Las autoridades sanitarias de Brasil dieron la alarma de que ese país registra
90.000 casos de tuberculosis por año, y que la mayoría de ellos se presenta en
la colectividad boliviana.
Este dato, que fue revelado el 24 de abril pasado, cuando se celebró el día
mundial de combate a la tuberculosis, puso en alerta a la Cámara Municipal de
São Paulo y ésta encargó a un equipo de especialistas que investigue por qué
los pulmones de los bolivianos son los más vulnerables a esa enfermedad.
Como resultado de aquello, descubrieron que muchos de los talleres de costura,
donde trabajan y viven en condiciones miserables, aparte de confeccionar
prendas de vestir, son los lugares perfectos para propagar el bacilo de Koch,
que es el que ocasiona la tuberculosis.
La investigación también sacó a la luz que los contagios masivos -que se dan
por vía aérea- sucedían porque los talleres de costura, al ser ilegales,
trabajaban con las puertas y ventanas cerradas y en muchos casos, remachadas
con tela y madera.
Otro dato en contra de los bolivianos, según la Cámara Municipal de São Paulo,
es que por lo general éstos no reciben en su país de origen la vacuna BCG
porque gran parte de los que emigran proceden de “zonas rurales miserables que
nunca tienen acceso a ningún tipo de servicio de salud antes de llegar a
Brasil”.
Esos datos ‘rojos’ que ofrecieron los médicos brasileños son desconocidos por
los compatriotas, incluso por los que ya viven con el pulmón a media máquina
por el desgaste que les provoca la enfermedad. Por esa amarga experiencia
atravesó Juan Carlos Aramayo, que fue a parar al hospital sólo cuando empezó a
escupir sangre. “Me dijeron que ya tenía una pata en el cementerio y los
doctores me riñeron por no haber ido antes a curarme”, comenta con una
tranquilidad como si nunca hubiera estado en riesgo su vida.
En el hospital fue donde se enteró que de acuerdo con el Ministerio de Salud,
todos los ciudadanos que emigran a Brasil, documentados o no, tienen los
mismos derechos que los brasileños para recibir tratamiento contra la
tuberculosis. “A mí me salvaron de milagro”, dice más emocionado.
Jorge Merubia Gutiérrez, el dueño del restaurante Illimani de la calle Coimbra
de São Paulo, un gordo grande, ojoso y con cara de tipo rudo hasta antes de
que sonría, es de los que cree que los ‘patricios’, así les dice a los
compatriotas, se matan en vida los fines de semana porque al calor del alcohol
todos beben de la misma botella sin darse cuenta de que por lo menos uno del
grupo puede estar con tuberculosis.
Pero la mayor amenaza sigue estando en los talleres que no son capaces de
garantizar las condiciones higiénicas básicas, asegura el cónsul de Bolivia en
São Paulo, Jaime Valdivia, y coincide con él su homólogo en Buenos Aires,
Álvaro Gonzales Quint. Ambos se refieren al hacinamiento de muchas personas
que viven en un solo lugar compartiendo los mismos platos y cubiertos para
comer sus alimentos, y haciendo uso del único baño que existe en ese cobijo,
pero que a la vez explota a los bolivianos.
La tuberculosis no es el único enemigo que atenta contra la humanidad de los
bolivianos. Según el Programa de la Salud de la Familia de Brasil, los
costureros son perseguidos por el dengue, enfermedades de la piel, no
practican una higiene bucal y en el caso de las mujeres embarazadas, los
exámenes se los hacen tardíamente.
A ello se suman los problemas de columna, pues el trabajo de costura les
obliga a estar sentados durante varias horas ininterrumpidas.
En la feria de La Kantuta en São Paulo y en la zona de Bajo Flores de Buenos
Aires, las autoridades de sanidad se propusieron aplicar una política agresiva
para pedir a los bolivianos que están tosiendo por más de dos semanas que
vayan al médico porque puede que tengan tuberculosis.
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Inquietos. Mientras sus
padres cosen, los pequeños intentan llamar la atención |
Los niños se las arreglan para no estorbar al
dueño
Los niños no sólo son los más vulnerables a la tuberculosis y a otras
enfermedades cuyas bacterias y virus circulan en los ambientes cerrados, sino
que también deben luchar contra la mirada molesta de muchos dueños de talleres
de costura, que sienten que son un estorbo para que sus padres produzcan
aceleradamente.
Alciro Vaca, que no soportó el ritmo del trabajo ‘esclavo’ y que ahora se
dedica a trabajos agrícolas, cuenta que los niños menores a cuatro años de
edad, duermen debajo de las máquinas de coser porque así las madres pueden
estar en contacto con ellos. Cuando están más grandes, se quedan en los
dormitorios, y cuando ya pueden manipular las telas se sientan frente a una
máquina para confeccionar prendas de vestir.