Don Precioso Bustamante está sufriendo por la tormenta bélica que azotó
Huanuni la pasada semana. A partir de 1965 el aludido fue jefe técnico de la
planta de motores diésel de la sección Patiño. Al hablar de sus recuerdos
pareciera que está inventando un pueblo totalmente diferente al que ahora
existe.
Pero es la pura verdad, aclara con una vocecita de minero que después de haber
puesto en juego su vida en los oscuros socavones, ahora disfruta un descanso
dorado en el valle cochabambino.
Cuenta que por aquel año Huanuni tenía 30.000 habitantes, y no cerca de los
20.000 que, según los datos oficiales, tiene ahora. El esplendor del centro
minero era tal, dice, que primero llegaban ahí las grandes películas
cinematográficas y se exhibían en el Gran Cine Huanuni, cuya sala, con más de
300 butacas que solían estar ocupadas en las afamadas matinés, tandas y noches
de los fines de semana. "En la empresa nos daban un talonario de boletos.
Podíamos ver las ‘pelis’ las veces que quisiéramos".
El cine está archivado desde el derrumbe de la época dorada del estaño y la
incursión del modelo neoliberal (1985) que dio lugar a los despidos de miles
de trabajadores de los centros mineros. El edificio viejo, ubicado a lo
diagonal de la plaza principal, remozado con una pintura amarilla, ahora es
utilizado como sala de debates entre los trabajadores sindicalizados.
Por aquel año, Bustamante recuerda que a los mineros les distribuían como pan
los aparatos electrodomésticos de última generación que llegaban de ultramar.
En la actualidad, con un sueldo de Bs 1.200 en el mejor de los casos, los
mineros sindicalizados no pueden soñar con una heladera "hielo seco" o un
televisor pantalla plana. Si alguno de ellos reúne el dinero suficiente, tiene
que viajar a Oruro para comprarlo.
Los fines de semana llegaban artistas nacionales e internacionales y se
instalaban los mejores circos de Sudamérica, cuenta Toribio Colque, otro
minero de aquellas épocas, acurrucado en su banquito de madera que lo espera
fielmente en el mismo lugar de siempre, en la acera de su vivienda de barro.
"Aquí construyeron uno de los primeros coliseos cerrados con piso de parqué",
cuenta con orgullo. El coliseo sigue de pie, pero desgastado y sin brío. El
anterior fin de semana fue utilizado como salón de funerales. Ahí se velaron
cinco cuerpos de mineros que cayeron en el enfrentamiento ocurrido en las
faldas del Posokoni.
La situación económica está volviendo a su cauce -cuenta con esperanzas el
minero cooperativista Pascual Requena- gracias a que el precio del estaño
volvió a ser interesante para los consumidores internacionales. Eso hizo que,
como aves de rapiña, llegue hasta el pueblo gente de otras partes en busca de
trabajo. "Créame que es difícil encontrar un cuarto en alquiler porque en las
casas ya no hay lugar para una persona más", revela Pascuala Fábrica, dueña de
una casa llena de cuartitos en hilera.