Cinco
años sin salir ni a la esquina
Eugenia Vargas | Costurera y ex esclava
Después de cinco años de vivir en la sombra, Eugenia Vargas (25), nacida
en alguna zona rural de La Paz, fue echada de su cárcel porque sus
compatriotas verdugos, Nancy Paco y Antonio Ticona, tuvieron miedo que ella
los contagie de tuberculosis o en el peor de los casos, que se muera y que la
noticia se expanda como pólvora. Ésta es la conversación con Eugenia Vargas
que ahora está refugiada con dos amigas que tuvieron mejor suerte, y una
acalorada y corta entrevista con un miembro del clan que la mantuvo sometida.
- ¿En qué consistía tu trabajo?
- Amanecíamos trabajando. Limpiaba prendas aparte de costurar. A veces dormía
una hora.
- ¿Cuánto te pagaban?
- Por prenda me pagaban. Ellos me contaban las piezas que hacía. Con 15 pesos
argentinos salí el primer mes. Esa plata ellos la agarraban, decían que la
iban a guardar, sólo me la mostraban.
- ¿Cómo lograste liberarte?
- Me dio tuberculosis y me botaron.
- ¿Te pagaron?
- Me dieron 2.000 dólares con 800 por los cinco años de trabajo. Eso era la
mitad no más. Pero esa plata se la di al hermano de Antonio Ticona, a Plácido,
que tenía una mujer de nombre Cristina.
- ¿Por qué se la diste a él?
- Porque yo no conocía nada y tenía miedo de que me roben.
- ¿Podías salir a la calle?
- No me dejaban salir ni a la puerta. Cinco años estuve así. Me decían que no
tenía documentos y que la Policía me iba a buscar. Yo tenía miedo. Ellos
tenían mi carné.
- ¿Plácido Ticona te devolvió tu dinero?
- No quiere.
Fuimos con Eugenia Vargas al pasaje Las Provincias 3024, donde ella dice que
estuvo encerrada, en busca de los Paco-Ticona para escuchar sus versiones.
Tocamos el timbre de la casa despintada y sale una mujer delgada.
- ¿Sí?
- ¿Está don Plácido Ticona?
- Yo soy la esposa de Plácido Ticona, el no está acá.
- La señorita Eugenia denuncia que aquí se la esclavizó y que le deben dinero.
- Ahora no puedo decir nada. Hable con mi abogado.
La mujer nos da la espalda y entra temblando.
Charly,
el inspector de ojos
Marco A. Hinojosa / Tramitador
Marco Antonio Hinojosa tiene la cara de Lula, una peta ronca del 68 y una
hija bonita que no llegó a los 18. ¿Charles Bronson o Lula da Silva? A medida
que se hace viejo se parece al presidente de Brasil, pero igual le dicen
Charly, como si se tratara del mismo muchacho de bigotitos despeinados y no
del hombre que ya ha pasado los umbrales de los 60.
Charly es un tipo bueno, dicen los costureros que lo conocen. Y son muchos los
que saben de su existencia. Él les hace los trámites para sacar los documentos
de residencia. Les cobra, por supuesto, pero también cuentan por ahí que está
pendiente de los ojos de los bolivianos porque cuando ve que algunos se ponen
amarillos, emite un grito de alerta. “¡Carajo chango!, vos estás con anemia,
comé feijão (frejol)”.
Como hombre que sabe de trámites, pide a Evo Morales ordenar que en el carné
de los bolivianos vaya el nombre del padre y de la madre del portador, tal
como ocurre en Brasil.
La
maga de la cocina
Mery Suaznábar | Madre de un hijo y esposa de un costurero
A sus 23 años, Mery Suaznábar ya fue esclava, supo lo que es el parto
normal y aprendió a vivir en una villa miseria con casas de un solo cuarto
pequeño y en lotes donde no queda campo para el patio.
Lo que le pone amarga su saliva no es ese cuartucho con techo de hule
instalado en Los Pinos donde vive con su hijo recién nacido y su esposo
Desiderio Arancibia de 22 años, sino, es ese cuarto de kilo de carne que le
hacía comprar cada día la dueña del taller de costura donde estaba encerrada,
para que haga magia dando de comer a 12 personas. Y encima lamenta que en la
venta le daban espinazo. Cuenta que en el taller las mujeres dormían en un
solo cuarto y los hombres en otro. Pero se pone roja cuando acuerda que los
changos se entraban a la pieza de las chicas y que habían algunas parejas que
lo hacían sin sentir pudor. “Una vez un tipo me sorprendió en mi cama, le
avisé a la dueña y ella se enojó, el hombre me dijo que yo iba a morir”, dice
sin dejar de sonrojarse.
José
Bolivia no necesita el portugués
José Ortiz Dorado / Consulado de Bolivia
Sus amigos lo critican porque no habla bien el portugués y él les responde
que no le interesa profundizarlo.
En términos reales, a José Ortiz Dorado poco o nada le puede servir dominar la
lengua de los brasileños. Es cierto que vive en São Paulo, pero también es
cierto que desde que entra a trabajar hasta que se retira está rodeado de
bolivianos y con ellos, como es de suponer, habla castellano, aunque también,
aclara sorprendido, hay compatriotas que se hacen los brasileños.
Ortiz Dorado, que dentro de dos años cumplirá 60, de cuerpo menudo y de ojos
alegres, trabaja en el Consulado boliviano desde el 10 de septiembre del 1973
y su especialidad es atender al público. En su oficina bromean que él es el
que decide cuándo un cónsul debe irse a su casa. José Bolivia es su nombre
artístico. Canta y toca charango en el grupo floclórico Raza India y tiene
grabados seis discos LP y un CD.
Vivió
en la Ciudad Oculta
Maribel Aguilar | Madre de familia
Maribel Aguilar (17), llegó al país argentino cuando tenía 10 años y nunca
fue a la escuela. Quedó embarazada a los 15 y cuando se le empezó a notar la
barriga, sus patrones que la contrataron en Mar del Plata para que trabaje en
las plantaciones de frutilla, dejaron de ‘quererla’ y cuando tuvo a su hijo le
abrieron la puerta para que se vaya. La joven nacida en Nor Chichas (Potosí),
emigró a Buenos Aires y ahí fue contratada para labores de casa, pero corrió
la misma suerte y a los tres meses volvió a toparse con la indiferente y fría
calle. Cargó con su hijo y fue a cobijarse en un espacio donde no estorbe en
la estación de buses de Liniers. De ahí la recogió una mujer adulta y la llevó
a una villa donde viven bolivianos conocida como la Ciudad Oculta, un sitio
tenebroso que la otra gente apenas se atreve a mirarla de lejos. Fue rescatada
por personas especialistas en ayudar al prójimo.