Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 22, julio de 2006










 

ESCLAVOS
Made in Bolivia
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Historias vivas
Desahogo. Cada vez que un inmigrante abre su boca, es para sacar sus demonios, y a veces, sus historias color rosa. Siente que en Bolivia se han olvidado de él
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Cinco años sin salir ni a la esquina
Eugenia Vargas | Costurera y ex esclava
Después de cinco años de vivir en la sombra, Eugenia Vargas (25), nacida en alguna zona rural de La Paz, fue echada de su cárcel porque sus compatriotas verdugos, Nancy Paco y Antonio Ticona, tuvieron miedo que ella los contagie de tuberculosis o en el peor de los casos, que se muera y que la noticia se expanda como pólvora. Ésta es la conversación con Eugenia Vargas que ahora está refugiada con dos amigas que tuvieron mejor suerte, y una acalorada y corta entrevista con un miembro del clan que la mantuvo sometida.
- ¿En qué consistía tu trabajo?
- Amanecíamos trabajando. Limpiaba prendas aparte de costurar. A veces dormía una hora.
- ¿Cuánto te pagaban?
- Por prenda me pagaban. Ellos me contaban las piezas que hacía. Con 15 pesos argentinos salí el primer mes. Esa plata ellos la agarraban, decían que la iban a guardar, sólo me la mostraban.
- ¿Cómo lograste liberarte?
- Me dio tuberculosis y me botaron.
- ¿Te pagaron?
- Me dieron 2.000 dólares con 800 por los cinco años de trabajo. Eso era la mitad no más. Pero esa plata se la di al hermano de Antonio Ticona, a Plácido, que tenía una mujer de nombre Cristina.
- ¿Por qué se la diste a él?
- Porque yo no conocía nada y tenía miedo de que me roben.
- ¿Podías salir a la calle?
- No me dejaban salir ni a la puerta. Cinco años estuve así. Me decían que no tenía documentos y que la Policía me iba a buscar. Yo tenía miedo. Ellos tenían mi carné.
- ¿Plácido Ticona te devolvió tu dinero?
- No quiere.
Fuimos con Eugenia Vargas al pasaje Las Provincias 3024, donde ella dice que estuvo encerrada, en busca de los Paco-Ticona para escuchar sus versiones. Tocamos el timbre de la casa despintada y sale una mujer delgada.
- ¿Sí?
- ¿Está don Plácido Ticona?
- Yo soy la esposa de Plácido Ticona, el no está acá.
- La señorita Eugenia denuncia que aquí se la esclavizó y que le deben dinero.
- Ahora no puedo decir nada. Hable con mi abogado.
La mujer nos da la espalda y entra temblando.

Charly, el inspector de ojos
Marco A. Hinojosa / Tramitador
Marco Antonio Hinojosa tiene la cara de Lula, una peta ronca del 68 y una hija bonita que no llegó a los 18. ¿Charles Bronson o Lula da Silva? A medida que se hace viejo se parece al presidente de Brasil, pero igual le dicen Charly, como si se tratara del mismo muchacho de bigotitos despeinados y no del hombre que ya ha pasado los umbrales de los 60.
Charly es un tipo bueno, dicen los costureros que lo conocen. Y son muchos los que saben de su existencia. Él les hace los trámites para sacar los documentos de residencia. Les cobra, por supuesto, pero también cuentan por ahí que está pendiente de los ojos de los bolivianos porque cuando ve que algunos se ponen amarillos, emite un grito de alerta. “¡Carajo chango!, vos estás con anemia, comé feijão (frejol)”.
Como hombre que sabe de trámites, pide a Evo Morales ordenar que en el carné de los bolivianos vaya el nombre del padre y de la madre del portador, tal como ocurre en Brasil.

 

La maga de la cocina
Mery Suaznábar | Madre de un hijo y esposa de un costurero
A sus 23 años, Mery Suaznábar ya fue esclava, supo lo que es el parto normal y aprendió a vivir en una villa miseria con casas de un solo cuarto pequeño y en lotes donde no queda campo para el patio.
Lo que le pone amarga su saliva no es ese cuartucho con techo de hule instalado en Los Pinos donde vive con su hijo recién nacido y su esposo Desiderio Arancibia de 22 años, sino, es ese cuarto de kilo de carne que le hacía comprar cada día la dueña del taller de costura donde estaba encerrada, para que haga magia dando de comer a 12 personas. Y encima lamenta que en la venta le daban espinazo. Cuenta que en el taller las mujeres dormían en un solo cuarto y los hombres en otro. Pero se pone roja cuando acuerda que los changos se entraban a la pieza de las chicas y que habían algunas parejas que lo hacían sin sentir pudor. “Una vez un tipo me sorprendió en mi cama, le avisé a la dueña y ella se enojó, el hombre me dijo que yo iba a morir”, dice sin dejar de sonrojarse.

José Bolivia no necesita el portugués
José Ortiz Dorado / Consulado de Bolivia
Sus amigos lo critican porque no habla bien el portugués y él les responde que no le interesa profundizarlo.
En términos reales, a José Ortiz Dorado poco o nada le puede servir dominar la lengua de los brasileños. Es cierto que vive en São Paulo, pero también es cierto que desde que entra a trabajar hasta que se retira está rodeado de bolivianos y con ellos, como es de suponer, habla castellano, aunque también, aclara sorprendido, hay compatriotas que se hacen los brasileños.
Ortiz Dorado, que dentro de dos años cumplirá 60, de cuerpo menudo y de ojos alegres, trabaja en el Consulado boliviano desde el 10 de septiembre del 1973 y su especialidad es atender al público. En su oficina bromean que él es el que decide cuándo un cónsul debe irse a su casa. José Bolivia es su nombre artístico. Canta y toca charango en el grupo floclórico Raza India y tiene grabados seis discos LP y un CD.

Vivió en la Ciudad Oculta
Maribel Aguilar | Madre de familia
Maribel Aguilar (17), llegó al país argentino cuando tenía 10 años y nunca fue a la escuela. Quedó embarazada a los 15 y cuando se le empezó a notar la barriga, sus patrones que la contrataron en Mar del Plata para que trabaje en las plantaciones de frutilla, dejaron de ‘quererla’ y cuando tuvo a su hijo le abrieron la puerta para que se vaya. La joven nacida en Nor Chichas (Potosí), emigró a Buenos Aires y ahí fue contratada para labores de casa, pero corrió la misma suerte y a los tres meses volvió a toparse con la indiferente y fría calle. Cargó con su hijo y fue a cobijarse en un espacio donde no estorbe en la estación de buses de Liniers. De ahí la recogió una mujer adulta y la llevó a una villa donde viven bolivianos conocida como la Ciudad Oculta, un sitio tenebroso que la otra gente apenas se atreve a mirarla de lejos. Fue rescatada por personas especialistas en ayudar al prójimo.