Mario Tórrez (34) tiene una mujer trabajadora, seis hijos bolivianos, dos
hijos argentinos y una casa repleta de remiendos. María Condori Colque, su
cómplice y esposa, de 30 años y dos cesáreas, abre la boca para pedir
disculpas por las costuras a mano que le hicieron a su vivienda: las paredes
eran de cartón, el techo de venesta prensada, las puertas de tela y los
colchones de plastoformo.
La familia Tórrez-Condori, al igual que otros 55 clanes bolivianos, vive en el
barrio Los Pinos de Buenos Aires, instalado en un área de 100 metros de largo
por 40 de ancho, cuyas casas están construidas a punta de desperdicios que
bota ‘la gente normal’ de esa ciudad grande.
Los lotes pequeños -el más grande mide tres por cinco metros- los han comprado
de los loteadores argentinos a 800 y 1.000 dólares, pero no les han dado
papeles y ninguno de los interesados sabe cuándo les darán.
El barrio Los Pinos aterra desde afuera. Los que lo ven desde el tren, cuya
estación está a tres cuadras de aquel lugar donde moran bolivianos, dicen que
ni muertos pasarían cerquita de ahí porque esa gente es capaz de matar.
Pero la boliviana Norma Andia, la jefa de la Asociación de Inmigrantes 6 de
Agosto, famosa entre los desdichados compatriotas por dedicarse a ellos las 24
horas del día, desmiente los atropellos verbales que la gente de otros lados
les suele disparar.
Es por eso que sale de su oficina de la calle Ana María Janer 3.180, donde
tiene levantada una montaña de documentos -son de los bolivianos que han
acudido hasta ella para que les ayude a tramitar sus certificados de
residencia-, y camina dos cuadras con su andar de Mercedes Sosa y su porte
amachado de Horacio Guaraní.
En el temido barrio Los Pinos la saludan como a una santa y los habitantes con
caras de inmigrantes de Bolivia abren las puertas de sus casas, cuentan sus
historias y dicen que se sienten orgullosos de haber sido capaces de montar un
barrio con las cosas que los ricos de Buenos Aires creían que ya no servían
para más.
Es de ese barrio la familia Tórrez-Condori y es de ahí también el clan
Villanueva-Vela, que junto al resto de quienes moran en aquel lugar salen
todos los días del año a caminar por encima del lomo de la gigante ciudad de
Buenos Aires para profanar sus basureros y adueñarse de sus contenidos, que
luego venderán a las empresas de reciclaje.
Los Tórrez-Condori y los Villanueva-Vela aseguran que por mes ganan como 300
dólares y que la tendencia es que mejorará este ingreso porque se han dado
cuenta de que la gente de la ciudad, la que vive en casas de verdad, hechas
con ladrillo y cemento, cada día que pasa se hacen más duchos para fabricar
basura.