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ESCLAVOS
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La ruta de la esclavitud
Tentación. A los
emigrantes también los utilizan como paquetes humanos para cargar droga. Los
llevan por Corumbá y Asunción
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Socorro. Norma Andia ayuda en
Buenos Aires a los bolivianos que caen en desgracia |
Infografía: Viaje de ilusiones
Los ‘coyotes’ bolivianos también existen. Son especialistas en traficar con
carne humana, pero viva, sacarla de su tierra rumbo a São Paulo o a Buenos
Aires, reducirla a niveles de esclavitud y tratarla como a una bestia de carga
en los talleres de costura.
El único error de las víctimas es haber caído en la boca negra como una cueva
sin fondo del desempleo. Cuando no encuentran ninguna luz que los guíe hacia
una fuente de trabajo, muchos, como Clara Justiniano (36), que vive en un
pueblo de la provincia Murillo de La Paz, tienen la desgracia de escuchar por
casualidad una radioemisora que justo en ese momento difunde una invitación
para viajar a un país lejano y ajeno como costurera. Otras, como M.S. (mujer
de 24 años que pide el anonimato porque está presa en Corumbá), conocen un día
cualquiera a una mujer con cara de ‘buena gente’, que las convence para
emigrar con el estómago lleno, es decir, aprovechar el viaje para llevar droga
en el cuerpo y después, con platita en mano, quedarse a trabajar como
costureras. Claudia Justiniano y M.S. se van rumbo a São Paulo, pero con
diferentes ‘coyotes’ y por distintos caminos. A una la llevan por Asunción
(Paraguay) y a la otra por Puerto Quijarro (población fronteriza al este de
Bolivia). Ambas rutas coinciden en algo: son las utilizadas para el tráfico de
drogas, según la Policía Federal de Brasil y la Fuerza Especial de Lucha
contra el Crimen de Bolivia, cuyo comandante, Juan Peña Flores, afirma que la
trata de personas y el tráfico de emigrantes es común en el país y un delito
penado por la Ley 3325, que fue promulgada recién el 18 de enero de este año.
Pero ni Clara Justiniano ni M.S. sabían mucho de leyes y cuando ellas se
fueron (2004) la trata de personas y el tráfico de emigrantes no eran delitos,
por lo menos para la justicia boliviana, puesto que hasta antes de enero de
2006 sólo estaba en vigencia el artículo 321 del Código Penal, que castigaba
la ‘trata’ únicamente si a la víctima se la obligaba a tener relaciones
sexuales contra su voluntad y para fines comerciales.
Claudia Justiniano partió grávida de Bolivia. “Embarazada”, aclara enseguida
con su tonito brasileño que se le pegó en la lengua irremediablemente,
mientras come una empanada tucumana en la salteñería Doña Rosa, ubicada en La
Kantuta, que es una feria dominical metida en tres cuadras de la calle Pari,
de São Paulo, donde los compatriotas curan sus desgracias comiendo picante de
gallina, bebiendo cerveza y bailando hasta el amanecer los huayños y morenadas
interpretados por grupos musicales de ‘mediopelo’ traídos de varios rincones
de Perú.
Cuenta que después de salir de La Paz, junto a otras ocho personas, todas
inocentes como ovejitas que van camino al matadero, su primer destino fue
Santa Cruz de la Sierra, donde estuvo tres horas porque su ‘coyote’, don José,
(así le dijo que se llamaba el hombre que la contrató en La Paz), utilizó ese
tiempo para ir a recoger carnés falsos que les fueron entregados con mucha
reserva en la terminal donde abordaron el siguiente bus para viajar a la
capital paraguaya, Asunción.
De aquella primera etapa de su largo viaje recuerda el polvo que comió desde
que ingresó a Paraguay, y el mal momento que pasaron todos los morenitos
cuando llegaron al puesto de control de Mariscal Estigarribia. Allí les
hicieron preguntas y todos respondieron: “Voy a Asunción a hacer turismo”,
obedeciendo las instrucciones de José, el ‘coyote’ flaco de cabellos oscuros
que llevaba siempre alborotados hacia atrás como un cantante de cumbia ‘vishera’.
Una vez en Asunción, el contingente de emigrantes bolivianos, ávidos por
llegar a destino, tomar las máquinas de coser y empezar a confeccionar bonitas
prendas para vestir a los brasileños, fue embarcado en otro bus hacia Ciudad
del Este, la última población fronteriza de Paraguay, antes de cruzar a
territorio brasileño. Fue ahí, en esa línea fronteriza donde el ruido reina
sin que haya autoridad alguna que pueda evitarlo, debido al tráfico de las más
de 10.000 personas que diariamente van y vienen desde Foz de Iguazú (Brasil)
hasta Ciudad del Este (Paraguay), que Claudia Justiniano se dio cuenta de por
qué los estaban llevando por Paraguay haciéndoles dar una vuelta de más de mil
kilómetros. “Porque en esa frontera no controla nadie. Entramos a Brasil como
si fuéramos brasileños”, cuenta la boliviana, que durante un año estuvo
tomando sopita de fideo y comiendo segundo de arroz y huevo, y compartiendo el
mismo cuarto con ocho personas que no eran sus familiares.
