tanto disparate hay que poner término.
¡Feliz domingo para todos!
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STAFF |
Director:
Dr. Pedro Rivero Mercado
Subdirector:
Pedro Rivero Jordán
Editora:
Anna Infantas Soto
Periodistas:
Ricardo Herrera
Javier Méndez.
Invitado:
Rafael Sagárnaga
Editor de Diseño:
Juan Carlos Gutiérrez
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Rolando
Villegas |
Heredarás la tierra
La escena
transcurre cerca de la localidad de Saipina
en los valles cruceños. Un niño levanta el
azadón para ayudar a su padre en la cosecha
de papas. Ambos desconocen que otra persona
los observa y prosiguen su labor sin
interrupciones. Es un momento de comunión
entre ellos en el que no necesitan muchas
palabras. Les basta estar unidos en la
cosecha. Tal vez, muchos años después, sea
el turno de que este niño le enseñe a su
hijo cómo cultivar y cosechar papas.
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