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Debemos referirnos a las personas y a las cosas como
lo hemos hecho siempre. Como lo hicieron nuestros mayores
desde tiempos inmemoriales. En el habla coloquial, en el
canto, en la declamación, en la oratoria debemos ser
auténticos, los mismos de siempre, los mismos de todos los
días.
Choca, de verdad choca que coloquialmente hablemos de una
forma y que, a la hora de cantar, por ejemplo, lo hagamos
de manera completamente diferente. Y esto último es justo
lo que hacemos. De pronto, nuestro sonoro "vos" se
transforma en el "tú" o en el "ti". Renunciamos al
tradicional y al varonil "con vos" para sustituirlo con el
extraño "contigo". No hemos podido entender nunca a qué
obedece esta singular mutación.
Con los nombres propios se da un fenómeno muy parecido. Ya
no hay más los Francisco (Pancho), escasean los Juan, los
Pablo; y entre las mujeres han desaparecido las María, las
Carmen, las Elena. Hoy son los Johnny, los Robert, los
Peter, los Anthony, las Jennifer, las Brigitte, las Paola,
las Helen, las Carla. Y para completarla, hemos adoptado
con vehemencia ese modo de anteponer el artículo al nombre
propio y así es como tenemos ‘el’ Pedrito y ‘la’ Juanita
que ya sabemos de dónde nos han llegado.
Dejamos de ser auténticos cuando cambiamos nuestros modos
de expresarnos ya sea al cantar o al declamar y, peor aún,
al entrar en el trato coloquial. Del ‘vos’ sonoro que
heredamos de nuestros abuelos no tenemos por qué renegar.
Al contrario, hay razones más que sobradas para sentirnos
orgullosos. Son, a la vez, rasgos distintivos de nuestra
personalidad. Cuidemos de ellos.
¡Feliz domingo para todos!
El Director
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STAFF |
Director:
Dr. Pedro Rivero Mercado
Subdirector:
Pedro Rivero Jordán
Editora:
Anna Infantas Soto
Periodistas:
Ricardo Herrera
Javier Méndez.
Invitado:
Rafael Sagárnaga
Editor de Diseño:
Juan Carlos Gutiérrez
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Ángel Farell |
¿Y la olla de oro?
Esto es lo
que pasa cuando el agua y la luz se ponen a
jugar. Una leyenda cuenta que la lluvia y el
sol eran hijos del viento, y estaban
encargados de cuidar el bosque. Ambos
discutían mucho, así que el viento dijo que,
cuando vean un arco de colores, deberían
dejar de enfrentarse. El fenómeno fue causa
de estudio de eminencias como Descartes y
Newton. En ocasiones, los colores son más
intensos al final del círculo, porque las
gotas que reflejan y refractan la luz se
achatan a medida que caen. Tal vez por eso
se creó la leyenda de la olla de oro al
final del arco.
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