De Ciudad del Este partieron hacia la terminal de Foz y de ahí los llevaron en
moto hacia un hotel que Justiniano no pudo identificar porque los metieron por
una puerta trasera y en ese lugar los tuvieron una semana, sin poder salir,
porque el ‘coyote’ José dijo que se le acabó la plata y tuvo que esperar a que
uno de sus socios llegue de São Paulo con varios reales. Llegaron a la capital
paulista después de 14 días de haber salido de Bolivia. Les dieron un día y
una noche para que hagan reposar sus cuerpos cansados y después se pusieron a
trabajar, no ocho horas por cada jornada, como era el trato, sino 12, luego 14
y también 16. Después de varios meses, los que superaban el miedo de salir y
de ser perseguidos por la Policía, buscaban pretextos para dejar el taller de
‘tortura’, cuenta la mujer y remata: “El que salía nunca más volvía”. Ella fue
libre al año de su llegada.
M.S. agarró la ruta que toda persona cuerda tomaría si es que quiere llegar a
São Paulo sin romperse la espalda, tal como le había garantizado la mujer con
cara de ‘buena gente’ que la había contratado en Santa Cruz: “Quince horas de
viaje en tren desde Santa Cruz hasta Quijarro y 22 horas más hasta São Paulo,
si es que el destino no tenía planificado otra cosa”, le había dicho su
contratante. Pero el destino le tenía otra cosa preparada a M.S. En el puesto
policial de Campo Grande le detectaron los 450 gramos de cocaína taconeados en
su estómago y en el acto se le acabó el viaje. Ella dice que sintió
profundamente que se le ‘vaya al diablo’ el trabajo de costurera que tenía
garantizado en Brasil.
M.S. está en la cárcel desde hace dos años y medio y tiene una sentencia de
seis años y ocho meses. “Mi destino era convertirme en prisionera”, se queja
desde su centro de reclusión en Corumbá (Brasil). “Me he enterado de que a los
que se van como confeccionistas de ropa los encierran y no los dejan salir. Me
libré de ese martirio, pero no de éste”, dice mientras llora y hace un
silencio largo. Era que se estaba acordando de sus cuatro hijos que viven en
Santa Cruz, con los que habla cada cierto tiempo por teléfono. “Son aún
pequeñitos...”. Con la voz quebrada revela el motivo verdadero que la llevó a
traficar con droga. Pensaba estar un tiempo como costurera en Brasil hasta
juntar los $us 1.200 que necesitaba para irse a trabajar a Madrid.
Pero ese proyecto no ha muerto para ella. Dice que tiene hermanos en España,
que piensa irse para allá y que cuando le den su libertad volverá a Santa Cruz
para juntar plata para su pasaje. “Estoy decidida a salir de los apuros de la
vida. Es por eso que la gente emigra”, dice y vuelve a callarse.
Mi
crónica
Un bus lleno de mulas
Roberto Navia Gabriel
Para la Policía Federal de Brasil, todos los bolivianos que
viajamos por tierra somos ‘mulas’ hasta que no se demuestre lo contrario. Así
me sentí: una mula, no precisamente un animal de cuatro patas, sino un pobre
boliviano experto en tragar cápsulas envueltas con un material a prueba de
rayos X para que los capos policías no descubran la droga que creen que llevo
en uno de mis dos intestinos. Viajaba yo a finales de junio, junto al
fotógrafo Clovis de la Jaille (quien me reveló que también llegó a sentirse
una mula), rumbo a São Paulo en busca de quienes son tratados como animales en
Brasil desde que dejan este país: primero son los agentes de la Policía los
que los intimidan en el viaje, y luego sus compatriotas, los bolivianos, que
los esperan en los talleres de costura donde les hacen conocer todos los
rincones oscuros de esos lugares que se convierten en sus celdas. Las requisas
de los agentes antidroga ocurren por lo menos cuatro veces a lo largo de las
23 horas de viaje desde Corumbá hasta São Paulo. Algunas llegan en silencio y
por sorpresa mientras todos duermen, y otras, suceden en los puestos fijos de
control. Ya en la gran ciudad, en la estación de Barrafunda, cuando todos
demostramos un hastío que se manifiesta en la cara, en las cabezas despeinadas
y en las ropas desaliñadas, se presenta el golpe de gracia que nos dan a los
que nacimos en este país. El bus está detenido y la puerta se abre y tres
sujetos vestidos de civil ordenan en un castellano a medias que hay que hacer
fila para el último control. La fila se hace a un costado del vehículo y el
ambiente se pone pesado y empeora cuando uno de los agentes le dice
amablemente a una pareja de rubios europeos que no es necesario que hagan
cola. Llega mi turno y el policía de civil me pregunta qué hago en Brasil y le
respondo, y también le pregunto por qué a los choquitos no los revisaron. “Es
que los bolivianos traen droga en sus estómagos. Ya hemos pillado a 50”, me
responde. ¿Sabe algo del tráfico de emigrantes”, le pregunto. “Castigamos el
delito del narcotráfico”, me dice con una voz firme.
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